Crítica: Las malas hierbas

No deja de sorprenderme ‘Las malas hierbas’, su director y la forma de resolver la película. En medio de un cine predecible, que utiliza los mismos recursos narrativos y que se limita a contar lo mismo una y otra vez,  de repente nos llega el cineasta francés Alain Resnais (‘Hiroshima mon amour’), a punto de cumplir noventa años, para darnos una bella lección de cine, pero con mayúsculas.

Cuando la película  avanza hacia su resolución nos encontramos con un  guiño al espectador. Por momentos pensamos que se impone el  final cinematográfico más canónico posible, el que cualquier productor con pocas miras hubiera impuesto ante todas las cosas. Pero no es así, nos regala un estacato final que mezcla el humor negro inglés con el surrealismo buñueliano. Un fascinante ‘unhappy ending’ que te obliga a reflexionar, pero que a la vez te hace reír. En pocos segundos llegas a la conclusión de haber presenciado una ejecución impecable, la mejor posible.

Resnais, que  formó parte de la Nouvelle Vague francesa, es capaz de generar drama en los personajes partiendo de una mera anécdota, de un incidente, como es el robo del bolso. A modo de ‘macguffin hitchconiano’ obtiene la excusa argumental perfecta, sin relevancia por sí misma, pero que motiva a  los personajes a superar sus obstáculos, generados por sus propios actos irracionales. El leitmotiv es la condición humana, pero también lo es el simbolismo recurrente de los  primeros planos de la hierba silvestre que crece de forma caótica a través del asfalto,  el uso del color, de las diferentes melodías, los movimientos de cámara, el uso del zoom,  en fin, de toda una estética fiel a la narrativa.

Por momentos te preguntas qué tipo de historia estamos viendo, el hecho de haber recibido el premio especial del jurado en Cannes ya es motivo suficiente para desconfiar, pero una vez superado este prejuicio te sumerges en una historia sin ataduras emotivas, colorista y excéntrica.

Esperamos ansiosos el estreno de su última película, ‘Vous n’avez encore rien vu’ y también estaremos atentos a si la niña de la escena final se convierte al final en gato y come croquetas. Sublime.

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