Crítica: Carlos, el chacal


Carlos, el chacal

Dirigida por Olivier Assayas cuenta la historia de Ilich Ramírez Sánchez, que durante dos décadas fue uno de los terroristas más buscados del planeta. ¿Quién era Carlos? ¿Cómo se las arregló para mantener unidas sus variadas personalidades? ¿Quién era antes de comprometerse en cuerpo y alma en una lucha interminable?

Auténtico mítico, Carlos protagonizó la historia del terrorismo internacional de las décadas de los setenta y ochenta, desde el activismo propalestino hasta el Ejército Rojo Japonés. Figura al mismo tiempo de la extrema izquierda y mercenario oportunista a sueldo de los servicios secretos de potencias de Oriente Próximo, formó su propia organización, instalada al otro lado del telón de acero y que estuvo activa durante los últimos años de la Guerra Fría.

La película narra la historia de un revolucionario internacional, manipulador y manipulado, llevado por la corriente de la historia contemporánea, al que seguimos hasta el final de su camino, relegado en Sudán, donde la dictadura islamista, después de haberlo protegido un tiempo, lo entregó a la policía francesa. Personaje contradictorio, tan violento como la época que encarna, Carlos también es un enigma, que, al menos en parte, nos proponemos descifrar.

Carlos, el chacal‘ se ha fundamentado en un gran trabajo de documentación histórico y periodístico. Sin embargo, en la vida de Carlos hay significativas zonas de sombra, objeto de polémica, y esta película es ante todo una ficción que rastrea los décadas de la vida de uno de los terroristas más célebres de nuestra época.

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