‘Luces rojas’, la última película de Rodrigo Cortés (‘Buried’), narra la historia de un parapsicólogo, Simon Silver (Robert de Niro), que vuelve a actuar después de una misteriosa desaparición y que tiene que enfrentarse a los intentos de  Margaret Mathenson (Sigourney Weaver) de desenmascarar su gran fraude.

La que podía haber sido una brillante película se convierte en una soporífera historia, donde abunda el cliché, las ideas repetidas hasta la saciedad en el cine de género, y que pretende dar miedo a base de efectos de sonido. Un guión desestructurado que se pierde en el laberinto de su propia creación. La idea es original, pero la manera de plantear la historia no convence y apenas entretiene. La atención divaga en medio de un tiovivo de emociones superfluas.

Luces rojas - Sigourney Weaver

Sigourney Weaver en «Luces rojas»

La visión dramática de los personajes no es creíble. Cuando parece que la historia avanza se desinfla por sí sola. Alguien dijo que ‘no se puede coger un guión horrible y hacer una gran película’. No hay manera. En ‘Luces rojas’ hay escenas con diálogos extensos que no facilitan acortar visualmente la trama argumental.

En definitiva, el guión es flojo, pero también el montaje, donde se limita a cortar y pegar, más que a narrar y tener conciencia del ritmo de la historia. A pesar de la crisis creativa que padece el cine estadounidense, sorprende la aventura de esta coproducción, y mucho más el éxito que ha cosechado en España de la noche a la mañana. Lo más gratificante es volver a ver a Robert de Niro y Sigourney Weaver, pero aún así no deja ser una experiencia cinematográfica poco edificante.