‘Un lugar donde quedarse’, del director italiano Paolo Sorrentino (‘Il Divo’), narra la maduración tardía de un músico a la sombra del holocausto judío. Ante la inminente muerte de su padre, sobreviviente del campo de concentración, Cheyenne (Sean Penn) se ve obligado a viajar a su Nueva York natal.

El personaje casi infantil que encarna Sean Penn se involucra como cazador profesional en la búsqueda de nazis. Su leit motiv es encontrar al criminal de guerra fugitivo que atormentó a su padre en Auschwitz. El uso de este recurso dramático, con el pretexto de dar peso a la metamorfosis de Cheyenne trivializa el holocausto por un lado y se introduce un factor de pretensión por el otro, ambos en detrimento de la película.

Sean Penn en 'Un lugar donde quedarse' de Paolo Sorrentino

Sean Penn en ‘Un lugar donde quedarse’ de Paolo Sorrentino

La primera parte es inconsistente y le sobra metraje. Más de 3,2 kilómetros de celuloide tienen que estar más que justificados en pro de la historia. Con 80 minutos le hubiera bastado para presentar la película sin artificios. Aunque Penn domina la película, por supuesto, e incluso diría que la salva, su interpretación es histriónicamente afectada. No puedo imaginarme lo insufrible que debe ser la versión doblada al castellano. Por momentos se convierte en una caricatura de ‘Eduardo Manostijeras’.

En la segunda parte y a modo de road movie comienza una odisea emocional a través de los Estados Unidos, desde Michigan, Nuevo México hasta Utah. No parece creíble que su investigación obtenga sus frutos en tan poco tiempo y mucho menos  el tratamiento narrativo de la escena cuando se enfrenta por fin al criminal nazi. Inconcebible el planteamiento del ‘ojo por ojo’ llevado a un paroxismo visual que se deleita en el dolor ajeno para calmar su propia conciencia. Son de esas escenas pretenciosas que irritan la inteligencia por sí mismas.

Estilísticamente, Sorrentino mantiene la cámara en constante movimiento por lo general con tiros de cámara picados con grúa que crean una sensación de grandiosidad. La frecuencia con la que abusa de este recurso lleva a pensar que quiere impresionar al espectador para ocultar un guión soporífero y predecible.  El David de donatello, el ‘goya italiano’, al mejor guión que recibió el filme forma parte de ese lado oscuro e inexplicable de todo premio que se precie.