Nadie podrá mostrarme una película en la que no aparezca el amor bajo alguno de sus muchos disfraces, incluso para proclamar que éste no existe. ‘Weekend’ no es una excepción, y, además, convierte el amor en su trama principal, sobre  la que gravita en todo momento un profundo realismo. Aunque Andrew Haigh, su director, pretendía ligar el desarrollo emocional de los personajes a una intensa cronología de fin de semana, hay que reconocer que el montaje nos depara un tiempo fílmico indeterminado. Ante el realismo de sus escenas y diálogos, el tiempo se diluye sin más para detenernos en el mundo interior de sus personajes.

‘Weekend’ está lleno de despedidas y reencuentros que nos predisponen para un apoteósico adiós lleno de tristeza y soledad. Una fotografía sobreexpuesta agrava más este sentimiento. Lo grisáceo asfixia la atmósfera, desde los impersonales bloques de edificios, hasta el mismo cielo inglés que cobija a los dos amantes: Tom Cullen y Chris New.

Tom Cullen y Chris New

Tom Cullen y Chris New en «Weekend»

‘Weekend’ va más allá del cine confesional para convertirse en un ejercicio  cinematográfico impecablemente meditado, donde cada una de las escenas toma sus propias decisiones para siempre volver a centrar nuestra atención en cómo Glen y Rusell resuelven sus problemas y se reencuentran con el amor. Su director, Andrew Haigh, evoca la autenticidad del cine de Téchiné y del primer Frears.

Una película que no necesita esforzarse demasiado para retratar la realidad inconsciente y la soledad que nos acecha a la vuelta de la esquina.