Crítica: Nebraska


Bruce Dern en Nebraska

Alexander Payne ha vuelto a construir una película en torno a lo que mejor sabe hacer: el viaje introspectivo. ‘Nebraska’ es un paseo de regreso del propio Payne a su tierra natal. Esta situación inunda la pantalla de una cierta nostalgia, que se filtra en la propia imagen, pues Nebraska está filmada en blanco y negro. Pero también es un viaje de regreso de los personajes, que transitan por lugares que una vez habitaron y en los que todavía queda la huella de su experiencia.

Woody, interpretado de manera soberbia por el veterano Bruce Dern se convierte en una especie de  Quijote moderno que interpreta el mundo a través de sus obsesiones, representadas aquí por la ilusión del dinero.  Su hijo, que da vida Will Forte, harto de su testarudez, se convierte en su realista Sancho Panza y decide iniciar un viaje desde Montana hacia la capital de Nebraska para satisfacer sus deseos. Un viaje que servirá para recuperar una relación paterno-filial perdida.

Escena de "Nebraska". Fuente: Vértigo Films
Escena de «Nebraska». Fuente: Vértigo Films

La película recurre hábilmente al humor y al absurdo. Se llegan a presentar personajes secundarios al estilo de los hermanos Coen, pero con el toque realista que caracteriza a Payne. Y en el retrato de la América rural se asume la mirada pictórica de Edward Hopper, que supo como nadie retratar la frontera entre la naturaleza y la civilización. Estamos ante una road movie sincera, de esas que permiten que la experiencia cinematográfica se disfrute de manera  serena.

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