Crítica: La jaula dorada


La jaula dorada

Debo confesar que hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una comedia en el cine. La culpa la ha tenido una película de tono desenfadado llena de matices sobre el destino, el amor y la vida. Se trata de ‘La jaula dorada’, una película francesa dirigida por Ruben Alves, un realizador franco-portugués que no ha escatimado en ingenio en su debut cinematográfico.

La herencia de una casa en Portugal arrastra la historia hacia una dicotomía entre los sueños y la realidad. Las peripecias que van a sufrir los protagonistas, donde destaca sobremanera el padre de familia, interpretado por un Joaquim de Almeida en estado de gracia, le sirven al director para convertir la trama en un juego de clichés acerca de la inmigración de portugueses en París. Es un retrato desenfadado, no exento de estereotipados diálogos, que reflejan como el país de acogida, en este caso Francia, trata a estos ciudadanos y a sus descendientes.

Escena de "La jaula dorada". Fuente: Surtsey Films
Escena de «La jaula dorada». Fuente: Surtsey Films

‘La jaula dorada’ no pasa desapercibida para un buen cinéfilo. Su guión y puesta en escena desborda alegría y vitalidad. Contagia toda la emoción contenida en el filme gracias a la cercanía de la historia. Sublime es el fado que desencadena el final. Muy hábil por parte de Ruben Alves utilizar la música diegética para realizar un montaje paralelo, preludio de un desenlace maravilloso. Una vez más el cine francés nos regala una joyita cinematográfica. Una película para paladades exquisitos y amantes del deleite.

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