Crítica: Whiplash


Miles Teller y J.K. Simmons en Whiplash

Cuando en el cartel de una película abundan los elogios promocionales del tipo «espectacular», «extraordinaria» y «asombrosa», la experiencia nos pone en alerta y nos dice que algo nos puede defraudar, pero si leemos a reglon seguido que es la ganadora del Festival de Sundance 2014, cualquier prejuicio se difumina de inmediato. Estamos hablando de ‘Whiplash‘, el segundo trabajo cinematográfico del joven director estadounidense de 30 años Damien Chazelle.

El filme nos acerca a los miedos de Andrew Neiman, un baterista de 19 años que sueña con llegar a lo más alto en el conservatorio más prestigioso de Nueva York. El personaje, interpretado por el actor Miles Teller, nos transmite como nadie su miedo a perder el ritmo, el tempo y sobretodo a enfrentarse a su director de orquesta, donde J.K. Simmons hace el papel de su vida. Reconocido con el BAFTA y el Globo de Oro a mejor secundario es la apuesta segura para el Oscar de este año.

J.K. Simmons en Whiplash
J.K. Simmons en «Whiplash» de Damien Chazelle. Fuente: Sony

‘Whiplash’ es una película acerca de la música con el aroma del cine de guerra o de gánsteres, donde los instrumentos reemplazan a las armas, donde las palabras son tan violentas como las pistolas y donde la acción se despliega no en una batalla, sino en un aula de ensayo de una escuela o en el escenario de un concierto. Su director, Damien Chazelle, hace hincapié en la relación profesor-alumno de una manera provocativa y llena de tensión que plantea algunos dilemas morales, ya que explora como nadie los límites que debe tener un profesor cuando decide empujar a un estudiante hacia la grandeza.

En la película cada actuación musical es rodada como si fuera un concurso a vida o muerte entre silencios, corcheas y negras. Un guión que ejecuta de manera virtuosa una trama, que a modo de partitura marca el compás y define el ritmo preciso de la acción. Las imágenes de baquetas rotas, las ampollas y cortes en las manos, los incesantes metrónomos contando y latiendo, así como el sudor y la fatiga, hacen de la historia algo intenso y profundamente dramático.

La experiencia cinematográfica no puede ser más placentera. Un montaje impecable, una sonorización de primer nivel y una música de jazz que nos provoca fugazmente estados de éxtasis. Calificada ya como electrificante para algunos, no podemos dejar de rendirnos ante una obra maestra como esta. Una película que captura como nadie las emociones y las transmite de manera vibrante al espectador. De nuevo el sueño americano puesto contra las cuerdas. ¿Merece la pena lograr la grandeza a cualquier coste?

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1 Comment

  1. 11 febrero, 2015
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    A ver si consigo verla, que últimamente no tengo tiempo de nada. Gran crítica compi.

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