Con muchísimas ganas fuimos a ver ‘Puro vicio’ de Paul Thomas Anderson, pero tremendamente decepcionados salimos de la sala. El director, que en otras ocasiones sorprendiera a público y crítica con obras llenas de atrevimiento, frescura o profundidad como ‘Boogie nights’,  ‘Magnolia’ o ‘The Master’, nos ha descolocado sobremanera con esta película tediosa e inconexa. Reconocemos que hay momentos donde aparecen pequeños destellos de esa brillantez a la que nos tiene acostumbrados el director estadounidense, pero quedan totalmente ensombrecidos por la dificultad para seguir con un poco de cordura el desarrollo de la historia.

La cinta nace del guión adaptado de una obra de Thomas Pynchon, uno de los novelistas norteamericanos más celebrados del posmodernismo. Y aunque sabíamos de la literatura enrevesada y laberíntica de Pynchon, caracterizada por una densa paranoia histérica, confiábamos en la destreza de Anderson para adaptarla al cine. Desgraciadamente ha salido lo peor del director, que no ha sabido tejer la historia compleja que propone el escritor. Y la conclusión nos lleva a pensar que quizás pecó de ambicioso porque hay cierta literatura que por su particularidad es difícilmente exportable a la gran pantalla.

Joaquin Phoenix y Josh Brolin en Puro vicio

Joaquin Phoenix y Josh Brolin en “Puro vicio”. Fuente: Warnes Bros

Sin embargo, la película tenía a priori muchos ingredientes para el éxito. En primer lugar, una trama que relaciona tráfico de drogas, policías corruptos, negocios inmobiliarios y desaparición incluida ambientada en la ciudad californiana de Los Ángeles de los años 70. Seguido de un elenco de actores liderado por nuestro admirado Joaquin Phoenix y que incluye a Josh Brolin, Benicio del Toro y Reese Witherspoon. Desgraciadamente siquiera estos actores son capaces de hacer destacar su actuación entre tanta confusión que se produce en el espectador. Un auténtico desperdicio, porque no es fácil ver a intérpretes de esta talla dar vida a personajes tan divertidos unos y exasperantes otros, pero todos indudablemente originales. Y por último, una estética realmente cuidada que nos transporta a la psicodélica visión empañada por el consumo de droga de los años 60.

Sin duda alguna, no es el mejor trabajo de Paul Thomas Anderson y no hace justicia a sus anteriores películas ni a la fama de Thomas Pynchon. Quizás la obra del novelista exigía un filtrado de simplificación que no quiso, no supo o simplemente no pudo realizar el director y que dio como resultado a esta película disparatada y totalmente prescindible.