Crítica: Nuestro último verano en Escocia


Nuestro ultimo verano en Escocia

Hay muy buenas intenciones detrás de ‘Nuestro último verano en Escocia’, algo que se adivina desde las primeras hasta sus últimas imágenes. Dirigida por el duo de realizadores Andy Hamilton y Guy Jenkin cuenta como los padres con problemas de tres niños muy inquietos se dirigen a Escocia para celebrar el 75 cumpleaños del abuelo. La que podría estar llamada a ser una historia más de encuentros familiares en entornos idílicos pasa a convertirse, gracias a un inteligente guión plagado de aciertos y sutilezas, en una de las comedias más divertidas y genuinas que hayamos visto en mucho tiempo.

El filme hunde sus raíces en el humor negro inglés, pero con toques de ingenio basados en lo absurdo. Hay que reconocer la maravillosa interpretación en su conjunto, y en especial la del excéntrico personaje del abuelo, interpretado por Billy Connolly. Además, los niños demuestran una gran capacidad para mostrarse de manera muy natural delante de la cámara, lo que favorece enormemente a la película. Las interacciones que se producen entre todos los personajes generan una serie continuada de gags que crea un ambiente cómico muy hilarante a lo largo de toda la historia.

Billy Connolly en Nuestro ultimo verano en Escocia
Billy Connolly en «Nuestro ultimo verano en Escocia». Fuente: A Contracorriente Films

La película pone al descubierto lo duro que resulta el tránsito de la infancia hacia la madurez, las relaciones de pareja y familiares, a la vez que la propia desdramatización de la muerte. También como es capaz de crear, a partir de una situación absurda, un relato sobre el descontento vital y darnos una visión de las relaciones humanas. Porque en su viaje por tierras escocesas los personajes estarán condenados a entenderse y a resolver sus problemas.

Solo cabe rendirnos ante esa deliciosa comedia tan eficazmente realizada. Todo resulta una experiencia cinematográfica de lo más placentera por su acertada mezcla de sátira extravagante y humor corrosivo. Porque la vida real es así, hasta en los momentos trágicos hay humor. ¡Imprescindible!

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