Crítica: El pequeño Quinquin


Alane Delhaye y Lucy Caron en El pequeño Quinquin

El director galo Bruno Dumont utiliza los idílicos paisajes que regala la región de Normandía para encuadrar una historia de asesinatos estrambóticos en una zona rural francesa repleta de personajes fellinianos.  ‘El pequeño Quinquin’ fue concebida como una miniserie de cuatro capítulos creados para el canal Arte y que finalmente ha llegado a nuestros cines en formato película de, nada más y nada menos, 200 minutos.

Aunque el eje principal de la cinta sea una serie de asesinatos, a cual más desconcertante, en realidad estamos ante una comedia negra bastante inquietante. El filme utiliza una fórmula compleja e inusual que pone al descubierto lo peor del ser humano: engaños, desencuentros, envidia, violencia y xenofobia. A esto hay que sumar la naturaleza y su belleza, pero también le resta el aislamiento, la opresión y el devastador aburrimiento del paraje que multiplicándolo por la enfermedad y toda clase de taras físicas y psicológicas de los personajes y dividido por la teología, porque cuando al mal no se le encuentra fácilmente una explicación es más sencillo acudir a lo divino.

Philippe Jore y Bernard Pruvost en El pequeño Quinquin
Philippe Jore y Bernard Pruvost en «El pequeño Quinquin». Fuente: Good Films

La pareja de policías encargados del caso no es que sean poco habilidosos, es que parecen tener cierta discapacidad intelectual. En este dúo destaca Bernard Pruvost, actor no profesional que configura un personaje desconcertante repleto de tics faciales. Por otro lado, el personaje del pequeño Quinquin es interpretado por Alane Delhaye cuya actuación nos invita a cruzar constantemente la línea imaginaria entre la maldad y la ternura más emotiva. El completo elenco de extraños y pintorescos personajes hacen que la película tenga algunas escenas hilarantes, aunque difíciles de entender. A este respecto, no hay que perderse la escena del funeral.

Una película poco convencional, cuya trama no busca el desenlace, como estamos acostumbrados, sino la exposición de un sinfín de acontecimientos que bordean sin rubor alguno la frontera de lo irreal. Circunstancia que no favorece mucho su digestión, dado que hablamos de una película de más de tres horas de duración y de un desarrollo excesivamente lento. Muy recomendable echarse una buena siesta antes de la película. Avisados quedan.

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