Extraños en un tren‘ (1951) arranca con un estupendo montaje paralelo de dos pares de zapatos yendo hacia un vagón de tren, donde por cierto aparece arrastrando su funda de un contrabajo Alfred Hitchcock en su tradicional cameo en sus películas. Con ellos desccubrimos la personalidad de sus dos propietarios, Guy Haines, un famoso tenista, y Bruno Anthony, un tipo muy parlanchín, máscara bajo la que se esconde un psicópata. Papel que interpretó Robert Walker, que hasta ese momento había interpretado a encantadores chicos americanos. ‘Extraños en un tren’ fue su última película, ya que Walker falleció meses después por una reacción alérgica a una droga calmante suministrada por su psiquiatra.

La película es una descripción deliciosa de una caza del gato y el ratón. Una adaptación de una novela de Patricia Highsmith y que figura entre lo mejorcito del maestro del suspense. Aquí van nuestros motivos que justifican volver a verla.

El tándem Highsmith – Hitchcock

La fascinante historia de Patricia Highsmith con guión de Raymond Chandler es un gran clásico que gustará a los que lo conocen y aumentará de valor para los que la vean de nuevo. El tiempo mejora lo bueno y empeora lo malo. Hitchcock utiliza el libro de Highsmith como elemento inspiracional, ya que de él se tomó solo la primera parte, modificando el desenlace, pero conservando siempre su espíritu de maquinación diabólica.

El «alter ego» de Hitchcock

Patricia, la hija de Hitchcock, tiene un papel secundario en la película. Una especia de alter ego de él mismo. Un personaje entrañable y al mismo tiempo con un toque freak tratado con muchísimo cariño. Un personaje que está en la historia por encima del bien y del mal, que podría contarse la película sin ella, pero sin ella no sería lo que es. No existiría ya que representa al mismo autor. Mucho amor de padre y genio e ingenio para poner a su hija Patricia Hitchcock en uno de los mejores papeles de su carrera. Para los amantes y estudiosos del director británico, el personaje de la hija es una pieza clave del universo, estilo y maneras de Hitchcock.

Escenas memorables

El plano del estrangulamiento visto a través del reflejo en las gafas de la víctima. La odiosa mujer del tenista, Miriam, a la que Hitchcock quiere que nosotros como espectadores también deseemos matarla. La pelea final de los protagonistas encima de un descontrolado tíovivo es otra joya. Magnífico el estrangulamiento de la mujer que no enseña, ya que el director se va con la cámara a ver un parque de atracciones dejando solo el sonido de los jadeos de la mujer. Y magistral la partida de tenis, donde las cabezas de todos los espectadores van siguiendo la pelota y moviéndose al unísono de derecha a izquierda y viceversa, todas menos una, la de nuestro personaje Robert Walker

La belleza del misterio

La película se vive de forma tensa gracias al manejo del suspense que poseía Hitchcock. Una entretenida historia llena de estratagemas cuidadosamente concebidas para determinar una escalofriante e inquietante narración que nos mantiene como espectadores en un estado de atención permanente. Porque la belleza del misterio está siempre presente en las películas de Hitchcock, ya que cuidaba muchísimo la parte pictórica y estética de sus encuadres.

Maravillosa fotografía en blanco y negro

Para la dirección fotográfica, el cineasta contó por primera vez con Robert Burks, colaborador fundamental del británico. Con la excepción de ‘Psicosis‘, fue el responsable de las luces y las sombras en todas las películas del maestro del suspense desde 1950 hasta 1964. En ‘Extraños en un tren’ recrea el mundo de oscuridad que vive Walker gracias a las sombras que cruzan constantemente su rostro, la tenebrosidad gótica de su mansión en Arlington. Es la contrapartida de Granger, que vive en el mundo de la luz representado por el espectacular juego al aire libre del tenis, su atracción hacia los colores vivos y las formales cenas en Washington. Y Walker es fotografiado en un determinado momento, en un plano visualmente impactante, como una mancha maligna en la pureza del mármol blanco del Jefferson Memorial, como un punto negro en el orden de las cosas.