La cumbre escarlata‘, el noveno largometraje del mexicano Guillermo del Toro, está ambientada en 1901 y narra la historia de Edith Cushing (Mia Wasikowska), escritora novata de relatos de fantasmas e hija de un rico industrial de Nueva York, que se enamora de Thomas Sharpe (Tom Hiddleston), un inglés que acude al padre de Edith en busca de apoyo económico para su negocio de arcilla. Cuando el magnate muere extrañamente asesinado, Edith se casa con Thomas, quien se la lleva a vivir a Allerdalle Hall, su semiderruida mansión de Inglaterra conocida como «la cumbre escarlata». Allí, la joven deberá enfrentarse a Lucille (Jessica Chastain), la siniestra hermana de Thomas, y con un oscuro secreto del pasado, fantasmas incluidos.

Del Toro, ávido lector de literatura romántica gótica, no ha tenido como propósito contarnos una extraordinaria historia, sino rendir tributo a géneros como el fantástico y el terror, al que venera una profunda admiración. Géneros que surgen de la la literatura gótica durante el Romanticismo y que se nutren de las representaciones del mal, que siempre han interesado más a la literatura que a la religión. Todo este imaginario novelesco lo rescata el cine para deleite visual del espectador. En algunas ocasiones con talento y en muchas sin acierto.

El terror (fantaterror en España) es un género que sigue interesando a los espectadores, ya que habla de algo elemental y básico en nosotros. Se trata de un cine que apela a aspectos de nuestro ser que tenemos ocultos, como si los terrores del hombre primitivo siguieran todavía con nosotros. Si nos detenemos en la palabra «gótico», hay que reconocer que tiene en sí mismo un contenido terrorífico y que provoca miedo.

Las películas que provocan miedo físico y susto no es cine de terror. La película verdaderamente preternatural debe contener cierta atmósfera de intenso e inexplicable pavor a fuerzas exteriores y desconocidas. La atmósfera genuina del terror es en la que el hombre se encuentra más indefenso que nunca, en la que lo natural no funciona, y las leyes naturales no sirven. Citando al escritor estadounidense Lovecraft, lo importante de una historia de terror es la atmósfera más que el argumento. Lo que convierte a una historia terrorífica en buena es su atmósfera, que sea sugerente, creíble y envolvente. Y para ello es fundamental el espacio, los personajes y los elementos escenográficos, material que toma prestado el cine de la literatura gótica y que Guillermo del Toro ha manejado con brillantez en ‘La cumbre escarlata’.

Manderley en Rebeca

Manderley, la casa gótica de «Rebeca» (1940) de Hitchcock es un ejemplo de mansión sombría, con lámparas apagadas, leyendas y personajes malvados.

Estos son los ingredientes básicos que debe tener cualquier película que se precie gótica:

 Espacio 

  • Castillo o mansión gótica de pavorosa antigüedad.
  • Húmedos corredores.
  • Ocultas y malsanas catacumbas.
  • Leyendas y fantasmas estremecedores.

 Personajes 

  • Noble malvado y tirano que desempeña el papel de villano.
  • La santa, largamente perseguida.
  • La heroína que sufre los mayores terrores y sirve de centro de las simpatías del espectador.
  • El héroe valeroso e inmaculado (de alta cuna, pero vestido a menudo con un humilde disfraz).
  • Rimbombantes nombres extranjeros (italianos en su mayoría) para los personajes.

 Elementos escenográficos 

  •  Luces extrañas.
  •  Trampas húmedas.
  •  Lámparas apagadas.
  •  Manuscritos ocultos y mohosos.
  •  Goznes chirriantes.
  •  Tapices que se estremecen.

‘La cumbre escarlata’ es por tanto una historia de amor gótica rodeada de fantasmas con una estética  repleta de detalles e imágenes impactantes. Una historia que tiene elementos añadidos como la violencia y el erotismo, que la convierten en un hipnótico experimento cinematográfico.