Once años. Ocho películas. Cuatro directores. La saga llega a su fin, y su empresa es gigantesca: proporcionar un final satisfactorio a una de las franquicias más populares y exitosas de todos los tiempos. Parecía imposible, pero David Yates obra el milagro.

La virtud de un sendero marcado

Las Reliquias de la Muerte: Parte II tiene una ventaja importante respecto al resto de películas de la saga: no tiene que introducir nuevos conceptos ni personajes con peso específico en la trama. La cinta transita una línea marcada desde la anterior entrega, y busca finalizar el camino iniciado. Harry, Ron y Hermione tienen por objetivo encontrar el resto de horrocruxes y destruirlos para poder vencer a Voldemort en una inevitable confrontación final, y no pierden tiempo a la hora de embarcarse en esa misión suicida.

Sin embargo, a pesar de tratarse de la cinta más épica de la franquicia, Yates sabe que las escenas de diálogo son igualmente importantes porque cimientan emociones, establecen lo que está por venir e incrementan la escala del clímax final. La película contiene numerosas escenas de acción, pero todas tienen la duración adecuada, ya que no abruma al espectador en exceso y le permite respirar tras enlazar varias secuencias de tensión y espectáculo pirotécnico. Ejemplo: tras la conversación con Griphook y Ollivander, asistimos a la infiltración en Gringotts. Griphook es parte vital de la escena que viene a continuación, y al mismo tiempo Ollivander aporta urgencia dramática con su relato sobre las reliquias de la muerte y las pocas opciones que tiene Harry de salir victorioso en su misión.

Curiosamente, esta película es la más corta de la saga y en términos de ritmo es probablemente la más ágil, ya que los acontecimientos que van a producirse ya han sido establecidos a lo largo de siete filmes. Todo fluye de manera espléndida y cada secuencia llega en el momento oportuno, no hay ni una sola escena que se sienta desubicada o innecesaria. Todo suma.

Vuelta a Hogwarts 

Las Reliquias de la Muerte: Parte 1 fue la primera cinta de la saga en la que Hogwarts no jugaba un papel importante en la trama. Como ya os comenté, esa frescura encajaba con la historia de la película y sirvió para regalarnos un filme más introspectivo y humano. Pero el clímax de la saga debe acabar donde todo empezó, y la vuelta a Hogwarts supone el regreso a la calidez del hogar.

La edificación de la batalla final es fantástica porque regala a numerosos personajes secundarios unos minutos para brillar y aportar su granito de arena. Neville, McGonagall y el resto de profesores unen sus fuerzas para crear trampas y realizar encantamientos que protejan el castillo y sus habitantes, construyendo una cúpula gigante que funciona como metáfora de lo que Hogwarts siempre ha significado en la saga: un lugar en el que sentirse seguro y en familia. Desplat hace acto de presencia con más fuerza que nunca al acompañar estos momentos con un tema emocionante que alza este montaje hacia la emoción más pura.

David Yates tiene mucha clase, y tras tres filmes consecutivos a sus espaldas, sabe escoger el plano adecuado para que cada escena tenga intensidad y peso dramático. La llegada de los mortífagos a los alrededores de Hogwarts, el lanzamiento de hechizos que destruyen la cúpula, el asalto al castillo desde el aire, todos son planos que tienen por objetivo aportar una escala enorme, sin olvidarse de acercar el plano a los personajes y recordarnos lo que está en juego.

Por primera vez observamos al colegio como un campo de batalla, su destrucción gradual es inevitable, y las vidas de numerosos personajes que nos han acompañado durante once años corren peligro. Por eso considero que las transiciones entre secuencias funcionan muy bien, ya que son momentos oportunos a la hora de cruzarnos con viejos amigos y personajes queridos.

Emoción y pérdida

La batalla de Hogwarts es compleja a nivel de ejecución porque entran en juego muchas variables. No sólo vemos la lucha entre magos y mortífagos, sino que a dicha lucha se unen gigantes, arañas y estatuas. Eso implica elaborar de forma quirúrgica la transición correcta entre batallas, individualizar cuando resulta pertinente, para luego abrir el plano y mostrar el caos en toda su magnitud. Nuevamente, el trabajo de David Yates y Eduardo Serra (su director de fotografía) destaca porque saben marcar los tiempos de cada plano y aportar la suciedad y anarquía que requiere el escenario. Los tonos verdosos y grises vuelven a cobrar protagonismo en la saga, pero el contraste permanece.

Las bajas no se hacen esperar, y en una escena breve pero dolorosa nos enteramos de la muerte de Lupin, Tonks y Fred Weasley. La muerte de Fred es especialmente dura ya que el resto de la familia Weasley rodea al fallecido, y la llegada de Ron genera una explosión de tristeza e impotencia que traspasa la pantalla. Pero la cinta no se regodea en la tragedia, ya que el punto de vista siempre pertenece a Harry y, al igual que en el libro, nos alejamos de la escena junto a él sin tiempo para llorar muertes porque pueden llegar más si no se actúa con rapidez.

Sin duda alguna, la muerte más emocional y desgarradora es la de Severus Snape. Durante una década le hemos odiado por su pésima actitud respecto a Harry, por su personalidad desafiante y condescendiente. Pero sobre todo, nuestra ira se focaliza en el asesinato de Albus Dumbledore. Sin embargo, la muerte de Severus a manos de Voldemort y Nagini (su serpiente y uno de los horrocruxes) es una de las escenas más crudas de toda la saga, y nos genera cierta compasión por su personaje. Lo que nadie esperaba (a menos que hubieras leído los libros) era el secreto que escondía Snape. El profesor de Pociones le pide a Harry que guarde sus lágrimas en un bote y las use en el pensadero, y así poder conocer toda la verdad tras esa mirada gélida.

La secuencia del pensadero es una de las mejores escenas de toda la saga. Se trata de un montaje que nos remonta al pasado de Snape, y observamos con estupefacción su amor por Lily, la madre de Harry. Ambos eran amigos en la infancia, y Snape había estado enamorado de ella desde el principio. Su enemistad con James Potter proviene del acoso que sufrió por él y sus amigos, así como el hecho de que Lily y James acabaran juntos. La muerte de Lily a manos de Voldemort destrozó a Snape y juró servir a Dumbledore como espía doble y proteger a Harry, siempre y cuando nadie se enterara de su secreto. En apenas cinco minutos, la cinta resume con elegancia uno de los grandes secretos de la saga, y de una vez por todas la piezas encajan. Os reconozco que todas las veces que he visto esta película (unas 4-5), siempre termino entre un mar de lágrimas con esta escena. Es un homenaje precioso al personaje de Alan Rickman (eterno, extraordinario Alan Rickman) y al propio libro de J.K. Rowling.

Epílogo

Algo que rara vez ha ocurrido a lo largo de la saga es la mejora de ciertas escenas en la película respecto al libro. En este filme considero que hay una mejora sustancial en el enfrentamiento entre Voldemort y Harry. En el libro, y tirando de memoria, el enfrentamiento se produce en el Gran Comedor y rodeado de alumnos que jalean a Harry mientras lucha. En la película, la batalla es más extensa, aprovechan los pasillos del castillo para que la lucha tenga mayor tensión, y su cruce de encantamientos final se produce en uno de los patios del colegio, con la única presencia de Harry y Voldemort. Creo que la ejecución es más emocionante y épica de esta forma, ya que permite realizar un montaje en el que, mientras ambos luchan, vemos a Ron, Hermione y Neville intentando matar a Nagini, y la resolución de ambos enfrentamientos se produce casi al mismo tiempo. Tiene mucha más fuerza de esta forma.

Finalmente, Voldemort es derrotado, y Harry, Ron y Hermione abandonan el castillo durante unos instantes para tener cierta intimidad. Y ahí observamos el último gran gesto de Harry al romper la varita de saúco (la varita más poderosa del mundo) y tirarla por el precipicio. El fundido a negro con el plano del trío protagonista sería un cierre perfecto de la cinta, pero nos tienen reservada una última sorpresa: el epílogo.

Muchos critican el epílogo por ser demasiado esperanzador y “bonito”. El epílogo es fiel a lo escrito por Rowling, y estoy seguro que David Yates, Steve Kloves y compañía no querían pillarse los dedos ignorando la escena final de la saga, con un Harry adulto y padre de tres hijos. A mí me parece un final digno y satisfactorio ya que, al fin, Harry puede respirar y vivir una vida normal tras 17 años de tragedias constantes.

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte II es la película más épica y emocionante de la saga, y un cierre sobresaliente a once años de filmes con una calidad envidiable en su gran mayoría. Su fidelidad y su capacidad para mejorar aspectos que en el libro funcionaban a medias no sólo la convierten en un blockbuster admirable, sino en una carta de amor a la saga que adapta y a la propia J.K. Rowling. Todo fan de la saga debe sentir gratitud. Somos afortunados de tener un complemento a los libros tan maravillosos. Gracias, David Yates. Muchas gracias, J.K. Rowling.