Legionario‘ es una película admirable por varios motivos. Eduardo Garza ha rodado este filme con un presupuesto de 50.000 euros y numerosas limitaciones técnicas. Garza no sólo escribe y dirige la cinta, también se encarga de la fotografía, el montaje y gran parte de los efectos visuales. Y el resultado final es notable, aunque con matices.

Psicología y artesanía

La historia comienza con mucha fuerza y parece que estamos ante un filme bélico, pero con el paso de los minutos nos encontramos con un drama psicológico de narrativa fragmentada y estilo minimalista. Un presupuesto tan reducido no permitía un rodaje extenso en gran variedad de localizaciones, así que Garza apuesta por focalizar su historia en el personaje de Santos (Raúl Tejón) y su viaje emocional.

La principal baza del filme es su estilo visual. El cineasta mexicano utiliza la cámara en mano para introducirnos en la mente del protagonista, y opera con libertad en los espacios reducidos donde se produce la acción. Curiosamente, su falta de recursos no le impide realizar varios planos secuencia de larga duración que aportan mucha elegancia y naturalidad a la película. Hay juegos y metáforas visuales, transiciones hermosas y un uso de la luz bastante acertado durante gran parte del filme.

Quizás en las escenas bélicas hay un exceso de retoque en post-producción para esconder errores o limitaciones con una niebla que puebla la pantalla de manera excesiva. Pero es un detalle menor y comprensible. En el resto de secuencias, la cinta luce estupendamente y la luminosidad de ciertos planos enfatiza sensaciones de manera acertada.

El montaje es ambicioso y triunfa en gran parte del filme, ya que su estructura fragmentada y cíclica exige una gran cantidad de cortes donde pasado y presente se entremezclan como un puzzle. La valentía de Garza es admirable, ya que podría haber optado por un desarrollo más convencional que le provocara menos dolores de cabeza en post-producción, pero demuestra tener una visión clara de la historia y el camino difícil era el camino adecuado.

Esta ambición es un arma de doble filo, y en momentos puntuales el montaje no está realizado con la fluidez necesaria. Ciertas transiciones se sienten demasiado repentinas y en algunas escenas donde el protagonista se mueve por pasillos y habitaciones falta algo más de continuidad. Dicen que un buen montaje es aquel que no se percibe, y el 90% del tiempo Legionario cumple dicho objetivo.

Legionario dirigida por Eduardo H. Garza

Escena de “Legionario” dirigida por Eduardo H. Garza. Fuente: Pier 922 Studios

Alicia y Santos 

Aunque el protagonismo de la película recae sobre el personaje de Raúl Tejón, la trama reserva un lugar de relevancia a Alicia, personaje interpretado por Diana Palazón. Su personaje está muy presente, aunque a primera vista no lo parezca, y Palazón sabe aportar mucha humanidad y espontaneidad a su personaje. No se siente una interpretación, sino una persona.

La química entre Raúl y Diana es fantástica y sus escenas alzan el material gracias a su interacción y capacidad de improvisación. Hay dos planos secuencia de ambos paseando y charlando en los que llegas a olvidarte que estás en una película, y parece que te has introducido de forma silenciosa en la vida de dos personas. Me parece un trabajo brillante por parte de ambos intérpretes y el propio director.

Sin embargo, Legionario tiene fuerza e intensidad gracias a la entregada interpretación de Raúl Tejón. Su personaje tiene aristas y una complejidad inesperada, y Tejón sabe qué teclas tocar en cada momento para aligerar el personaje o llevarlo a lugares poco convencionales. Su rango interpretativo en el filme es bastante amplio, y en todas las facetas que muestra cumple de forma dignísima. Sus escenas con el servicial Luis Mottola funcionan muy bien y el juego que existe entre ambos añade profundidad a la historia y al propio personaje. La película requería de un intérprete dotado con la capacidad de introspección emocional que Santos sufre a lo largo del filme, y Raúl Tejón realiza un trabajo excelente.

Trampas ocultas

Uno de los problemas que le achaco a Legionario es su afán por evitar constantemente responder a preguntas que puedan descubrir el desenlace antes de lo que el director desea, así que la cinta opta por usar “trampas” en ciertos diálogos para mantener la tensión. A veces funciona bien, pero en otras se vuelve frustrante observar cómo dos personajes realizan preguntas erróneas o responden de manera ambigua, cayendo en la redundancia o la incoherencia. Creo que la película tiene suficientes ideas interesantes para tomar caminos más directos y evitar repetirse en escenas que no necesitan tanta ambigüedad.

El final de la película es correcto, y tiene varios planos poderosos que cierran la historia de forma adecuada, pero esas trampas del tercer acto deslucen un resultado notable por momentos, y la sensación final es agridulce porque el camino recorrido había sido satisfactorio.

Legionario es una película correcta a nivel argumental, ejecutada con mucha clase y artesanía, con unos valores técnicos sobresalientes para su reducido presupuesto, y un guion que tropieza en varios momentos aunque nunca hasta el punto de derribar lo construido a lo largo de sus 83 minutos de duración. Eduardo Garza ha realizado un esfuerzo descomunal y admiro su incansable trabajo por sacar adelante el proyecto junto a su esposa Sylvia Vivanco, la cual luchó codo con codo por levantar la película y poder terminarla de la forma que ambos deseaban. Tengo mucho interés por ver de lo que ambos son capaces con un presupuesto mayor y mejores recursos.