No es fácil escribir sobre esta película. Alien, el octavo pasajero trascendió el género de ciencia ficción en una de las mejores décadas de la historia del cine, y estableció a Ridley Scott como un brillante cineasta tras solamente dos películas (debutó en la dirección con ‘Los Duelistas’). Tras darle vueltas durante varios días, he decidido optar por el camino más sencillo, y también el más coherente: ser fiel a mi estilo habitual y concentrarme en la película, dejando en un plano secundario su (enorme) trascendencia.

La cinta da inicio con un recorrido elegante y silencioso por la Nostromo, nave que habitan los protagonistas de la historia. Scott quiere mostrarnos una geografía clara de dicha nave y establecer un tono específico desde el primer instante. Todo se sucede de manera gradual, con un montaje bastante sutil y planos largos que permiten respirar a la trama y concentrarnos en los detalles, un estilo que bebe de la extraordinaria ‘2001: Una Odisea del Espacio‘ (Stanley Kubrick, 1968).

Los personajes despiertan y se disponen a recuperar sus hábitos diarios con normalidad. Y aparece el excelente uso de las elipsis. La elipsis es una herramienta fundamental para establecer un ritmo concreto en la historia y despojar a la cinta de aquellos eventos que al ser omitidos no suponen una pérdida de información sino un recurso que aporta agilidad narrativa. Y Alien, el octavo pasajero usa la elipsis con precisión de cirujano.

Personajes en una escenografía angustiosa

La presentación de los personajes es perfecta porque son definidos a través de su interacción en plena conversación mientras comen. Es una forma tan simple como brillante de perfilar sus personalidades a partir de la acción-reacción. Sus intercambios verbales nos ayudan a entender quiénes son y cuáles son sus motivaciones en la misión (monetarias, científicas, laborales, vocacionales). Hay un ambiente de camaradería evidente, pero bajo esa sensación general se intuye una jerarquía clara que tendrá relevancia a lo largo de toda la película. Detalles como éstos son los que enriquecen el relato y refuerzan su solidez de partida.

No me gustaría caer en la nostalgia de los efectos prácticos y el uso de sets reales, pero en este filme suponen un aspecto característico que insufla vida a la nave y los horribles acontecimientos que van a producirse. Cada sección de la nave, cada aparato, botón y luz parpadeante aportan un realismo tangible apoyado por un montaje de sonido que enfatiza su utilización o aparición en pantalla. Pocas veces he visto una película tan obsesionada por la lógica interna como Alien, el octavo pasajero. Cada botón pulsado tiene un fin determinado, y las luces y pantallas proporcionan información al espectador de la misión y problemas que se van generando durante la cinta.

Una película de culto cocida a fuego lento

Una de las características más fascinantes de la película es su fe inquebrantable en la audiencia y en la ejecución de su premisa. En ningún momento la historia posee un alto ritmo ni agiliza la trama cuando el in crescendo es palpable. La cadena de acontecimientos se construye a fuego lento y con reacciones veraces. No existen impulsos estúpidos ni sacrificios heroicos, sino una coherente evolución de emociones que discurren por la confusión y tensión inicial, para transformarse en miedo y desasosiego y finalmente tornarse en desesperanza y aparente resignación. La empatía por los personajes es alta porque sus reacciones y sentimientos se sienten reales y nos identificamos con sus pensamientos y decisiones.

Alien, el octavo pasajero (1979) dirigida por Ridley Scott

Imágenes de «Alien, el octavo pasajero» (1979) dirigida por Ridley Scott

Ripley, la primera gran heroína 

Pero hay un personaje que sobresale por encima del resto. Ellen Ripley es el ancla moral de la película, el modelo de conducta justa e incorruptible. Desde el primer momento, Ripley demuestra tener una fuerte personalidad apoyada por un sentimiento de justicia a prueba de balas. Asume su responsabilidad como suboficial, pero es capaz de entrar en conflicto con una orden directa de su superior si ésta contradice las normas (reconozco que me acordé de la estupenda ‘Marea Roja‘ en una de las escenas del filme).

Habría sido tremendamente fácil caer en el terreno de la damisela en apuros, de la fragilidad femenina (ridículo), pero la película encuentra una de sus grandes bazas en un personaje escrito con brillantez evitando tópicos del género. Lo más abrumador de este personaje: se trata del primer papel de entidad en la carrera de Sigourney Weaver. El recital de Weaver en la película es asombroso y posee una fiereza y un rango interpretativo fuera de toda duda. El tercer acto es suyo y lo domina con una facilidad insultante.

Igual de insultante es el talento de Ridley Scott tras la cámara. Se trata de su segundo proyecto tras ‘Los Duelistas’, y Scott ya demuestra que domina el lenguaje cinematográfico como si se tratara de un veterano. La elegancia de su dirección, la construcción de la tensión, y su capacidad para ahogar a los personajes y el propio espectador en escenarios claustrofóbicos constituyen el pilar básico sobre el que se cimienta la película. Hay planos absolutamente preciosos y terroríficos, y ciertas secuencias provocan un desconcierto pocas veces visto en el género.

Giger y Goldsmith, sublimando una idea

Pero Scott edifica este universo a partir del señor H. R. Giger, creador del aspecto visual de la película y determinante en la creación del Xenomorfo y la nave del que proviene. Giger basó el alien y varios escenarios de la película en sus obras pictóricas, tales como el Necronom IV, y sus diseños son tan sobrecogedores como impactantes. Creo que Scott se complementó a la perfección con el material de Giger y juntos crearon una nueva plantilla que la diferencian del resto por su estilo tan característico y poco convencional.

Me gustaría añadir a este dúo el fantástico trabajo de Jerry Goldsmith en la banda sonora. La composición de Goldsmith empasta a la perfección con el material de partida, y nunca sombrece la secuencia que acompaña, sino que la transporta a una nueva dimensión marcada por la tensión y el ambiente perturbador de la historia. Además, el uso de los silencios en la cinta es acertadísimo porque, cuando la música desaparece, una sensación de soledad y peligro inminente aumenta de forma exponencial.

Alien, el octavo pasajero es una de las mejores cintas de ciencia ficción que he visto en mi vida, un deleite para los sentidos y un perfecto ejemplo de cómo tomar una premisa simple y conseguir que trascienda por puro talento y la determinación de aportar algo nuevo y distintivo.