Crítica: The woman who left


The woman who left dirigida por Lav Diaz

The woman who left cuenta la historia de venganza de Horacia Somorostro (Charo Santos-Concio), que tras ser encarcelada por un crimen que no había cometido es liberada y, camino de su venganza, acaba convirtiéndose en una heroína de los más desfavorecidos. En mitad de la soledad de la noche se transforma en un ser vampírico que se dedica a ayudar a los desamparados, sobre todo a un travesti epiléptico (John Lloyd Cruz) con quien entablará un vínculo crucial para el devenir de la historia.

Teniendo en cuenta que ‘A Lullaby to the Sorrowful Mystery‘ duraba 8 horas y ‘Evolución de una familia filipina’ casi once, las cuatro horas de ‘The woman who left’ resultan insignificantes. Bromas aparte con la discutible concepción del tiempo del cineasta filipino, en su última película es destacable la cruda imagen social mostrada, pero posee un estilo visual y narrativo tan particular que resulta inevitable la controversia.

Lav Diaz se limita a colocar la cámara en un punto fijo y a rodar con planos generales y sin movimiento, huyendo sistemáticamente de los primeros planos, el plano/contraplano o movimientos de cámara que en ocasiones pedía a gritos la historia en algunas escenas. Una decisión estética que no le hace mejor cineasta, al igual que el excesivo metraje no hace a ‘The woman who left’ más compleja o artística.

Tampoco el hecho de su reconocimiento con el León de Oro en Venecia debe cegarnos para poner el foco en determinados aspectos técnicos y narrativos muy cuestionables en la película. Por ejemplo, la dilatación excesiva de muchos planos cuando la información contenida en ellos ya lleva tiempo agotada. Diálogos superfluos que no enriquecen la historia y hasta un hiperrealismo un tanto impostado.

The woman who left dirigida por Lav Diaz
«The woman who left» dirigida por Lav Diaz

En definitiva, justificaciones que solo obedecen a un criterio de hacer cine que antepone las formas y el pose estético sobre una trama de por sí tan predecible como vacua que bebe de las fuentes de la literatura rusa, en concreto de una relectura de un relato breve de Tolstói.

Lo que si nos parece destacable es la cruda y descarnada imagen social mostrada por Diaz al exhibir a esos seres olvidados en la marginación y la pobreza. Su clara intencionalidad al rechazar el embellecimiento le permite adoptar una escenografía natural marcada por la fotografía en blanco y negro. Temas como la sexualidad, la muerte, la pobreza y la marginación están presentes. Sobre esta base, logra estructurar a los personajes para mostrar una realidad social desgarradora. Hay escenas que matizan con maestría las condiciones de miseria, pobreza, sexualidad y marginación que propician el clima de violencia que refleja la película. No en vano, el cineasta filipino se caracteriza por abordar temas sociales y políticos de su país de origen. Y en esto, no cabe duda, es un maestro.

Sin fecha de estreno a la vista, desde que ganara el festival de Venecia el filme ha pasado por festivales como el de Toronto y en España se ha podido ver en la 17 edición del festival de cine de Las Palmas de Gran Canaria y en la tercera edición de Filmadrid.

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