Todo lo que levanta pasiones, de forma general, también levanta odios. Son dos reacciones correlativas, paralelas en espacio y tiempo, y que en épocas de evolución tecnológica se hacen más visibles que nunca. Uno de los principales objetos de estudio de este fenómeno es Christopher Nolan. Para muchos, un cineasta sin parangón, artífice de obras maestras y probablemente el mejor director de su generación. Para otros, un realizador vulgar que a través de trucos efectistas oculta una falta de creación narrativa alarmante. Este año le tocaba salir a la palestra, después de su gigantesca odisea espacial estrenada hace tres años que responde al nombre de ‘Interstellar‘. Pero este año, lo hace de forma diferente. Se presenta con un género más accesible, con una historia cercana a la empatía. Una adaptación de un milagro histórico llamado ‘Dunkerque‘.

La película es una epopeya de la supervivencia de una generación gracias a la que les precedió. No es el mejor Nolan, pero sí el más intimista, y no se trata de una película bélica, sino de un mayúsculo ejercicio dramático, impregnado de tensión trepidante. Nolan arrincona a toda persona de la sala del cine en un barco, en el agua o en el aire.

El director británico obliga al espectador a temer y desesperar en la playa o en el espigón, a derribar y esquivar cazas con Tom Hardy, a aguantar con estoicismo y paciencia un milagro desde casa con la profesionalidad de Kenneth Branagh y a impulsar el coraje de Mark Rylance. Todo estructurado en tres espacios y tiempos, para que todo sea visible, para que el quinario que pasó todo un ejército se torne inolvidable, para que quede constancia de que no hubo rincón en esa playa donde no se sufriera.

Dunkerque‘ va sobre la incapacidad humana, sobre la guerra como una mastodóntica y cruda lucha donde ganar es salir con vida, es llegar a casa. Pero también supone la redención de un pueblo que ve como sus vástagos pagan el precio de su violencia. La tercera generación inglesa limpia su alma con un rescate que Nolan tiñe de un patriotismo nada egocéntrico, sino orgulloso.

Fionn Whitehead en Dunkerque

Fionn Whitehead es Tommy en “Dunkerque” dirigida por Christopher Nolan. Fuente: Warner Bros

La banda sonora, de nuevo, como es habitual cuando se trata de Christopher Nolan, corre a cargo de Hans Zimmer, que de nuevo está fantástico. Quizá su trabajo más depurado, más ornamental. Aquí no suena tan colosal, pero su “tick tack” unta la escena de angustia y vértigo. Zimmer comprende que las escenas no se viven igual sin un ambiente musical que atrape, y ayuda a Nolan a construir ‘Dunkerque’ como una experiencia, fin y meta en la vida del realizador inglés.

‘Interstellar’, ‘The Dark Knight’, o incluso ‘Inception‘, pueden ser mejores cintas que esta ‘Dunkerque’, pero nunca serán más íntimas ni tan cercanas. Esta película debería ser la prueba definitiva de que Nolan, a parte de narrar con un dominio del tiempo impresionante, sabe rodar acción. No es Mel Gibson, pero ha depurado y mejorado su estilo, sin ningún género de dudas. Sus planos generales son brutales, dado que su mayor logro es conectar al espectador con el sufrimiento, pero tampoco olvidar de dónde emerge este.

Incluso sabe sacar petróleo de un reparto lleno de novatos (ojito a Fionn Whitehead). Rylance aporta la mesura cargada de valentía, Hardy regala de nuevo minutos de oro en clave de voz y mirada, y Murphy (cuyo papel puede suponer perfectamente una secuela de su Thommy Shelby en ‘Peaky Blinders’) borda el miedo y el trauma. Muy a favor de Harry Styles, auténtico, nada tímido, con soltura. Si se lo propusiese podría hacer papeles mejores.

‘Dunkerque’ es la enésima contradicción para el público de Nolan, no porque sea mala, sino porque de nuevo levantará pasiones, y por consiguiente odios. Una prueba de que para Nolan el tiempo es oro, es el cemento con el que une y fortalece el desarrollo de una historia. Tal vez que su abuelo muriese en esa playa imprima de sensibilidad su participación en el proyecto, y puede que sus declaraciones sobre que el cine debe contemplarse en pantalla grande para ser experimentado como el arte que es (sorry, Netflix) se vean reflejadas en los 106 minutos de metraje que dura ‘Dunkerque‘. Ahora le toca el turno al cine, a los mismos críticos y a los académicos sobre todo, de sacarlo del ostracismo al que fue enviado casi 10 años atrás por motivos que se desconocen. Porque Nolan cumplía cuando no se le pedía, pero ahora que se le pide, continúa haciéndolo.