Gavin O’Connor debe ser un buen tipo. No es que esta web haya tenido el privilegio de entrevistarlo y pueda dar fe de ello, pero es de esas personas inteligentes que deja pistas de su personalidad a través de su trabajo, el cine. Quizá para cualquier tipo de 52 años (casi 53 en octubre) nacido en Long Island cuyo trabajo sea ser director de cine lo más importante es el dinero. No es este el caso de Gavin, como bien reza una frase que acuñó por el 2011 durante una entrevista telefónica con el portal cinéfilo ‘ComingSoon

“Siempre les digo a mis agentes que miren algunas de esas grandes películas. Todo el mundo quiere ganar dinero. Pero como dije, yo soy el que dirige la película, y si no pongo todo el corazón en ello y resulta ser como una aventura amorosa, no voy a hacer una buena película. No quiero que me paguen entonces. Simplemente, no quiero hacer eso”

Su cine, como el de cualquier homónimo suyo, puede provocar un discernir sobre su categoría, pero Gavin O’Connor cuenta con un elemento que le distingue de cualquier otro de su profesión, y no es algo que sea de faceta técnica, como repetir un plano típico en todas sus pelis, o un agente que le busque trabajo como si no hubiera un mañana. El realizador neoyorkino despliega en sus películas un punto de giro, normalmente al ocaso de las mismas, que revoluciona toda la trama y remueve al espectador por lo inesperado del mismo, y este no es otro concepto que el amor de hermanos, en el cual tiene mucho que ver su hermano, Greg O’Connor, que también se dedica al negocio aunque él en la faceta de productor.

Tres películas de su filmografía servirán de evidencia sobre este cromosoma que se repite en el desarrollo de su obra. La primera, en el año 2008, cuando Gavin O’Connor apenas había saboreado las mieles del éxito pero ya había podido coquetearse con cierto prestigio por aupar a la carrera al Oscar a Janet McTeer por su papel en ‘Tumbleweeds‘ (1999) y por darse a conocer en el epicentro de la independencia cinéfila como es Sundance. Dos películas vinieron después de esa light comedy acabando ya el siglo. En ‘Cuestión de Honor’, O’Connor disfrutó de un notable salto de calidad en el reparto, dirigiendo a nombres de la talla de Collin Farrell, Jon Voight, un joven Frank Grillo y a un Edward Norton que daba sus últimos coletazos de buen cine antes de hundirse en franquicias de superhéroes y de agentes secretos.

Cuestión de honor (Pride and Glory) (2008)

Drama policíaco con una estética muy a lo ‘Mystic River’ donde convergen el racismo, la familia y la corrupción del departamento de policía de Nueva York. El padre de los hermanos O’Connor fue policía y ellos se criaron en ese ambiente, por lo que la documentación no podía ser más óptima. El personaje de Edward Norton es la concepción de la honradez, el poli bueno por antonomasia, mientras que el de Farrell, cuñado de Norton en la cinta, es todo lo contrario. En el medio, haciendo de balanza, está el personaje de Noah Emmerich, hermano mayor de Norton, y por abajo, sosteniendo la balanza haciendo de cabeza visible, el personaje de Jon Voight, padre de Norton y Emmerich.

Cuestión de honor (Pride and Glory) dirigida por Gavin O'Connor

Collin Farrell y Edward Norton en «Cuestión de honor» (Pride and Glory) dirigida por Gavin O’Connor.

La situación se vuelve insostenible en el epílogo del filme y Norton decide confrontar a su cuñado, lleno de problemas. Es aquí cuando la película olvida lo policíaco y se tiñe de un drama familiar con diálogos sentidos y miradas entre lágrimas, y O’Connor encuentra la brillantez. Porque ya no se trata de un problema de corrupción que afecta a una familia, sino de lo importante que es el sentimiento de fraternidad y de lealtad con un hermano o una persona que puede serlo perfectamente, como es el caso en la película de Farrell para Norton. La escena está rota de emotividad, y la pelea en una tasca nocturna de Nueva York se hace más por amor que por odio, por no dejar por imposible nunca a personas tan importantes, por que vale la pena luchar por la familia. Tensión conducida por un amor incondicional.

Warrior (2011)

Tres años después, Gavin O’Connor le diría al mundo quién era, a pesar de un sinfín de problemas con la distribución de su película, a la que llamó ‘Warrior‘ porque consideraba que el espíritu de todos sus personajes era el de un luchador que nunca se da por vencido. La película es una obra maestra de una contundencia tremenda, de una profundidad que por aquel momento sorprendía pero que ahora no es más que la siguiente evolución de ese cromosoma en el ADN de O’Connor. La cinta es otro drama familiar de trasfondo aunque esta vez disfrazado de acción por moverse en el mundo de las MMA. Tom Hardy y Joel Edgerton son los dos protagonistas principales con Nick Nolte de secundario impresionante. No hace falta ser un lince para buscar cómo se estructura aquí la familia.

Toda la trama en ‘Warrior‘ está cimentada por y para el final, de una emotividad no apta para sensibilidades endebles. De nuevo una pelea es el nexo de unión de dos hermanos que, a diferencia del trabajo anterior de Gavin O’Connor, aquí suman el añadido de que no tienen relación desde hace muchos años. A ritmo de The National, el epílogo de la cinta está diseñado de una manera que rompe el corazón sin que nazcan siquiera fuerzas para llorar. La dirección no olvida que se trata de una pelea, pero O’Connor sabe perfectamente que hace tiempo que el espectador ya no quiere que gane nadie, sino que los hermanos se fundan en un abrazo y luego le dejen un pañuelo para sus lágrimas. De nuevo no están peleando por una victoria, sino por el amor, por el tiempo perdido, por la culpa, por el perdón. Porque, como dice el tagline del póster de la película, «vale la pena luchar por la familia«, otra vez.

Warrior dirigida por Gavin O'Connor

Joel Edgerton en «Warrior» (2011) dirigida por Gavin O’Connor.

El contable (2016)

Un lustro más tarde, ya con Gavin O’Connor como un director consolidado que ha pasado por el aro de la ignorancia de La Academia, el realizador estadounidense recluta a Ben Affleck para que protagonice ‘El Contable‘. Esta vez la película deja el camino del drama y se centra más en la vía del thriller, pero de nuevo, al final de la película, O’Connor repite escena del crimen: dos hermanos reunidos por una pelea. Ben Affleck, a parte de ser contable, es un asesino a sueldo al que se le vuelve bastante de su mundo secreto en su contra y que termina por encontrarse en una casa con otro asesino a sueldo que va a matarlo. Este último, al que da vida Jon Bernthal, es su hermano. La paliza que se dan es severa, pero O’Connor, esta vez alejándose más del foco dramático, no pierde esa capa de sentimiento en el diálogo mientras la acción se sucede. Puñetazos y patadas por la memoria, la nostalgia, los recuerdos, de nuevo el tiempo perdido y la culpa. Vale la pena luchar por la familia, otra vez.

Tal vez Gavin O’Connor no sea un director de cine que vaya a pasar a la historia. Puede que tenga pocos seguidores y sólo sea ese nombre al que Warner recurre para salvar la secuela del desastre que fue ‘Escuadrón Suicida‘. Incluso quizá tenga hasta detractores que le ven uno más del montón, pero desde luego hay una cualidad que le diferencia del resto, y es su inteligencia para tratar las relaciones humanas, concretamente familiares, a pesar de que el contexto no ayude absolutamente nada al sentimentalismo de esa mirada que O’Connor imprime. El hecho de que su hermano y él crecieran separados en distintas familias le hace ser un genio de esta difícil capacidad, y que el patrón de su punto de giro sea tan evidente en tres de sus películas no le hace previsible, sino inteligente por repetir la fórmula del éxito y que esta siga sorprendiendo.

«Al menos quiero hacer películas que de alguna manera han nacido de mí y que quiero contar. El reto es averiguar cómo hacerlas personales y entregarle al público una experiencia cinematográfica que resulte satisfactoria y emocional. Eso es lo que estoy tratando de hacer».