Nunca me ha gustado ponerle barreras a nada, con esto quiero decir que no veo el sentido en categorizar las películas por edades más allá del no apto para menores de… La única categorización que veo lógica es la de buenas o malas películas, y es relativamente subjetiva. Pero por qué no iba un adulto a ver películas para jóvenes, si estas son de una sensibilidad extraordinaria, como lo son las de John Hughes (1950-2009).

Creo que hay un menosprecio bastante generalizado hacia las teen movies o películas para jóvenes. Como si los jóvenes fueran una especie distinta; como si todos no hubiéramos sido jóvenes en algún momento de nuestras vidas; como si las emociones que se puedan transmitir a un adolescente tuvieran que serle indiferentes a un adulto; o las lecciones que se enseñan en esas películas no pudieran serle de utilidad a más de una persona que, o bien las ha olvidado, o bien nunca ha llegado a aprenderlas.

“Yo escucho a los niños, les respeto, algunos son tan brillantes como cualquiera de los adultos que he conocido”. Quizás por eso John Hughes supo plasmar tan bien sus preocupaciones y transmitir los problemas por los que pasan, consiguiendo que generación tras generación nos sintamos identificados.

“La gente se olvida de que cuando tienes dieciséis años, eres probablemente más serio de lo que nunca volverás a ser. Piensas seriamente sobre las grandes cuestiones.” Al crecer vamos olvidando esa faceta reflexiva para centrarnos en las responsabilidades y obligaciones de la “vida real”, maduramos. Quizás este planteamiento esté mal enfocado, no entiendo cómo puede considerarse que madurar es dejar de explorarse a uno mismo, dejar de evolucionar.

John Hughes, el rey de las películas de adolescentes

Quería hacer una pequeña aproximación al cine de John Hughes de los ochenta, década en la que considero que están sus obras maestras. Para todos aquellos adultos que se decidan a derrumbar el muro impuesto socialmente y dar una oportunidad a un cine que no es realmente para jóvenes, y para todos aquellos que ya lo hicieran en su día y simplemente quieran recrearse nuevamente con el mundo de John Hughes.

Dieciséis velas (1984) | Con Molly Ringwald y Justin Henry

La premisa de este filme es el mal trago por el que pasa Samantha cuando toda su familia se olvida de su dieciséis cumpleaños. Más profundamente, el personaje pasa por una pequeña crisis existencial sin valorarse a si misma pensando que nadie a su alrededor lo hace, a su vez alienada por el contexto social en el que se encuentra en el instituto.

Todo en un día (1986) | Con Matthew Broderick y Alan Ruck

Esta película narra las aventuras de Ferris Bueller en un día de pellas. Pero más allá de eso se trata de una oda al carpe diem, al tempus fugit y al hecho de que la vida es corta y hay que saber cómo vivirla para no acabar llenos de remordimientos y en la amargura, como le ocurre al director de la escuela de Ferris.

La chica de rosa (1986) | Con Molly Ringwald y Andrew McCarthy

En esta historia la protagonista es Andie, una chica muy segura de quién es y con unos valores muy fijados, que no se deja amedrentar ante los que se ponen en su contra por el hecho de ser diferente. El filme, donde Hughes fue solo guionista, trata el enfrentamiento entre clases sociales y la valentía de mantenerse fiel a uno mismo aun cuando todo se pone en tu contra.

El club de los cinco (1985) | Con Emilio Estévez y Judd Nelson

La más mítica de las películas de John Hughes. Cinco adolescentes castigados a pasar un sábado por la mañana en el instituto, cada uno de un status quo diferente. La película pasa entre diálogo y diálogo y va mostrando un acercamiento entre los jóvenes a través de las confesiones de sus problemas familiares y sus inseguridades. Se van conociendo poco a poco hasta crear un vínculo que ninguno de ellos esperaba y que ya no volverá a romperse, aunque quedará sepultado por la convención social el lunes al volver a clase.

The Breakfast Club (1985) dirigida por John Hughes

El club de los Cinco (The Breakfast Club) dirigida por John Hughes

Una reflexión sobre los prejuicios sociales y sobre cómo vivimos en una sociedad en la que se pone una etiqueta a las personas para valorarlas y no se mira más allá. Los jóvenes de esta película deben redactar un ensayo en el que expliquen por qué actúan como actúan para entregárselo al director al final del día. La reflexión que realizan, y que culmina la película, es que cada cual ve a los demás como quiere verlos, sin hacer el esfuerzo para ver cómo son.

“Querido señor Bernard:

Admitimos el hecho de tener que quedarnos castigados todo un sábado por habernos portado mal, pero pensamos que está usted loco al intentar forzarnos a escribir un ensayo explicándole quiénes creemos ser, porque usted simplemente nos ve como quiere vernos. En pocas palabras, la definición más conveniente sería que hemos sacado en limpio lo que hay en cada uno de nosotros: un cerebro, un atleta, una irresponsable, una princesa y un criminal. ¿Contesta eso a su pregunta?

Atentamente le saluda, El club de los cinco.”

Cualquiera de nosotros somos un calificativo a ojos de quien no se ha molestado en conocernos. Somos una etiqueta, somos un cerebro, una irresponsable, una princesa y un criminal. De la misma forma que las películas de John Hughes son tan solo películas para jóvenes.