Forever young, I want to be forever young. Do you really want to live forever? Forever, and ever…. cantaba la banda alemana Alphaville en los 80 que querían vivir para siempre y ser eternamente jóvenes, y eso es lo que se le pasó por la cabeza a Guillaume Canet como hilo conductor para su última cinta, ‘Rock’n’Roll’, estrenada en nuestro país bajo el título de ‘Cosas de la edad‘.

El director e intérprete francés crea una sátira sobre los complejos que todo ser humano, ya sea hombre o mujer, comienza a experimentar cuando los años de juventud empiezan a quedarse atrás. Y es que aunque ahora el dicho sea que los 30 son los nuevos 20 y los 40 los nuevos 30, lo cierto es que el cuerpo no se deja engañar por la sabiduría popular. La actitud con la que nos enfrentamos al paso de los años es de vital importancia pero hay algo sobre lo que no podemos engañarnos a nosotros mismos: el tiempo pasa para todos, por mucho que nos empeñamos en disimularlo.

Esta es la idea sobre la que se asienta un guion plagado de gags que busca conseguir no solo la sonrisa cómplice del espectador y la carcajada más espontánea sino también una autocrítica por parte de la sociedad. Canet se interpreta a sí mismo en esta ficción que aunque se presenta como un retrato de la vida real del actor no debemos entender como un relato 100% verídico, sino que debemos aplicar el tan manido “inspirado en hechos reales”. En su labor lo acompaña su mujer en la vida real, la oscarizada Marion Cotillard, y una larga lista de actores, productores y amigos que nos dejan algunos de los momentos más hilarantes del filme como la discusión, ventana de cristal por medio, que Canet mantiene con dos de los responsables de la productora con la que trabaja. De este modo, el actor francés, que también desempeña el papel de director del filme, se suma a la larga lista de cineastas que no solo han trabajado con sus parejas a nivel interpretativo sino también desde el otro lado de la cámara.

Esta práctica no es exclusiva del mundo del cine, también la hemos visto en el campo de los deportes, pero en los últimos años está siendo algo recurrente en el séptimo arte. Así, siguiendo los pasos de Federico Fellini y Giulietta Masina, de Jean-Luc Godard y Anna Karina, de los excéntricos Tim Burton y Helena Bonham Carter o de Woody Allen y Mia Farrow, Guillaume Canet dicta las órdenes interpretativas a su mujer, con la que ya había trabajado en ‘Quiéreme si te atreves’‘Pequeñas mentiras sin importancia’ o ‘Lazos de sangre’, producción estadounidense que dejó absolutamente tocado a Canet y que lo apartó del cine por un año.

Pero, ¿qué es lo que ha llevado a Guillaume Canet, reconocido actor francés, a rodar una película en la que se mofa de sí mismo? Nada más ni nada menos que el comentario de una periodista. Durante una entrevista, que sucedió en la vida real, una joven periodista le dijo al actor que ya no era lo suficientemente “rock’n’roll”, una afirmación que hizo que Canet comprendiese que la gente ya no lo veía como el guaperas de antaño sino como un actor mayor, destinado a interpretar papeles de cuarentón en un declive constante. Esta sentencia a muerte firmada de manera involuntaria por el desafortunado comentario de la periodista, le sirvió a Canet como punto de partida para crear un filme en el que por primera vez fuese él mismo quien controlase, y juzgase, su propia imagen.

De este modo, vemos la transformación de un Canet que lleva una vida tranquila y rutinaria con su mujer y su hijo, a un Canet que sale de fiesta, se disfraza de rockero e incluso llega a hacerse un tatuaje: un código de barras, un acto reivindicativo contra la sociedad de consumo que pretende convertirlo en un producto más. El nuevo Guillaume Canet se olvida de su pasión por la equitación y de su dolor de testículos (no sabemos si esta dolencia es tan solo una invención de guion o uno de los elementos reales con los que se juega en la película) para convertirse en un hombre preocupado por su físico, que va al gimnasio todos los días para hipermuscular, y que termina sometiéndose a un tratamiento estético que lo deja con una apariencia más cercana a la de Carmen de Mairena que a la suya propia.

Mientras tanto, su entorno asiste anonadado a este proceso de cambio. En este sentido tiene especial interés el personaje de Marion, siempre preocupado por incluir nuevas cualidades a sus papeles, que pasa del rechazo más absoluto a terminar comprendiendo los motivos que han llevado a su marido hasta ese proceso de cambio. ¿El motivo? El rechazo de un director por ser demasiado mayor.

Canet reflexiona en ‘Cosas de la edad’ sobre una sociedad corrompida por los estereotipos y por la necesidad de agradar al otro y de aparentar ser otra persona diferente: más interesante, más guapa y más joven. Sin embargo, la crítica del director y actor francés no se queda ahí, sino que la extrapola a la industria del cine, siempre preocupada del físico y terriblemente cruel con los intérpretes que han alcanzado una edad. Eres joven o eres viejo, para el séptimo arte no hay un término intermedio.

Con todo, y a pesar de que la propuesta del francés se presenta como rompedora, lo cierto es que el filme no parece llegar a ninguna conclusión, dejando al espectador sumido en una sensación de desasosiego que contrasta fuertemente con las escenas cómicas que cierran el metraje. Una resolución, por otra parte, completamente circular si atendemos al personaje de la ayudante de rodaje, y que vendría a significar que no importa el lugar en el que nos encontremos, la historia vuelve a repetirse. El temor a envejecer seguirá existiendo.

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