Disobedience‘ llega a la cartelera después de haber ganado Sebastián Lelio el Oscar por ‘Una mujer fantástica‘. Su nueva película podría verse como una prolongación de ese retrato de heroínas que realizara con Gloria (Paulina García) y Marina (Daniela Vega) en trabajos anteriores. Al observar la filmografía de Sebastián Lelio, uno podría pensar en un drama con la intensidad emocional y en cierto modo reivindicativa a la que nos tiene acostumbrados. Y sí, en eso reside la fuerza de la película del chileno, ya que no es complaciente, pero sin embargo no tiene la madurez que ya habíamos visto en su cinematografía, sobre todo en ‘Gloria‘ (2013), de la que el propio Lelio ya prepara el remake estadounidense con Julianne Moore como protagonista.

Sebastián Lelio realiza una aproximación al modo de vida de los judíos ortodoxos del norte de Londres adaptando al cine la premiada novela de 2006 Disobedience de Naomi Alderman. En la película, Ronit (Rachel Weisz) regresa forzadamente de su particular diáspora para honrar la muerte de su padre rabino y en la vuelta a sus orígenes aflorará la relación que mantenía con una de sus mejores amigas, Esti (Rachel McAdams), ahora casada con uno de sus amigos de la infancia, Doni (Alessandro Nivola). Una historia con tres protagonistas en la que cada uno tiene una historia única pero que juntas conforman la verdadera esencia del filme.

Un drama romántico convertido en una historia de transgresión con el que fácilmente podrá identificarse el espectador porque genera un sentimiento muy íntimo y extrañamente familiar por lo tremendamente humanos que son presentados los personajes, dispuestos a cambiar y evolucionar, pero que en su camino por conseguirlo deberán pagar un precio por ello. Por un lado, vemos como Ronit consiguió escapar y liberarse mientras que Esti se tuvo que quedar y aceptar la religión.

Rachel Weisz en Disobedience

Rachel Weisz en una escena de “Disobedience” dirigida por Sebastián Lelio. Fuente: Sony Pictures

Disobedience‘ se acoge, en el fondo, a una estructura narrativa muy convencional que ya hemos visto en multitud de ficciones. Aunque la fotografía de Danny Cohen crea el espacio íntimo que pide a gritos este drama, no deja de ser visualmente pobre. Aparte, le falta autenticidad, por no hablar de lo obvia que es la película en su intención en todo momento. Rachel McAdams más convincente que Rachel Weisz, y brillante Alessandro Nivola en una interpretación muy veraz luchando contra sus principios y el amor que siente por sus seres queridos.

Si hay algo que transmite la película es lo totalmente ajeno que es el judaísmo ortodoxo para Sebastián Lelio, normal al provenir de un contexto cultural totalmente diferente, pero reprochable por su escaso interés en entenderlos y recurrir a los estereotipos como única manera de representación. Otra vez los ortodoxos son vistos como una comunidad hostil y despiadada con el mundo que les rodea, sin dar una visión más profunda que permita un mayor entendimiento sobre cómo son en realidad. La responsabilidad, tanto del director como de los intérpretes, de llegar a representar ese universo con todos los matices posibles, fracasa en su intento.

Y si la película falla al plantear el conflicto entre modernidad y fe, ya que se limita a explorar de manera superficial este dilema, sí resulta interesante como indaga el tema de la liberación personal y de lo que implica seguir tu propio camino, y también la forma de abordar el drama romántico, porque ‘Disobedience’ es ante todo una historia de amor en todos los sentidos, pero también una reflexión sobre la muerte, el perdón, el dolor y hasta el arrepentimiento.

A priori, las películas en las que el pasado se cierne como una sombra sobre los protagonistas y genera situaciones incómodas, se presenta como una fórmula que bien aplicada puede funcionar, pero nada más. Por eso, nada hace de ‘Disobedience‘ una experiencia distinta a cualquier otra. A pesar de sus aciertos o la buena elección del reparto, su desarrollo hace que la película sea solo una impresión, agradable de ver, pero de la que no queda nada a lo que agarrarse una vez terminada. ¿Sería eso lo que buscaba Sebastián Lelio? Mucho nos tememos que no.

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