Causa asombro (y, si se considera fríamente, asusta) el volumen de películas que, bajo todo tipo de temáticas, son producidas hogaño haciendo gala de una violencia explícita que remueve al espectador con actos de terrible brutalidad —llevados en múltiples ocasiones hasta sus últimas consecuencias— como mutilaciones, desmembramientos, violaciones y un largo número de etcéteras. ‘Dhogs‘, ópera prima del gallego Andrés Goteira, viene a aportar su incisiva mirada en este asunto de gran calado en el cine contemporáneo.

Una amplia parte del público que consume películas (ya sea simplemente por entretenimiento o porque profesan una gran devoción hacia el séptimo arte) asiste —y entre ellos me incluyo— a obras retorcidas, malsanas y sádicas en las que incluso, a veces, puede llegar a experimentar cierta fascinación con lo que está sucediendo en pantalla (la filmografía de Quentin Tarantino, unas de las referencias del cineasta que aquí nos atañe, podría ser un ejemplo), al ser por otra parte consciente de la seguridad de la que disponen en una sala de cine, en el salón de su casa o en su habitación, lejanos de los horrores que emanan las imágenes proyectadas.

En una de las secuencias de la primera parte del largometraje, Alex (Melania Cruz) se dispone a mantener relaciones sexuales con un hombre casado (Carlos Blanco) en una habitación de hotel. De repente, un contraplano se encarga de romper la invisible pared que separa al filme de su público al mostrar una sala de teatro donde espectadores están viendo, al igual que nosotros, lo que sucede en la película, haciéndola formar parte de un entorno limítrofe entre la ficción y la propia realidad. Esta elección formal se volverá a repetir varias veces durante todo el metraje, haciéndonos partícipes de lo que acontece en pantalla, porque si de algo nos hace reflexionar ‘Dhogs’ es de la impasibilidad con la que los consumidores de cine interiorizamos la violencia y los crímenes más obscenos.

No es casual, por tanto —y advirtamos que a partir de aquí nos adentramos en terreno del spoiler—, que cara el final de la historia, se nos revele que todo lo que hemos visto hasta el momento formaba parte de un videojuego que un padre de familia manipulaba a su antojo, haciendo con las personas (para él, meros personajes) lo que a su juicio consideraba. Todo parece ir a peor cuando su hijo, a escondidas de su progenitor, opera el juego electrónico coqueteando entre dejar escapar o abusar de la muchacha que protagoniza la película.

Dhogs dirigida por Andrés Goteira

Antonio Durán ‘Morris’ en una secuencia de Dhogs, dirigida por Andrés Goteira. Fuente: Gaitafilmes y Pixel Films.

La ópera prima de Andrés Goteira se encarga de dejar claro que es el mal el que siempre prevalece ante todo lo demás. No mucho antes de lo anteriormente descrito, Alex es raptada por un hombre (Iván Marcos) que la lleva hasta una zona desértica y solitaria con el propósito de vejarla de múltiples y enfermizas maneras. Por suerte —o por desgracia, como veremos— un anciano lugareño (en pantalla Miguel de Lira) del basto paisaje donde se desarrolla la extensa secuencia acudirá en su ayuda asesinando a tiros al secuestrador. Pero lo que, a priori, parecía la salvación de la chica, terminará convirtiéndose en una de sus peores pesadillas cuando el ‘libertador’ abuse de ella sexualmente en lo que parece una reactualización de las perturbadoras imágenes de la violación perpetrada a Monica Bellucci en ‘Irreversible’ (2002) de Gaspar Noé.

Mientras que estaba viendo ‘Dhogs’ se me hacía imposible evitar establecer relaciones con el Michael Haneke de la perversa ‘Funny Games’ (1997), los paisajes desérticos por donde transitaban Josh Brolin y Javier Bardem en ‘No es país para viejos’ (2007) de los hermanos Coen, y los conejos siniestros de David Lynch en ‘Inland Empire’ (2007) —aunque habría que añadir la totalidad de su obra y su onírica atmósfera—, además de las influencias indicadas en las líneas superiores.

Gozando de una calurosa acogida en todos los festivales y certámenes en los que ha competido —ganador de 13 premios Mestre Mateo (los ‘Goya’ gallegos), a los que se suman otros galardones por parte de Sitges, el Festival Split de Croacia, el FANT Bilbao, el Festival Nocturna de Madrid y el San Cugat Fantàstic, entre otros—, Andrés Goteira y su equipo pueden enorgullecerse de la creación de un filme que sigue pululando en la mente de sus espectadores meses después del visionado.