A veces, el silencio es el grito más alto. ‘La revolución silenciosa’ dice más por lo que calla que por lo que dice. Un gesto, un acto. En Berlín de 1956, en una clase, los alumnos deciden llevar una revolución silenciosa por la opresión en Hungría aún admitiendo la rebeldía del gesto en un totalitarismo político. Ningún extremo es bueno. Nunca. Así lo demuestra Lars Kraume en este filme. Filme que muestra lo blanco y lo negro del comunismo, al igual que muestra los resquicios de una Alemania capaz de regresar los grandes errores del pasado al presente.

Totalitarismo como metodología, no como ideología. Este es ejercido por una persona o por un grupo de personas reducidos que controlan todos los aspectos de la vida de los individuos que viven en un territorio concreto. ‘Una revolución silenciosa’ es una muestra de la lucha de los totales. Totales ideológicos que no corresponden con el individuo, pues los alumnos y alumnas se ven forzados a dejar la República Democrática Alemana no por no compartir los ideales, sino por no compartir métodos. Métodos que se ven diferenciados por lo generacional y por la fuerza de la costumbre.

La diferencia de los alumnos con los respectivos padres nos enseña un savouir-faire diferente; una metodología de vida distinta pero que, en el fondo, la conexión ideológica está bastante entrelazada.

La revolución silenciosa dirigida por Lars Kraume

Leonard Scheicher en “La revolución silenciosa” dirigida por Lars Kraume. Fuente: Karma Films

La opresión en el individuo es opresión igual, indistintamente de los ideales que la apoyen. Pues dichos alumnos se ven en medio de la elección: familia o su futuro individual; costumbre o incerteza. Es aquí y así cómo entendemos la magnitud dramática de dicha obra audiovisual.

En el fondo, ‘Una revolución silenciosa’ nos muestra las consecuencias de un régimen para con el individuo. Es un choque entre el total y lo individual, y el resultado de un “bien común” con un “bien individual”. Es decir, es una obra que, en sí, dialoga con el pasado berlinés desde 1956 y, con nosotros, dialoga, a la vez, con el pasado alemán, el berlinés de 1956 y nuestro presente actual. Es ese juego de tiempos; de lo individual y lo total, de la mezcla de la metodología política con el contexto, del replanteamiento del pasado con el presente y del planteamiento del futuro como sociedad pero, también, con nuestros roles como individuos.

Miren a través de la ventana de Lars Kraume a ver qué ven; qué observan y tráiganlo al presente. A su presente. Del pasado se aprende mucho como, por ejemplo, que cada gesto, cada mirada, cada acto cuenta. Cuenta para ti pero también para todos y todas.

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