Me atrevería a decir que el cine posee un poder inconmensurable. Hace ya cuatro años desde que vi por primera vez ‘Heat’ (1995) de Michael Mann. A partir de entonces, y a lo largo de diferentes etapas y momentos de mi vida, la película ha vuelto a deambular por mi mente, haciéndome pensar nuevamente en aquella historia que enfrentaba a Vincent Hanna (Al Pacino), obsesivo policía para con su trabajo, y Neil McCauley (Robert De Niro), experto ladrón en busca de un último gran golpe que le permitiera retirarse.

Se podrían decir muchas cosas acerca del filme que aquí nos atañe —siempre recordado por la cinefilia debido a la inmensa secuencia del tiroteo— pero quizá, para mí, la fuerza de este reside en lo que oculta bajo su etiqueta de thriller de robos y atracos: una exploración de las relaciones humanas, pero sobre todo, de la soledad en la que están inmersos los protagonistas; todo ello perfilado por las múltiples capas de complejidad que Mann confiere a los personajes que construye.

Sobrepasado el primer tercio de ‘Heat’, tres segmentos con muchas particularidades en común se suceden. En el primero, Vincent Hanna va a recoger a Justine (Diane Venora), su mujer, a un restaurante donde previamente se ha celebrado una fiesta. Ella le achaca su falta de afecto, sus silencios y la obsesión que tiene con su trabajo. Él se defiende alegando que contarle todos los horrores que presencia en su oficio no hará que el mundo sea un lugar mejor. Justine cierra la conversación preguntándose por qué no tiene el valor necesario para divorciarse. Las palabras, las miradas, los gestos… todo se siente como un afilado puñal que los atraviesa.

Heat (1995) dirigida por Michael Mann

Amy Brenneman (Eady) y Robert De Niro (Neil McCauley) en ‘Heat’, dirigida por Michael Mann. Fuente: Warner Bros.

En el segundo, Lilly (Kim Staunton) intenta animar a su pareja, el ex convicto Donald Breedan (Dennis Haysbert), debido a las sumisas condiciones que padece en el trabajo que le han asignado, como cocinero, para cumplir su libertad condicional. Entre tristeza y sentimientos de culpabilidad, la mujer le confiesa que, pase lo que pase, ella siempre estará orgullosa de él.

En el tercero y último, asistimos a una de las primeras citas de la relación entre Neil McCauley y Eady (Amy Brenneman), en la que él la invita a alejarse de la ciudad en la que viven para tener una nueva vida. La chica, obviamente, desconoce la ocupación de McCauley. En este bello fragmento, el amor parece desprenderse de los ojos y las confesiones de ambos.

Todos los segmentos que el aquí firmante acaba de describir son puestos en escena por el cineasta con la clásica —pero no por ello vacua— yuxtaposición plano/contraplano, aunque las actuaciones, los paisajes metropolitanos nocturnos y la melancólica banda sonora de Elliot Goldenthal son capaces de envolver a los fragmentos en una aura cuasi mística. No sería tampoco desacertado observar que Michael Mann organiza las secuencias de la menos esperanzadora a la que más, como si quisiera darles una última oportunidad de redención a sus personajes; oportunidad a la postre perdida y frustrada.

De igual forma, ‘Heatno cesa en su comparación entre las vidas personales de Hanna y McCauley. Lo apreciamos, por ejemplo, en los distintos ágapes que ambos comparten con sus allegados: todos los colegas de oficio del ladrón asisten con sus sendas parejas, haciéndose visible, por un lado, la felicidad que comparten, y por otro, la soledad de Neil —metaforizada a través de azules apagados durante todo el film—, quien no dudará en telefonear a Eady para verla. Por otra parte, en la cena del agente con sus compañeros, todos parecen disfrutar del momento, pero Vincent tendrá que retirarse por motivos laborales, abandonando a su esposa en un laberinto de dudas desencadenante de la discusión anteriormente descrita. Este constante cotejo se consumará —en el instante en que un escuadrón de policía espía a la banda de ladrones— con la yuxtaposición de primeros planos de los rostros de Hannah y McCauley ocupando el centro de la composición de sus respectivos planos, convirtiendo a cada uno de ellos en el doppelgänger del otro, en ese doble siniestro y tenebroso (tal y como podemos observar en el carrusel de imágenes).

Tampoco es gratuito el hecho de que Neil viva en una amplia casa sin muebles, lo que lo caracteriza como un profesional de su trabajo (la frase “No te encariñes de algo que no puedes abandonar en 30 segundos si sientes a la policía cerca” es muy reveladora) a la vez que subraya el vacío existencial de su vida. Por el contrario, Vincent vive en una mansión modernista repleta de artículos y objetos que no necesita. Nuevamente, ambos se articulan como sendos reversos de la misma moneda. De igual manera, que el clímax de la película tenga lugar en una vasta área inhóspita y deshabitada no sirve sino para simbolizar el individualismo de los personajes protagonistas.

Hace ya 23 años del estreno del filme (quizá, para mí, el magnus opus de Michael Mann junto con ‘El dilema’ [1999]) y desde aquel entonces no ha perdido ni un ápice de actualidad en sus reflexiones sobre la sociedad contemporánea. Tanto por su temática intimista, por su sobrio estilo —pocos cineastas han radiografiado de una manera tan personal y evocadora la ciudad de Los Ángeles— y por su bello y emocionante desenlace (uno de los mejores que he tenido el placer de ver, en donde el espectador tiene la esperanza, en cada nuevo visionado, de que termine de una manera diferente), ‘Heat’ sigue postulándose como una de las obras esenciales a la hora de comprender el mundo que habitamos.