Posiblemente el dicho “segundas partes nunca fueron buenas” nació del escepticismo ante la idea de mejorar lo (aparentemente) inmejorable. Si algo funciona, ¿por qué arriesgarte a dar un paso más? Quizá fastidies lo que hizo especial a la primera parte, añadiendo cosas a la fórmula que no gusten o no funcionen. Imagínense si además la película es la secuela de una película de la talla de ‘El Padrino‘: obra de arte, clásico, perfecta muestra de lo que es capaz el cine como medio. El reto de ‘El Padrino: Parte II‘ (1974) era mayúsculo, incluso para alguien del talento de Francis Ford Coppola.

Pero… ¿saben qué? Que no sólo salió bien la cosa, sino que para algunos, hasta mejoró respecto a la original: lo cual es una opinión puramente subjetiva, pero da buena cuenta de las pasiones y entusiasmo que levantó este segundo capítulo de la vida de los Corleone. Una película que ahonda en los temas que trató su predecesora, y se enriquece con nuevas ideas. Porque ‘El Padrino: Parte II’ ya no es sólo la tragedia de una familia, y el descenso de Michael a los infiernos; es un espejo de la identidad de los mismos Estados Unidos, reflejado en el ascenso del joven emigrante Vito. Ambas historias, ambas temáticas, entrelazándose en un ejercicio de puro talento.

En este artículo se da por hecho que has visto ‘El Padrino: Parte II’. Si no es así, aconsejo no seguir con su lectura.

El Padrino: Parte II (1974)

Al Pacino en “El Padrino: Parte II” (Francis Ford Coppola, 1974)

Primera parte: Tragedia en el lago Tahoe

Michael Corleone ha asumido plenamente sus deberes como padrino, y al mismo tiempo la deshumanización de su carácter se ha consolidado. Actúa sin piedad, buscando ampliar los negocios de la familia por todos los medios posibles, desde los casinos de Las Vegas a las fiestas en La Habana. En las conversaciones mira a su interlocutor con una calma no nacida de la confianza, sino de la frialdad de un depredador buscando puntos débiles. Poco queda ya del joven tímido y afable que conocimos al inicio de la anterior entrega, pero hay dos momentos donde la hegemonía de este comportamiento se quiebra.

El primero nace con Kay. Las promesas de redención y de abandonar la vida criminal poco valen ya a los ojos de su mujer, especialmente tras la investigación del Senado: Michael no va a cambiar, y los flashes de cariño que le dedica a ella y a sus hijos son oasis en un carácter amoral y sanguinario. Cuando en su última discusión el Padrino vuelve al recurso habitual -compromisos de cambio, mentiras- Kay le revela que su aborto fue provocado, pues no deseaba traer al mundo un nuevo miembro a la familia criminal. El calmado Michael enloquece de rabia -hasta el punto de agredir a su mujer- porque se ha dado cuenta de que, a pesar de todo su poder, no es el dueño absoluto de las vidas de quienes le rodean, y hay situaciones que escapan a su control.

Tengamos en cuenta esto: el Padrino, como su padre antes que él, mantenía una autoridad constante no sólo de los lucros de la familia, también de las vidas personales de sus miembros. Por ejemplo, negándole a su hermana Connie una vida privada lejos de la organización, o las actitudes con su hermano mayor, Fredo, que posiblemente propiciarían su traición.

Ése es el segundo momento que la coraza de Michael se pone a prueba. Fredo traiciona a la familia no por malicia, sino debido al deseo de hacer algo por iniciativa propia. El asfixiante dominio del hermano, relegándolo a tareas secundarias, le frustraba y le hacía enormemente desdichado. El segundón, el tonto, el bufón, el juerguista, el pelele (“Siempre fui un marginado. Nadie se fiaba de mí.”). Fredo quería cambiar todo eso, porque se veía en un puesto por debajo de sus capacidades, y quizá actuando por su cuenta la situación daría un vuelco. En su lugar, puso en grave peligro la vida de Michael y su familia. Cuando se enteró, éste escenifica su reacción en el beso y en las palabras “Sé que fuiste tú, Fredo. Me rompiste el corazón”, que no suenan diferentes al Et tu Brute? de la tragedia shakesperiana (Julio César, Acto 3, Escena 1).

El Padrino está en una situación difícil. Por un lado, es su hermano mayor, con quien compartió buenos momentos juntos. Pero por el otro, no puede ignorar el hecho de que no sólo conspiró a sus espaldas, sino que en última instancia perjudicó a los de su propia sangre, un crimen imperdonable. Por la mediación de Connie, y el reciente fallecimiento de la matriarca Corleone, parece que se escenifica un perdón… mientras Michael y su sicario comparten miradas. La moral queda subyugada, de nuevo.

Michael Corleone no se atrevió a matar a su propio hermano mientras su madre estaba con vida. Una vez fallecida, Fredo es asesinado en el mismo bote en el que enseñaba a pescar a su sobrino, sincronizado el acto con el suicidio de Frank Pentangeli -quien estuvo a punto de declarar contra el Padrino en el Senado- y el tiroteo del gángster judío Hyman Roth. De nuevo, al cabeza de los Corleone no le tiembla el pulso para repartir justicia, tanto como cacique de sus negocios como de pater familias con su estirpe. A costa de que los suyos le miren como un fraticida, estigma que mantendrá el resto de su vida, reparte su versión de la justicia.

Michael contempla el lago Tahoe, a solas con sus pensamientos. ¿Quizá reflexione sobre si, a costa de querer agrandar el poder de la familia, en realidad la ha destruido? ¿O estará pensando en su hermano? Puede que dedique ese momento de paz a recordar una vieja cena familiar, antes de que el mundo se fuera a pique. Tal vez, en el fondo, sea consciente del monstruo en el que se ha convertido.

El Padrino: Parte II (1974)

Escena de “El Padrino: Parte II” (Francis Ford Coppola, 1974)

Segunda parte: Little Italy

La violencia y la muerte estuvieron presentes en la vida del patriarca de la familia desde su infancia. Con nueve años acude al funeral de su padre, asesinado por insultar al cacique mafioso Don Ciccio: funeral que termina con un tiroteo y la muerte del hermano mayor de Vito, Paolo. Su madre, al recibir la negativa a perdonarle la vida al niño -Don Ciccio quiere ahorrarse una potencial vendetta-, se sacrifica para que su hijo pueda escapar, y abandonar la Sicilia rural y cuasifeudal, rumbo a un destino incierto al otro lado del océano.

Toda la parte en Nueva York es un alegato del corazón de los Estados Unidos. Los emigrantes contemplan la Estatua de la Libertad (“Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres/Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad”) con rostros esperanzados, porque tras pasar toda clase de calamidades han llegado al lugar donde, creen, podrán construir su destino. El pequeño Vito pasa por un proceso de organización y clasificación, como al resto de los recién llegados, y en el camino parece perder su identidad y legado -simbolizado esto en el cambio de su apellido Andolini a Corleone, por obra y gracia de la burocracia-. Mientras observa desde su pequeña habitación al símbolo estadounidense por excelencia, entona una canción en siciliano. El pasado nunca fenece del todo.

Pasan los años, las heridas se curan. Vito ahora es un hombre joven (interpretado por el genial Robert De Niro), casado y con un hijo, un habitante más de la Little Italy neoyorquina. Pese a que residen en otro país, la gente del barrio mantienen el italiano como la lengua habitual y conservan muchas de sus costumbres y creencias. Pero por desgracia, también los mafiosos han atravesado el océano: un sujeto, Don Fanucci, practica abiertamente la extorsión a los comercios y controla de facto el barrio a través de su organización. De hecho Vito pierde el trabajo por su culpa, pues el Don obliga al jefe a contratar a su sobrino; de nuevo, como en su infancia, su vida se ve afectada por un mafioso. Poco después, casi de manera accidental, va adentrándose en una carrera criminal de mano de Peter Clemenza (Bruno Kirby) y Sal Tessio (John Aprea).

Fanucci no tarda en reparar que el nuevo “negocio” de Vito es rentable, y le exige su correspondiente tajada. Éste aparenta negociar, se gana la confianza del Don, y terminan con un trato razonable para ambas partes. Pero mientras pasea despreocupadamente por las fiestas del barrio -entre banderas de Italia y vírgenes recubiertas de billetes- Vito le acecha desde los tejados, como un animal cubierto por el follaje de la selva; el encuentro final se da frente a la puerta del mismo Fanucci, a quien recibe a balazos. Con el jolgorio de una celebración identitaria en el exterior, el viejo poder criminal ha caído frente a una potencial nueva generación, con las raíces claras, pero criada en América. Ya no hay competencia en Little Italy que impida el crecimiento de su red de influencias, business y favores, alimentada por su recién nacida fama tras el asesinato de Fanucci, que con el tiempo será la familia Corleone.

De nuevo, el tiempo sigue su curso en ‘El Padrino: Parte II’  y nos presentamos en medio de un viaje familiar. Vito, acompañado de su mujer y sus hijos, visita Corleone tras muchos años en el exilio. Pero más allá del vino, las aceitunas o los amigos del pueblo, nuestro protagonista tiene una visita pendiente. Llega a la villa de Don Ciccio, el asesino de toda su familia, ahora un hombre débil y muy anciano. En el mismo lugar donde décadas atrás su madre le dio una oportunidad para huir, la tragedia culmina, y mientras le revela al viejo Don el nombre de su padre, Vito le apuñala sin miramientos. Es el cénit del círculo vicioso de la violencia, donde Corleone entra en la misma espiral que aniquiló a sus padres y a su hermano, y queda perdida la posibilidad de librarle a él y a sus seres queridos de semejante condena a futuro. Es además el final del dominio del Viejo Mundo sobre el Nuevo, el predominio de las organizaciones e individuos forjados en la sociedad estadounidense, y por tanto mejor adaptadas a ésta.

El Padrino: Parte II (1974)

Don Ciccio (Giuseppe Sillato) en “El Padrino: Parte II” (Francis Ford Coppola, 1974)

La relación de los Corleone con América será ambivalente: su conexión con Italia es fuerte, pero los hijos de Vito conservan el idioma de sus padres con dificultades, dejan de lado algunas tradiciones. Por ejemplo, Michael sale y a posteriori se casa con una chica no italiana, y en la vista del Senado hace valer sus méritos en la defensa de su país en la Segunda Guerra Mundial, así como su deseo de que su familia prospere en esa tierra (pese a la paradoja de ser responsables de alimentar el crimen y la inseguridad). La cuestión de la identidad respecto a los Corleone no es muy diferente al caso de los argentinos de origen gallego, los franceses de padres argelinos, o los españoles de ascendencia peruana.

La aportación al tema más interesante lo aporta el senador Pat Geary, pues su pensamiento es, en buena medida, un resumen de la actitud que en ocasiones han demostrado los Estados Unidos respecto a los inmigrantes:

“Detesto a la gente como usted. No tolero que lleguen a este país honrado con su pelo aceitoso, sus horribles trajes de seda, haciéndose pasar por decentes ciudadanos americanos. Estoy dispuesto a hacer negocios con usted, pero desprecio su mascarada, la hiriente arrogancia que adoptan usted y toda su familia de mierda.” Senador Pat Geary en El Padrino: Parte II

Geary se aprovecha de las actividades de los Corleone para enriquecerse o encubrir sus trapos sucios, pese a que admite sin tapujos su repugnancia hacia los italoamericanos. No sólo eso, también en el Senado hace una proclama reivindicando el legado de ese grupo en la historia del país, en un acto publicitario sumamente hipócrita.

Quizá Coppola nos quiso decir precisamente que de acuerdo, la mafia tiene un indiscutible origen italiano, especialmente en su idiosincrasia; pero arraigó porque es, en última instancia, un producto americano. Algo surgido de las contradicciones y sombras de su sociedad, de su incapacidad de solventar los problemas de la población en las grandes ciudades, de la corrupción de sus élites económicas y políticas. Algo que, por muy incómodo que resulte, forma parte de la identidad americana, aunque sea de una manera tan retorcida.