Las películas malas son la salsa de nuestra vida. Un aliño indispensable para aderezar nuestra hambre cinéfila hasta el estreno de la nueva Haneke. La pizza con piña del cine, los garbanzos de los frutos secos del séptimo arte. De todo ello sabe bastante Netflix, erigida en el contenedor oficial de pelis de producción propia bastante mediocres. Hagamos un ejercicio práctico a través del catálogo de Netflix y las posibles razones de la plataforma para apostar fuerte por estos títulos tan despreciados por gran parte de crítica y público.

Las cascada de títulos del catálogo de Netflix, a priori, irrelevantes pasa ante nuestros ojos: desde las fallidas ‘Fe de etarras‘ o la francesa ‘No soy un hombre fácil‘, a las típicas comedias adolescentes pseudo-outsider de títulos grandilocuentes como ‘To All the Boys I’ve Loved Before’ o historia tan trilladas y jugosas a la altura de la merluza congelada del DIA (véase ‘Spectral’ o ‘The Ritual’). Me gustan las buddy movies, ¿por qué no esa mamarrachada de ‘Bright’ con Will Smith y -gracias, Señor- sin su hijo Jaden? No, sin duda lo más fácil es poner el piloto automático y darle al play a cualquiera de las producciones de Adam Sandler y amigotes (‘The Week Of’ o ‘The Do-Over’).

Una sección amplia de un mercadillo de fruta del día después y mucha macedonia. Sin duda, uno de los grandes atractivos del catálogo de la plataforma es su variedad con respecto al de competidores como HBO o Amazon Prime Video. Una hidra formada por una multitud de pelis cutres incluidas en nuestra suscripción al servicio que deleita a comilones y horroriza a sibaritas.

Netflix es pagar por un librería que posibilita dejar las películas a medias sin remordimientos u olisquear por encima porque te hacen gracia los títulos. ¿Banaliza la visualización de contenidos? A la compañía no le importa eso. Lo único que quieren es que, después de todo eso, pagues un mes más de suscripción. Y ya está.

Netflix is a joke. Catálogo de Netflix

Misteriosa campaña realizada por Netflix en vallas exteriores en Nueva York y Los Ángeles en 2017.

Pero sin duda quizá el principal argumento en contra se estribe en el modelo plataformas de vídeo on demand: es un mercado totalmente opaco. “No ofrece datos porque no lo necesita, lo que interesa es seguir creciendo con sus suscripciones. Su consumo de contenidos no es medible en el tiempo”, explica Fernando Labrada, consultor audiovisual que se muestra escéptico ante la difusión digital de las plataformas y su  ausencia de datos.

Por eso nos da la impresión de que la plataforma apuesta por la cantidad antes que por la calidad. Todo es una gran tarifa plana de títulos de películas y series en el catálogo de Netflix, de la que la compañía se limita a informar de una infima serie de datos a sus accionistas, pero guarda silencio con cada título específico. No hay un Netflix deluxe, con la misma cuota que te da para ver la filmografía de Almodóvar, te ves una tv movie de un señor de Quebec.

La compañía centra ahora su estrategia en el contenido propio tras beber durante años de las grandes productoras. Ahora las cosas han cambiados y todas las compañías quieren un trozo más del pastel: HBO sigue en la sombra, Amazon despega lentamente y habrá que ver lo que hace la todopoderosa Disney con su futura plataforma.

En definitiva, ¿debemos ser críticos con modelos Netflix y otros servicios VOD y no entregar todo nuestro tiempo de ocio cinéfilo en exclusiva a sus catálogos? Por supuesto. ¿Hay que disfrutar de manera responsable de todo lo que ofrecen en función de nuestros gustos como una forma más de democratizar la cultura? Pues mira, también. Sibaritas y comilones del cine, uníos: nada ni nadie es perfecto. Creo que lo vi en una peli.

Entren en el catálogo de Netflix y compruébenlo.

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