Podríamos decir que Benjamín Naishtat es uno de los grandes talentos del nuevo cine argentino. Títulos como ‘Historia del miedo’ y ‘El movimiento‘ le avalan. Por ‘Rojo’, su última película, ha sido seleccionado para competir en la sección oficial del Festival de San Sebastián, donde luchará por la Concha de Oro. Además la película ha tenido su estreno mundial en el Festival de Toronto donde ha cosechado muy buenas críticas.

En ‘Rojo‘, Benjamín Naishtat dirige a actores de la talla de Darío Grandinetti (soberbio en ‘Relatos salvajes‘) y Alfredo Castro, actor fetiche de Pablo Larraín, presente últimamente en títulos como ‘Desde allá‘ o ‘Los perros‘, además de la actriz Andrea Frigerio, que la vimos recientemente en ‘El ciudadano ilustre‘.

La película narra como a mediados de los años 70, un hombre extraño llega a una tranquila ciudad de provincias. En un restaurante, y sin motivo aparente, comienza a agredir a Claudio, un reconocido abogado. La comunidad apoya al abogado y el extraño es humillado y expulsado del lugar. Más tarde y camino a casa, Claudio y su mujer, Susana, son interceptados por el hombre extraño, quien está determinado a cobrarse una terrible venganza. El abogado toma entonces un camino sin retorno, de muerte, secretos y silencios.

En la siguiente entrevista, el director Benjamín Naishtat, que ha ganado la Concha de Plata al mejor director en el Festival de San Sebastián, cuenta detalles acerca de su último trabajo, así como una interesante reflexión sobre los temas que aborda la película.

Entrevista con Benjamín Naishtat, director de Rojo

¿Cómo surge la idea de ‘Rojo’? Buscaste continuar con cierta línea de trabajo iniciada en ‘Historia del miedo’ y ‘’El movimiento, tus dos películas anteriores?

Siempre hay algún tipo de continuidad. En este caso más con intereses históricos, pero también formales. Mi primera película incluía elementos del cine de terror para tratar el tema de la paranoia de clase en la Argentina. La segunda también estaba anclada a la historia del país, con la idea de revisar el pasado para tratar de decir algo sobre ciertas tensiones actuales. ‘Rojo’ es un proyecto que venía dando vueltas en mi cabeza desde hace mucho tiempo y tiene que ver con una fijación mía con los años 70. Cualquiera que nació en los 80 lleva consigo el peso de una especie de carga simbólica. En mi caso, además, hay una historia familiar que me precede y que está muy presente, de persecución y exilio.

¿Cuál fue tu motivación principal durante el proceso creativo?

El punto de partida fue el desafío de hacer no solamente una película sobre los años 70, sino también una película que reflejara el estilo cinematográfico de ese tiempo. Me apoyé en mi admiración por ciertas películas norteamericanas de los 70. Estoy pensando en autores como Francis Ford Coppola, Sidney Lumet o John Boorman, que lograban hacer género y a la vez tocar temas políticamente muy sensibles. Intenté hacer un policial sobre un abogado que hace desaparecer a otro hombre, con el que se cruza accidentalmente una noche. Pero más allá del género policial, la película narra una situación social de silencio y complicidad en un país que estaba avanzando hacia sus momentos más oscuros en la Historia.

“Acá y en otras partes del mundo se viven procesos donde mucha gente parece estar lobotomizada, sin reacción, frente a lo que está pasando en su entorno”. Benjamín Naishtat

En tus tres largometrajes se nota un interés en explorar zonas de la historia argentina muy conflictivas, momentos donde surgieron antagonismos sociales muy fuertes…

La Historia no es una foto que queda fija y de la cual nos vamos alejando. Es una cosa dinámica, que resuena. Eso es tangible hoy en día en la Argentina, donde la Historia está viva y resuena en la gente. Por eso es importante seguir elaborando sobre esa Historia pero también con un anclaje fuerte en el día de hoy, que es lo que también intenta esta película: hablar sobre la apatía y la abulia de la gente cuando pasan cosas graves a su alrededor y mira para otro lado. Acá y en otras partes del mundo se viven procesos donde mucha gente parece estar lobotomizada, sin reacción, frente a lo que está pasando en su entorno.

¿Cómo fue el proceso de investigación para sumergirte en los años 70 y recrear cinematográficamente esa época?

Fue un proceso apasionante, que combinó acercamientos historiográficos, cinéfilos, familiares. Hubo también un gran aporte por parte del equipo, desde el DF Pedro Sotero a la directora de arte Julieta Dolinsky, cada uno hizo su propia investigación. Hacer una película de época es muy difícil por todo lo que implica a nivel producción y financiamiento, y sin embargo es maravilloso entrar en un set y poder ver reproducida otra época. Es lo más cercano que uno puede vivir a una especie de viaje en el tiempo.

Además de un recorrido por algunos momentos claves de la historia argentina, en tus películas existe una investigación sobre la miseria humana. ¿Por qué motivos?

A mi me cuesta mucho escribir personajes muy virtuosos. Uno sabe que los hay, pero a mi me parecen mucho más magnéticas para la dramaturgia de una película las contradicciones y las miserias humanas. Por algún motivo el espectador empatiza fuerte con eso, porque todo el mundo tiene un nivel miserable, nadie puede escapar a eso. Y en ese reconocimiento también hay una experiencia fuerte. Y el abogado interpretado por Darío Grandinetti encarna un poco eso. No es propiamente un villano, pero es un tipo que si puede sacar ventaja de alguna cosa la saca y si puede callarse una cosa se calla.

Justamente la película habla del encuentro fortuito del personaje de Grandinetti con otras dos personas, algo que le cambia la vida por completo y le hace aflorar su parte miserable también.

Él de a poco se va convirtiendo. De tener alguna vacilación y sentir culpa al principio, finalmente se relaja y acepta su miseria. En el mismo momento en que la Argentina asume que se dirige hacia una dictadura militar y que va a ocurrir un genocidio, él asume su costado miserable con total cinismo. Él puede elegir más de una vez entre hacer las cosas bien o seguir su conveniencia personal, y opta por siempre por lo segundo.

Benjamín Naishtat

El cineasta argentino Benjamín Naishtat compite por “Rojo” en la sección oficial del festival de San Sebastián

La película no sólo está ambientada en los años 70, sino que además rescata la gramática propia de esa época, con el uso de zooms, fundidos encadenados y cámaras lentas.

Hay fundidos, hay zoom, la mezcla de sonido está mayormente en mono y la imagen tiene una pátina de negativo que busca emular el look de la época. El sonido se pasó por unos compresores antiguos que generan una ecualización particular, propia de la tecnología de entonces. Las lentes que usamos, de Panavision, también son de aquellos años. La música original, sus instrumentos, arreglos, está pensada en función de la música de las películas de aquel tiempo.

¿Cómo trabajaste la composición visual y la imagen de la película? ¿Cómo planteaste la combinación de los colores y la predominancia de los verdes, los ocres y los rojos?

Hay toda una paleta de colores muy cuidada en función de lo que era la imagen de la época y de lo que rendía el negativo en ese entonces. Fue un trabajo conjunto de los equipos de fotografía y arte. Los lentes son más bien de baja luminosidad, por lo cual la película está bastante contrastada. También trabajamos la cámara lenta, un recurso de la época, que se encuentra por ejemplo en Sam Peckinpah. Hubo mucha investigación sobre las texturas, los colores y los objetos de la época, además de algunos elementos propios del policial integrados con el vestuario como la gabardina del detective.

Con respecto a tu gusto por Friedkin, Peckinpah y Boorman, ¿tienés un interés particular por la violencia, que es algo que además está muy presente en casi todas las escenas de ‘Rojo’?

En la Argentina las relaciones están marcadas por una lógica donde uno debe dominar al otro. Eso pasa varias veces en la película. En algún momento hay un duelo entre los personajes, todos tienen que medirse y pelear entre sí. De ese modo creen demostrar cómo dominan a los otros. Sienten la necesidad de hacerlo. Hay algo relacionado con la idea de aplastar al otro. En ese sentido, hay algo medio del western que atraviesa estas historias. Son todos pequeños duelos. Pero esas situaciones de la vida cotidiana reproducen otras peleas que se están dando en una esfera más macro. Hay algo de querer demostrar el poder que uno ejerce sobre el otro.

“Los militares en los 70 venían con una carga mesiánica en cuestiones de cómo debía ser el argentino, cristiano y patriota”. Benjamín Naishtat

Cada uno de los personajes parece encarnar un costado negativo de la sociedad. ¿El personaje del policía chileno interpretado por Alfredo Castro, por ejemplo, encarnaría al fanatismo religioso?

Es un personaje que tiene una especie de veta mística que también es muy argentina. Los militares en los 70 venían con una carga mesiánica en cuestiones de cómo debía ser el argentino, cristiano y patriota. El personaje de Castro encarna cierto fanatismo de ultraderecha que en aquel entonces se colocaba como un escudo frente a la “amenaza roja”, que era apátrida y atea.

¿Cómo fue el trabajo de relacionar la puesta en escena y las actuaciones?

Lo más interesante de ese trabajo es que los actores están todos en un tono que no es para nada naturalista. Están un poco declamados los diálogos. Son conversaciones que tratan de emular algo de ese cine de los años 70, donde había un tipo de diálogo cinematográfico lleno de simbolismos y cosas para leer entre líneas. Lo que hubo que hacer en los ensayos previos fue trabajar ese tono particular alejado del naturalismo.

¿Por qué trabajaste ese costado medio absurdo y extraño en algunas situaciones que son bastante oscuras o angustiantes?

Creo que hay una capa de la película que intenta tocar la fibra del humor. Son temas densos y yo creía que debía haber una sana dosis de humor. Hay ciertas líneas del guión que van un poco en ese sentido. Hay escenas y conversaciones absurdas como para descomprimir ciertos momentos y para quitarle cierta solemnidad a los temas. El humor está un poco al servicio de eso.

Fuente: Luxbox Films

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