Crítica: Un pequeño favor


Blake Lively en Un pequeño favor

Todos tenemos algún confidente. Una persona con la que compartimos nuestras desventuras diarias, sueños indiscretos y una faceta que no mostramos al público. Aquel ser que haría lo que fuese por nosotros, desde un pequeño favor a incluso regarte las plantas de casa durante tus vacaciones en Huesca. Todo genial, sí. Pero, ¿qué pasa si ese confidente un día cualquiera desaparece de la faz de tu vecindario? ¿Qué le habrá pasado? ¿Conocemos realmente a las personas de las que nos rodeamos?

En ‘Un pequeño favor’, el director Paul Feig nos presenta un thriller hecho a medida para responder estos supuestos. Anna Kendrick es Stephanie, una mamá vloguera de las cuquis sumergida día a día en una búsqueda de la felicidad doméstica, la amistad y las recetas llenas de azúcar glas. Pero un día, se ve envuelta en una descabellada maraña de oscuros secretos y mentiras fatídicas cuando conoce a la glamurosa e hipnótica Emily interpretada por Blake Lively.

Basada en la novela homónima de Darcey Bell, la historia bebe de otras adaptaciones del género como ‘Pérdida (Gone Girl)’ o ‘La chica del tren’. ‘Un pequeño favor’ es un endiablado relato por momentos lleno de giros, traiciones y revelaciones, amor, asesinatos y venganza a partes iguales. Un divertimento de espejos cóncavos impregnadas de canciones pop francesas.

Un pequeño favor dirigido por Paul Feig
Anna Kendrick, Blake Lively y Henry Golding en «Un pequeño favor». Fuente: eOne Films

Feig continua así en su apuesta por las historias protagonizadas por mujeres como ya nos ha mostrado en otras obras como ‘La boda de mi mejor amiga’, ‘Espías’ o ‘Cazafantasmas’. Esta vez, el realizador pega el volantazo al género negro sin olvidar sus señas de identidad: unos diálogos ágiles repletos de ironía, un exquisito vestuario y una banda sonora fresca y alegre.

A destacar también en su empeño por reflexionar por otros temas entre su enmarañada red argumental. ‘Un pequeño favor’ también habla de una mamá bloguera con ansias de fama en el abrumador mundo de las redes sociales, de sentimientos como la soledad o la envidia y el interminable empeño por conseguir que todo resulte absolutamente perfecto. Y que resulte imposible, claro.

La historia es un potaje de géneros que masca del leit motiv «nada es lo que parece». Un Feig que se gusta jugando en un débil equilibrio entre el humor y el frenesí psicológico de sus personajes principales encarnados magistralmente por Lively y Kendrick. Un elegante thriller repleto de loopings que se tornan predecibles en su epílogo. El viaje posmo que harían Agatha Christie y Hitchcock por un vecindario en Michigan tras una noche de demasiados gin martinis y algún que otro secreto por confesar.

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