En la cobertura que un apreciado crítico de este blog y servidor hicimos del Festival Cineuropa de Santiago de Compostela, comenté —a propósito de ‘Custodia compartida’ (2017), de Xavier Legrand— que las óperas primas me parecían obras especialmente interesantes en cuanto formulación de las preocupaciones temáticas (y formales) que un nuevo cineasta había contenido en su interior durante mucho tiempo. ‘Aprendiendo a vivir’, la primera película de ficción dirigida y escrita por el israelí Matan Yair, es un asombroso ejemplo de ello.

En primer lugar, antes de intentar aproximarme al filme, es necesario recordar que al tratarse de una producción israelí muchos rasgos y características de su cultura y forma de vivir pasan inadvertidas para un crítico de nacionalidad distinta. Es por ello que hay que advertir, antes de nada, de que, posiblemente, ‘Aprendiendo a vivir’ posea en su mismo texto muchas más lecturas e interpretaciones de las que el aquí firmante pueda —o debería— ilustrar.

A diferencia de otros directores, Matan Yair parece saber cómo mover la cámara con la que filma el relato y, por ende, el mundo que hay detrás. Desde el primer plano hasta el último, los movimientos que acompañan (y radiografían) a su personaje principal, Asher (en pantalla Asher Lax), son vacilantes e inestables, al igual que él, un joven impulsivo, nervioso y violento.

Casi al comienzo de la película, conformando uno de los temas fundamentales de la ficción (o, si se quiere, realidad), dos mundos opuestos se contraponen: el de Asher, que vive rodeado de personas cuasi analfabetas pero, irónicamente, absorbidas por las relaciones impersonales de las redes sociales; y el de su padre, Milo (Yaacov Cohen), dueño de una empresa de construcción, quien es una de esas pocas personas que sigue contando chistes, y privilegiando un contacto cercano, algo que se vincula con una generación pasada, ahora ausente, en palabras de Rami (Ami Smolartchik), profesor de la escuela a la que asiste el protagonista.

Aprendiendo a vivir dirigida por Matan Yair

Asher (Asher Lax) y Milo (Jacob Cohen) en “Aprendiendo a vivir” dirigida por Matan Yair. Fuente: Filmax

Asher vive entre dos universos que parecen intentar aniquilarse el uno al otro: su padre quiere que él herede el negocio familiar cuando se retire, por lo que no deja espacio suficiente para que su hijo pueda formarse en sus estudios. El drama central que atraviesa el protagonista de ‘Aprendiendo a vivir’ proviene de esta dicotomía, de intentar labrarse un futuro a partir de unos estudios o de heredar un negocio que no lo satisface en lo más mínimo. Porque sí de algo nos habla este filme es del largo y difícil camino que es intentar conocernos a nosotros mismos.

En multitud de secuencias Asher pierde los estribos constantemente, gritando, pegando e insultando e incomodando a sus amigos y conocidos más cercanos. Parece que solo encuentra un poco de consuelo en las enseñanzas de Rami, aunque el trato con él no es diferente del que tiene con los demás. A quien sí parece tenerle respeto es a su padre, aunque la situación en muchas ocasiones —a estas alturas parece redundante decirlo— es compleja y tensa, debido a sus múltiples desacuerdos en muchas cuestiones. Es de esta manera cómo la ópera prima de Matan Yair nos habla, con gran calado y gran intensidad, de las relaciones paterno filiales.

Pese a ello, la película no es redonda. Algunas tramas secundarias —como, por ejemplo, la chica que es incapaz de aprobar el permiso de conducción— no llevan a ninguna parte. Pero tampoco es necesario mirarlo como algo negativo, debido a la naturalidad con la que el cineasta trata el material que tiene entre manos. A fin de cuentas, en la vida, gran parte de las situaciones que experimentamos no tienen ningún tipo de sentido, pero, por extraño que parezca, el público tiende a aburrirse si todo no tiene un propósito definido.

Aprendiendo a vivir’ finaliza con una secuencia sobrecogedora, donde se consuman todas las dudas y preguntas paterno filiales —y, por tanto, amorosas— que el filme había estado explorando hasta el momento. ¿Por qué hacemos daño a nuestras personas más queridas? ¿Por qué queremos a la gente a pesar de que nos hagan tanto daño? La obra de Matan Yair no termina con el inicio de sus créditos finales; sigue en la vida misma del espectador que la ve. ‘Aprendiendo a vivir’ es, a fin de cuentas, un gran retrato sobre nuestras mayores inseguridades y temores sobre la vida.

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