En los primeros minutos de ‘Climax’, la nueva arriesgada propuesta del argentino Gaspar Noé, ganadora del Art Cinema Award en el pasado festival de Cannes, del Méliès de Oro a la Mejor Película Fantástica Europea y del premio a la Mejor Película en la Sección Oficial del Festival de Sitges, una serie de entrevistas a los bailarines protagonistas se suceden a modo de presentación. En una de ellas, una chica confiesa haber consumido drogas pero que no quiere acabar como Christiane F, famosa mujer alemana que fue adicta a la heroína, cuya biografía fue trasladada al cine con crudeza por Uli Edel en 1981. Pues bien, la cita es, ante todo, una declaración de intenciones ante la película —o películas— que va(n) a dar comienzo: la del turbulento mundo de drogas, decadencia y autodestrucción al que, parece, estar abocada nuestra generación.

El filme podría dividirse en tres partes: en la primera, como decíamos, los protagonistas hablan acerca de sus motivaciones para bailar, además de contar otros detalles, como sus coqueteos con sustancias ilegales; en la segunda, asistimos a unas coreografías brillantemente filmadas con la utilización de una cámara muy estable en su disposición, para dar paso a secuencias donde priman diálogos en su mayoría obscenos; en la tercera y última, el caos penetra en los cuerpos y mentes de cada uno de los integrantes de la fiesta sacando a la luz su lado más oscuro y salvaje, con motivo de la ingesta de una sangría en la que alguien ha echado droga.

A ello se suma que Gaspar Noé utiliza gran parte de los elementos que tiene a su alcance para sumergir al espectador en un estado de desorientación constante; desde su comienzo con los títulos de crédito finales —y la irrupción en pantalla de los iniciales en la mitad del relato— hasta la cámara merodeadora que filma en largos planos secuencia —intentando disimular los cortes, al contrario que en las secuencias de diálogo introductorias del comienzo del filme—, pasando por el laberinto de luces de neón que dejan su impronta en los rostros de los personajes.

A esa utilización caótica de los genéricos —recuérdese el uso estridente de los mismos de ‘Enter the void’ (2009)— en ‘Climax’, se suma la aparición de intertítulos con frases que parecen dejar en evidencia todo tipo de falsa felicidad impostada made in Mr. Wonderful: “Vivir es una imposibilidad colectiva” o “La muerte es una experiencia extraordinaria” son ejemplos de ello. Con respecto a esta última, no creo que Noé esté invitando al espectador a suicidarse (aunque sí a alguno de los bailarines), sino dejar constancia del ridículo y sinsentido al que se aboca una generación líquida —tomemos como referencia el término acuñado por el sociólogo Zygmunt Bauman— que consume todo tipo de substancias para estimular e intentar remediar el vacío absoluto que reina en sus vidas.

Climax dirigida por Gaspar Noé

Romain Guillermic (David) y Sofia Boutella (Selva) en “Climax”, dirigida por Gaspar Noé. Fuente: Avalon.

La tesis que atraviesa toda la película —la de los peligros que asoman en el mundo de la drogadicción— me parece absolutamente necesaria en una época en la que el omnipresente cine de Estados Unidos normaliza (e incita a) el consumo de cualquier tipo de substancia nociva. Es posible que desde ‘Requiem por un sueño’ (2000), de Darren Aronofsky, ningún filme cuyo foco haya sido el del mundo de las drogas (y adicciones) deje al espectador en un estado tan catatónico. Incluso la presencia de un niño en la rave vendría a personificar el contacto con este tipo de sustancias (o el alcohol) en edades muy tempranas, uno de los grandes escollos que asoma en nuestra sociedad actual.

Pero claro, como cualquier otra de las obras de Gaspar Noé, ‘Climax’ nos deja pensando en si es realmente necesario llevar las cosas tan al extremo. Cara el final de la película, la cámara filma, del revés, a los protagonistas tirados en el suelo, manteniendo (¿indeseadas?) relaciones sexuales, sufriendo diversos ataques y siendo víctimas de una violencia insoslayable. El cineasta argentino —pese al orgullo de bautizar al filme como francés— dilata la secuencia durante largos e incómodos minutos haciendo del cuerpo y el rostro de los bailarines un tema de exploración, para retratar, como pocos han hecho, el descenso a los infiernos de un grupo de personas que siempre han coqueteado con su propia autodestrucción.

Pero sí esta obra posee algo interesante, además de su propio alegato, es la puesta en forma de este. Como comentábamos antes, casi al comienzo de ‘Climax’ se muestran conversaciones entre los allí presentes donde predomina el deseo sexual, reflejando cómo muchas personas que, a priori, parecen normales, no son más que violadores en potencia. Noé captura estos instantes haciendo cortes constantes, como si los personajes no pudiesen convivir en el mismo plano; algo que más tarde veremos cuando el filme recurra al plano secuencia (que, en la mayoría de los casos, se centran en un solo bailarín que se desvincula del resto) donde la convivencia entre los personajes se torna, irremediablemente, imposible.

Quizá el cierre de la cinta no sea perfecto. Esos planos cenitales que explican el estado en que se han sumido finalmente los personajes podría evocarlos perfectamente el espectador sin la necesidad de recurrir a su visualización. Incluso el encuadre final no es de mi total agrado, pero sirve para remarcar la degradación a la que se dirige nuestra sociedad actual, como antes apuntábamos.

Es curioso. Por una parte, ‘Climaxme parece una de las mejores —sino la mejor— películas del año, pero por otra, una de las que peor me lo ha hecho pasar en toda mi vida (aunque no quiero indagar en las secuencias cuasi nauseabundas que posee para no condicionar al lector, además de caer en el spoiler). Es cierto, la nueva obra de Gaspar Noé está dividiendo al público (no a una crítica profesional, a la cual ha embelesado); pero si algo ha quedado claro es que ‘Climax’ no va a dejar indiferente a nadie.

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