Al comienzo de ‘La buena esposa’ —pésima traducción del original ‘The Wife’, que da pie a pensar que estamos ante una comedia ligera, cuando no es así en absoluto—, Joe Castleman (Jonathan Pryce) recibe la noticia de que ha sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura por teléfono. Cuando se lo comunican, él está en la habitación que comparte con su esposa Joan (una conmovedora Glenn Close), mientras que esta utiliza la línea que tienen en el salón para poder escuchar al mismo tiempo la información. Entonces, dos planos primeros planos se suceden: uno que lo muestra a él jubiloso, y otro en el que ella no parece demasiado contenta. Desde los primeros minutos de película —con un arranque que asienta sólidamente las bases de la misma— veremos cómo, poco a poco, resurgen fantasmas del pasado de su longeva relación.

El matrimonio, acompañado de uno de sus hijos, David (Max Irons) —también escritor, aunque atormentado por la envidia que padece al estar bajo la sombra del gran reconocimiento de su progenitor—, viaja a Estocolmo para asistir a la gala del Premio Nobel. Todo el mundo parece tener en mucha estima a Joe, obviando y apartando a un lado a Joan, aunque su marido se empeñe en reconocer y reconocer el enorme valor y apoyo que ella le ha otorgado durante su prolongada trayectoria.

Björn Runge, director de ‘La buena esposa’, filma el relato con elegancia y delicadeza, con planos de una duración mayor a lo que el público medio está acostumbrado (aunque, si se me permite la comparación, nada tiene esto que ver con las dilatadas tomas que podría ofrecer un cineasta radicalmente diferente como, por ejemplo, Lázsló Nemes). Los movimientos de cámara, pausados y merodeadores, nos introducen en el interior de un matrimonio del que comenzamos a ver sus fisuras. Joe ha sido infiel en varias ocasiones a su mujer, y entre ellos dos se nota una falta de cariño considerable; un apagamiento del deseo y de la pasión consecuencia de la dejadez con el paso de los años (aunque, quizás, haya más cosas que hayan podido influir en ello).

Glenn Close en La buena esposa

Glenn Close en una escena de “La buena esposa”. Fuente: Vértice 360

De igual manera, los elementos lumínicos se tornan simbólicos para favorecer las necesidades del relato. Recuérdese, por ejemplo, la magnífica secuencia de la entrega del galardón, donde un portentoso juego de luces y de sombras remarca, subraya y metaforiza la oscuridad en la que Joan ha vivido toda su vida. A esto se añaden las colosales actuaciones de Jonathan Pryce, del siempre cumplidor Christian Slater —siempre recordado por su papel de Clarence Worley en ‘Amor a quemarropa’ (1993), de Tony Scott—, y de una soberbia Glenn Close que es capaz que el espectador sienta pena viéndola sufrir por uno de los personajes más miserables que el cine del último año nos ha regalado (del cual no queremos hablar para evitar caer en el terreno del spoiler, pero sí queremos puntualizar que a través de él se canaliza un análisis del patriarcado en nuestros días).

Pero no todo es perfecto en la obra del sueco Björn Runge. La estructura de la ‘La buena esposa’ —y, por tanto, de la transmisión de información al espectador— contiene en su interior un considerable número de flashbacks que relatan los comienzos del noviazgo entre el matrimonio protagonista del filme. Si bien los primeros son útiles para enterarnos de sucesos acaecidos décadas atrás, los últimos se tornan redundantes debido a que el público —a través de miradas, silencios y diálogos— ya sabe lo que ha pasado antes de que dicho flashback comience. La introducción de las analepsis en el cine, desde los finales de las escrituras clásicas de Hollywood, son un recurso que hay que mimar demasiado para no abusar de él y no insultar a la inteligencia del espectador.

La buena esposa’ nos habla, en última instancia, de los secretos; secretos que de permanecer tan largo tiempo ocultos terminan por tener repercusiones devastadoras para sus portadores. Aunque también —teniendo que ver con esto último— la película se presenta como una exploración de las relaciones familiares. Aquellas que no siempre son difíciles de tratar, pero que hay afrontar, porque si hay alguien con quien siempre podremos contar es con nuestra progenie. Los seres humanos no somos perfectos y eso es algo que la obra de Björn Runge se encarga de dejar claro en todos y cada uno de los planos que conforman su último largometraje.

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