Crítica: Juliet, Desnuda


Ethan Hawke en Juliet, Desnuda

La comedia romántica que no estabas esperando se llama ‘Juliet, Desnuda‘. Olvida los romances vacíos hollywoodienses. Huye de la pomposidad tonta de cualquier película hecha para engordar la carrera del intérprete de turno. Fuera Jennifer Aniston, hasta nunca Gerald Butler.

Nuestra protagonista es Annie (Rose Byrne) que rompe con su pareja, Duncan, un profesor de universidad que idolatra hasta la locura a Tucker Crowe (Ethan Hawke), un rockero célebre en los 90 del que ahora poca gente se acuerda. Después de su ruptura, Annie establece una amistad profunda e inesperada con el propio Tucker. ‘Juliet, Desnuda’ es una historia de personajes maduros para su edad e inmaduros en casi todo lo que demás. Un relato sin abrefácil sobre el amor pasados los 40 que busca la complicidad con el espectador alejado de los cánones establecidos por la escuela yankee.

Tras dirigir algunas comedias de poca monta, el realizador Jesse Peretz lleva a la gran pantalla la adaptación del libro del genial Nick Hornby, responsable de maravillas ‘Alta Fidelidad‘ o ‘Fiebre en las gradas’. ‘Juliet, Desnuda‘ es un filme discreto para una historia de amor discreta.

Juliet, Desnuda dirigida por Jesse Peretz
Escena de «Juliet, Desnuda» dirigida por Jesse Peretz. Fuente: Diamond Films

Una relato que busca precisamente visibilizar esas historias de amor diferentes. Una radiografía del amor y las crisis en la mediana edad que hemos podido ver en otras como ‘Love Actually’, ‘Notting Hill‘ o ‘Cuatro bodas y un funeral’. Los británicos lo hacen todo más terrenal, no tan superficial. Todo es más sencillo y casual, con personajes que les gusta el rock independiente. Un filme musical desdibujado, a ratos, en su desarrollo y pasable en muchos momentos de su metraje, pero satisfactorio en su conjunto.

Ante todo, uno de los valores de ‘Juliet, Desnuda’ está en la interpretaciones de sus dos protagonistas: Rose Byrne y Ethan Hawke son actores de primera increíbles, y ambos están de lujo. Aderezada con las composiciones de Nathan Larson y la voz del propio Hawke, Peretz moldea los personajes de Annie y Tucker encargados de descubrir los crudos sentimientos generados por las expectativas frente a la realidad de sus vidas.

Esa torpeza conjunta a la hora de acercarse el uno al otro y la rara sensación de haber sido testigo de ese romance discreto, pero significativo de dos seres que intentan construir una historia conjunta. Una forma de disfrutar sentado de la esperanza envuelta en tristeza.

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