Crítica: El blues de Beale Street


La balada de Beale Street dirigida por Barry Jenkins

Tish (KiKi Layne) está embarazada. Cuando se dispone a contarle la noticia a su madre, vacila, titubea, no encuentra la manera de expresar la nueva que guarda dentro de sí. Lo que debería de rebosar alegría –el nacimiento de un hijo–, encarna al comienzo de ‘El blues de Beale Street’ una amalgama de dudas. Y es que el padre de la criatura se encuentra en prisión, incriminado por un delito que dice no haber cometido. Es por ello que el miedo que amenaza a Tish, justo antes de enunciar una nueva que podría no ser bien recibida por sus seres queridos, se siente de la manera más humanamente posible. La noticia no será acogida de igual manera por todos: curiosamente son sus propios padres –y no los suegros, cuyo hijo está en la cárcel– los que parecen entender mejor la situación. Desde aquí, desde este punto en que comienza el relato, parecería imposible que Barry Jenkins no echara mano del flash-back para ahondar en la relación amorosa que vertebra el filme.

Uno de los finales más sensibles y verdaderos que recuerdo del cine reciente es el de ‘Moonlight’ (2016), anterior obra de Barry Jenkins que echaba el cierre en ese momento en que el protagonista, ya adulto, le confesaba al chico que había sido su primer amor que, desde aquel entonces, mucho tiempo atrás, no había vuelto a tocar a ningún otro hombre. Recuerdo que ese momento me tocó la fibra como pocos (aunque no me parezca una película redonda en absoluto): la apariencia seria del personaje principal era, tan solo, eso, una apariencia, una máscara donde se escondía una persona que no había podido superar a su primer amor.

No me sorprendió en absoluto, por tanto, cuando ‘El blues de Beale Streetutilizaba la analepsis para mostrarnos la historia de la pareja protagonista. Y es que esos planos subjetivos que escrutan el feliz rostro de la persona amada parece que solo un hombre como Jenkins pudiera filmarlos: ‘El blues de Beale Street’ es capaz de que volvamos a experimentar la sensación de enamorarnos, por primera –y última– vez, de la persona adecuada.

La balada de Beale Street dirigida por Barry Jenkins
Stephan James (Fonny) y KiKi Layne (Tish) en «El blues de Beale Street», dirigida por Barry Jenkins. Fuente: eOne Films.

Sin embargo, el director estadounidense no se queda tan solo con el romance, sino que a través del texto introduce –como había hecho Steve McQueen en ‘Viudas’, pocos meses atrás– un alegato contra el racismo: la razón que lleva a Fonny (Stephan James) a la cárcel parece deberse a una represalia personal que un policía blanco lanza contra él, haciéndole culpable pese a ser muy improbable que estuviese en el lugar y momento concretos de la violación de la que se le acusa. Ed Skrein, quien interpreta al agente, es capaz de expresar con su gesto chulesco el odio y sensación de superioridad que ante un hombre negro tiene un racista como él.

De hecho, el filme detiene por momentos la narración para mostrarnos imágenes reales de las injusticias llevadas a cabo por las autoridades en este contexto, otorgándole a la película, en ocasiones, un aura documental; ahí reside la importancia del título original, ‘If Beale Street  Could Talk’. Contrapuesta a esta elección formal tenemos esa interesante secuencia en la que el amigo de Fonny (en pantalla Brian Tyree Henry) que acaba de salir de la cárcel relata las penurias y terror que ha tenido que vivir en un sitio como aquel; la evocación en imágenes que el espectador realiza de las duras palabras que tienen lugar se torna incomodísima en cuanto sabemos –porque así nos lo ha hecho conocer la película desde un primer momento– que eso es lo que le espera al marido de Tish.

El blues de Beale Street’, siguiendo la estela cinematográfica de Barry Jenkins, vuelve a posicionar a sus protagonistas en el lugar de los oprimidos, de personas que tienen que luchar contra las más difíciles adversidades de la vida, donde hay instantes en que parece imposible vislumbrar la luz al final del túnel. Empero, resulta curioso –y enternecedor– ver cómo, pese a toda clase de adversidades, los enamorados saben que, tanto en lo bueno como en el malo, se tendrán el uno al otro.

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