Crítica: El bailarín


El bailarín dirigido por Ralph Fiennes

No hace falta haberse documentado a fondo o interesado mínimamente por el tema que es de sobra conocido por todos la excelencia y la comprometida dedicación del famoso ballet ruso. El Ballet Mariinski y la Compañía del Bolshói son las dos compañías más famosas del país euroasiático, las cuales aún perpetúan una inagotable lista de los más grandes bailarines de la historia. Uno de ellos sería el bailarín Rudolf Nuréyev, quien con 23 años y por golpe de suerte, sería llamado por el Ballet Mariinski (renombrado por entonces como Ballet Kírov bajo el mandato de la Unión Soviética) en 1961 para viajar a París representando a la prestigiosa compañía y a su propio país.

Sin embargo, no solo a la historia se remite ‘El bailarín‘, el tercer largometraje como director del consagrado actor Ralph Fiennes. El británico se reserva para sí el papel del célebre maestro de ballet Aleksandr Pushkin, mentor y pasaporte hacia la excelencia del bailarín protagonista. Esencial será, no solo en la relación entre los dos personajes, sino también en la narración del filme, el elegante y reflexivo monólogo a través del cual Pushkin instruirá a Nuréyev (el debutante Oleg Ivenko) sobre la superficialidad de la técnica y la importancia de las historias.

No obstante, la película no deja de ser contradictoria en su discurso, pues desde su inicio nos encontramos ante todo un despliegue técnico cuidado y perfeccionado hasta el último detalle: la diferenciación cromática entre los flashbacks de la niñez y el presente del joven bailarín, la frialdad narrativa, las múltiples y bellísimas escenas de baile, los eternos paseos por el París de los años 60, etc. Nada deja lugar a la imperfección técnica, lo cual no deja de ser una muestra de la admiración del filme por la excelencia del ballet ruso. Como bien dice el personaje interpretado por Raphaël Personnaz: “los rusos, siempre los rusos”.

El bailarín dirigido por Ralph Fiennes
Escena de «El bailarín» dirigido por Ralph Fiennes. Fuente: DeAPlaneta

El error dentro del esplendor de ‘El bailarín’ surge cuando deja el tono frío al lado para convertirse en un thriller convencional al uso. Cuando ya nos hemos dejado embriagar por su naturaleza reflexiva, por los paisajes parisinos y las bellas escenas de baile, o cuando nos hemos acostumbrado al caótico ritmo de la narración y ordenado el tiempo en el relato, aparece el conflicto. A escasos minutos del final, la película recurre a la tensión con la cuestión política e histórica como base. El problema no reside en que recurra a ella, pues esta está presente a lo largo de todo el filme y aparece como fuerte amenaza constante. El problema radica en un discurso que intenta mantenerse entre el ballet y la política, entre lo dramático y lo reflexivo, sin incidir ni profundizar realmente en ninguno de ellos. Y sin poder elaborar, por tanto, un relato que no le genere dudas y molestias al espectador.

No obstante, pese a ser imperfecta, ‘El bailarín‘ se deja disfrutar a cada instante gracias a sus dosis de historia, drama y baile, tal vez no a partes iguales, pero si lo suficiente para que al llegar a casa no dejemos de preguntarnos, en caso de desconocerlo, qué fue de la vida de Rudolf Nuréyev. Un joven impulsivo, temperamental e insolente pero que, aún así, no deja de contagiarnos sus ansias de rebeldía y libertad frente a un sistema que nunca cesó de cortarle las alas.

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