Crítica: Vivir deprisa, amar despacio


Vivir deprisa, amar despacio dirigida por Christophe Honoré

El cineasta francés Christophe Honoré idealiza sus sentimientos de juventud en ‘Vivir deprisa, amar despacio‘, un drama profundamente vitalista que él mismo ha escrito. Quizás pueda considerarse su mejor trabajo once años después de aquel espejismo en su carrera llamado ‘Las canciones de amor’. En esta ocasión, su nueva película nace de la necesidad de ahondar en las relaciones humanas y abordar, sin subrayados, el tema del sida en un periodo concreto como 1990.

Pierre Deladonchamps, al que vimos recientemente en el magnífico thriller erótico ‘El desconocido del lago‘ interpreta a Jacques, un escritor treintañero que vive en París con su hijo pequeño, y del que se enamora Arthur, un joven estudiante de veinte años que vive en la Bretaña, interpretado por Vincent Lacoste, que a sus 25 años se reafirma ya como un actor a tener en cuenta en el cine francés actual. 

Pronto se establece en el guion de Honoré un paralelismo entre los personajes de Arthur y Jacques. Quizás su historia de amor tenga que ver con sus aspiraciones y la manera en que estas se ven reflejadas en ellos. Si bien, Arthur aspira a ser Jacques, este último evoca en Arthur su propia juventud, aquella que tanto añora ahora mismo.

Con estos dos protagonistas y un puñado de secundarios, el cineasta francés despliega un drama en torno a las difusas fronteras entre el amor, el deseo, el sexo y la muerte. La historia se desarrolla a lo largo del verano y Honoré construye las dinámicas relacionales a través de los juegos de miradas y de la posición que cada personaje va adoptando en cada momento. La película tiene puntos muy reflexivos que se generan en el interior de los protagonistas que, en cierto modo, empiezan a descubrir, cada uno a su manera, algo que quizás nunca sintieron, y como pierden el miedo al futuro porque, al fin y al cabo, solo hay una oportunidad para vivirlo.

Vivir deprisa, amar despacio dirigida por Christophe Honoré
Vincent Lacoste y Pierre Deladonchamps en «Vivir deprisa, amar despacio». Fuente: Surtsey Films

El filme reflexiona sobre los sentimientos, sobre la falta de empatía emocional y las dificultades que implica amar de verdad cuando las relaciones promiscuas son moneda de cambio. También captura con cierta melancolía lo que implica el paso del tiempo y la incapacidad de cambiar el pasado. Asimismo va más allá de los estereotipos que abundan en este tipo de historias sin renunciar a un toque de humor, sobre todo ese humor de carácter muy regional derivado de las diferencias culturales entre la Bretaña y la capital parisina que bien parece conocer su director.

La película también es rica en referencias intertextuales con muchas películas, libros, carteles y sobre todo, música, que nos evocan los años 90 y que en cierto modo influyen en los personajes. Aún así, la música resulta demasiado protagónica. Sabiendo que el mismo Honoré tiene en su haber dos musicales no es de extrañar que recurra a las canciones para que vivamos un «sentimiento intenso, pero fugaz y ligero». Lo cierto es que no nos sorprende la cantidad de temas que hay en ‘Vivir deprisa, amar despacio‘, destacando sobre todo cuando Vincent Lacoste corea el Pump Up the Volume.

Aunque su conclusión resulte tan simplista para una historia que no solo habla de sentimientos, sino de cuestiones mucho más amplias, Christophe Honoré firma una interesante reflexión sobre las relaciones humanas con la dosis justa de emotividad. Quizás se alargue demasiado y el subrayado de la banda sonora pueda llegar a agotar, aún así merecerá la pena verla. O eso creo.

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