Fernando Arrabal, un cineasta todavía por descubrir


Cine de Fernando Arrabal

En 1989, en el programa de TVE El mundo por montera y claramente perjudicado por el alcohol, Fernando Arrabal pronunció la frase por la que todavía hoy, treinta años después, se le sigue conociendo en España: el milenarismo va a llegar. No son pocos los artículos que se han escrito de este momento televisivo, ni pocas tampoco las bromas que se han hecho en torno a él, sin embargo, ¿quién se esconde detrás del simpático profeta embriagado? ¿Cómo ver el cine de Fernando Arrabal?

En agosto de 1932, en la ciudad de Melilla, nacía el insensato que intentó matar a Franco con un libro de Santa Teresa de Jesús. El polémico que “se cagó en Dios, en la patria y en la revolución nacional sindicalista” en pleno franquismo. El genio que se ganó el respeto y la amistad de Andy Warhol, Spike Lee, Michel Houellebecq o Louise Bourgeois, entre muchos otros, y que se convertiría, en un período de no más de diez años y en palabras de Samuel Beckett, en uno de los dramaturgos más importantes del siglo XX. Nacía, vástago del antagonismo, Fernando Arrabal Terán. Hijo de Carmen, la madre franquista condenada a reencarnarse en todas las madres de la obra de su hijo, y de Fernando, el padre republicano extrañamente desaparecido durante la Guerra Civil Española que sembró en el pequeño Arrabal esa melancolía del abandono que se respira en muchas de las creaciones del autor, entre ellas su filmografía.

Como tantos otros grandes artistas españoles, Arrabal tuvo que cruzar la frontera para encontrar un espacio donde expresarse y, sobre todo, un público con el que conectar. Desgraciadamente, un sistema franquista, una autarquía económica y una sociedad inmersa en el catolicismo más opresor, no generaban un entorno idóneo para el desarrollo y la representación de sus obras, razón esta por la que casi toda su producción artística se ha llevado a cabo en nuestro país vecino, Francia. Allí, en unos pocos años, gran parte de su obra dramática había sido publicada y muchas de sus obras representadas, mientras que aquí seguíamos rechazando la participación en el panorama cultural español del que hoy en día se ha convertido en el autor español vivo más representado.

En parte por esta razón, el desconocimiento de la obra arrabaliana sigue siendo enorme en nuestro país. Tras varias décadas de democracia y apertura cultural, seguimos (des)calificando el cine de Arrabal de “cine marrano”, indecente o gratuitamente provocador, como si todavía cargásemos con esa vetusta moralidad, herencia del franquismo más rancio. No es un cine fácil, eso queda claro, no en vano, dichos comentarios solo pueden partir del absoluto desconocimiento.

Milan Kundera decía, refiriéndose a Arrabal, que “no es un contestario, un predicador militante de la moral; es un hombre que juega. El arte, tal y como él lo concibe, es un juego, y el mundo en cuanto él lo toca, se torna juego”. Partiendo de esta premisa, ¿cómo ver sus películas y no volverse loco en el intento? Muy sencillo. Entrando en el juego.

El cine de Fernando Arrabal

Para ver una película de Arrabal y que no nos parezca lo más descabellado que hemos visto nunca, debemos tener en cuenta tres factores clave: su interés por los preceptos surrealistas —grupo del que formó parte—, su herencia directa del teatro de la crueldad de Antonin Artaud, y el humor característico del grupo Pánico que él mismo fundó, junto a Roland Topor y Alejandro Jodorowski, en 1962.

El Surrealismo en el cine de Fernando Arrabal

El surrealismo, desafortunadamente, es un concepto que ha envejecido bastante mal. Centrados siempre en su componente estético, muchas veces olvidamos sus raíces, sus principios y su filosofía. Así, si bien el surrealismo comprende una estética muy característica que nos evoca rápidamente a los famosos cuadros de Dalí o a las fotografías de Man Ray, es importante recordar también que el movimiento nace para romper con las convenciones morales de la época y negar las leyes de la lógica. Era un movimiento esencialmente violento y destructor que confiaba, ante todo, en la capacidad transformativa del escándalo. He aquí una de las fuentes del cine (y la obra) de Fernando Arrabal.

Pese a que poco tardó en abandonar el grupo surrealista por diferentes discordancias con André Breton, podemos ver en la obra de Arrabal la fuerte influencia del movimiento, principalmente, en su anhelo de ruptura mediante la provocación y en su concepción y cuestionamiento de la lógica. En el tratamiento de sus películas asistimos a incoherencias en la lógica del discurso —como los planos que nos llevan de real a lo onírico en ‘Viva la muerte’ (1971) y ‘El emperador del Perú’ (1982), o la mezcla de géneros en ‘El árbol de Guernica‘ (1975) o en ¡Adiós Babilonia! (1992)— y se nos presentan unos personajes contradictorios que nos interpelan a reflexionar acerca de la lógica que rige las sociedades actuales.

En la película ‘Iré como un caballo loco‘ (1973), por ejemplo, el autor se esfuerza en demostrarnos que lo que realmente no tiene sentido no es el personaje de Marvel —un semidios de costumbres primitivas y desconocedor del mundo moderno que vive en el desierto— sino el propio mundo ‘civilizado’, regido por el capitalismo, que Eden —el protagonista— intenta venderle.

Heredero del teatro de Artaud

Como heredero directo del teatro de la crueldad iniciado por Antonin Artaud, el cine de Fernando Arrabal tiene una tendencia a llevar al espectador al cuestionamiento mediante la experiencia extrema. Intenta transformar las concepciones que se tiene en torno a la familia, la religión, la muerte, la libertad o la sexualidad, entre otros temas, pero de una manera tan provocativa y cruda que no es entendida por muchos y en ocasiones genera rechazo. Sin embargo, y sin darnos cuenta, ese rechazo nos transforma de alguna manera. Deformando a su máxima expresión el sentido otorgado a uno de los tópicos ya mencionados, Arrabal provoca un golpe efectista en el espectador y genera en el mismo una necesidad de cuestionamiento.  Así, la mezcla de la ceremonia cristiana o la muerte con temas morbosos y sacrílegos, por citar un ejemplo, no es gratuita, sino que tiene una finalidad: anular la idea preconcebida que se tiene de un tema para así, transcenderla.

Grupo Pánico

Y pese a todo lo anterior, Fernando Arrabal todavía es capaz de sacarnos una sonrisa con el particular humor del grupo Pánico, aunque esto también va más allá de un simple guiño al espectador. Al igual que su compañero Roland Topor, se sirve de un humor negro y, la mayoría de las veces, absurdo, para demostrar la invalidez de la razón a la hora de solucionar determinados conflictos. Es su manera de desacreditar y rebelarse contra la tradición y lo establecido, al mismo tiempo que alivia el impacto y el horror que ciertos temas causarían en la sociedad de ser tratados con seriedad.

Podríamos decir que el cine de Fernando Arrabal es liberación y reacción. Liberación porque en él todo vale, no hay normas, todo es juego. Reacción porque, mediante la liberación de toda idea emancipadora, de todo tabú o prohibición, lleva al espectador a reaccionar frente a la alineación característica del ser humano moderno. Y tras la reacción, el cambio. En esta sociedad, nos plantea Arrabal, todo valor y moral es relativo. Todo es confuso. Y en medio de esa vorágine se encuentra él mismo, intentando salir de esa angustia de la existencia humana.

Artículo anterior Crítica: El hijo
Próximo artículo Palmarés de Cannes 2019 presidido por González Iñárritu

Sin comentarios

Déjanos tu opinión...

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *