Crítica: La ceniza es el blanco más puro


La ceniza es el blanco más puro dirigida por Jia Zhang Ke

La ceniza es el blanco más puro’, nuevo largometraje del director Jia Zhang-ke, presenta una historia que abarca todo el siglo XXI en ese intento por señalar, siguiendo el estilo del realizador chino, los cambios y las permanencias en el corazón del gigante asiático. Su protagonista, Qiao (Tao Zhao), deambula por unos paisajes en ruinas incapaces de ofrecer una posibilidad de mejora con el paso de los años. Se trata, por lo tanto, de una figura errante que se mueve entre arcaicas organizaciones criminales, aspecto remarcado por una puesta en escena que la encierra y la convierte en el elemento disonante de un imaginario monopolizado tradicionalmente por lo masculino, e inmutables áreas urbanas abocadas a una caída económica sin fin.

Lo que en una primera parte del metraje se nos presenta como un filme que parte desde una particular mirada contemporánea de los principios estéticos del cine noir desemboca en un drama acerca de la pérdida y la imposibilidad de recuperar un tiempo pasado. Tras una larga estancia en prisión, Qiao se esfuerza en volver con Bin (Liao Fan), se aferra a la nostalgia de lo que fueron y a la posibilidad de recuperar una relación rota por el paréntesis que supuso la cárcel. Si la ceniza es el blanco más puro es porque el fuego la ha purificado previamente, y así lo señala Qiao en una de las secuencias del filme. Sin embargo, el fuego del tiempo carece de ese don purificador. Ya lo decía el poeta norteamericano Delmore Schwartz: “El tiempo es el fuego en el que ardemos”. Devora la vida de Qiao, los valores de una sociedad, corrompe los huesos de Bin.

La ceniza es el blanco más puro dirigida por Jia Zhang Ke
Liao Fan y Zhao Tao en «La ceniza es el blanco más puro». Fuente: Golem

La película recupera algunos de los motivos presentes en otras de las obras que componen la filmografía de este cineasta. Destaca, por encima del resto, el constante diálogo que se establece con ‘Naturaleza muerta’ (2006): el regreso a la presa de las Tres Gargantas y las regiones colindantes al río Yangtsé, espacio propicio para el reencuentro entre Qiao y Bin por lo que nos evoca de ese anterior filme, también la introducción de pequeños contenedores de ciencia ficción que desplazan y a su vez complementan una trama principal en la que priman las imágenes realistas. No obstante el empleo de estos recursos, pese a formar parte de un discurso coherente que se siente cómodo en su labor de resignificar antiguos lugares comunes, puede llegar a resultar reiterativo.

Zhang-ke apuntala durante el último tercio de la obra otra de sus grandes preocupaciones: la tiranía de las nuevas tecnologías. Las pantallas de los móviles se erigen como umbrales entre la realidad fílmica y los personajes, posibilitan voces neutras y cobardes donde debería existir emotividad y confrontación. Nada escapa al dominio de estos dispositivos que desplazan las fronteras a su antojo y pulverizan los tiempos, véase el inquietante panóptico visual que capta en una inquietante escena la soledad de Qiao desde distintas perspectivas.

Así pues, ‘La ceniza es el blanco más puro’ supone un regreso, pero al mismo tiempo su negación. Actúa como una radiografía que se siente cómoda en el territorio de la cita.

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