Crítica: Un atardecer en la Toscana


Un atardecer en la Toscana dirigido por Jacek Borcuch

Al recibir el Premio Nobel, Marie Linde (Krystina Janda) enuncia un discurso en el que menciona el atentado que ha sacudido la ciudad de Roma días atrás, siendo incapaz, en sus propias palabras, de imaginarse una obra de arte más poderosa. A pesar de ser una escritora venerada, su actitud ante tal suceso tendrá consecuencias: no se trata solo de que dilapide su imagen pública sino que también sus familiares y conocidos se verán afectados. Las palabras de Linde son, cuando menos, curiosas en cuanto a que Jacek Borcuch, el director de ‘Un atardecer en la Toscana’, filma el mismo atentado como si de arte se tratara.

El ataque no es mostrado, es relegado al vacío que genera el fuera de campo; por el contrario, vemos un plano donde el cielo azul inunda la pantalla, donde bandadas de pájaros se entremezclan las unas entre las otras, en constante movimiento y, por tanto, sin terminar de definir un contorno, mientras que escuchamos el estruendo de las bombas del ataque terrorista. Es como si los pájaros, a través de sus desplazamientos, intentasen dar forma a algo –a ese acto violento–, lo cual se antoja imposible.

Un atardecer en la Toscana dirigida por Jacek Borcuch
Escena de «Un atardecer en la Toscana», dirigida por Jacek Borcuch. Fuente: BTeam Pictures.

Un atardecer en la Toscana’ nos regala, sin ninguna duda, imágenes bellas. Pero el escollo radica aquí en ser capaces de discernir si a través de ellas hay algo o si, por el contrario, se esconde un vacío que se intenta llenar a través de lo puramente estético. La película, a ratos, parece deambular hacia ningún lugar, recreándose en momentos muertos. Sin embargo, realiza una radiografía de las relaciones de familia: no solo de Marie con su hija y nietos, sino también con su marido, a quien le es infiel con un jovencísimo egipcio dueño de un hotel de una playa cercana, alargando la estela de la ingente de cantidad de filmes contemporáneos que retratan el amor duradero como algo imposible.

En cierta secuencia, situada casi al principio de la película, un artista comenta su nuevo proyecto, el de una instalación que consiste en una jaula asentada en una plaza pública de la ciudad, la que nos haría interrogarnos, al verla, de a quién encerraríamos dentro de ella. En consecuencia, al final de ‘Un atardecer en la Toscana’, Marie queda atrapada en dicha instalación. La cámara, entonces, comienza lo que se convertirá en un dilatado travelling de retroceso que pasa de filmarla en un plano muy cerrado a enmarcarla dentro de un gran plano general donde ninguno de los transeúntes presta atención a la obra de arte. ¿La instalación en un emplazamiento público no interesa a nadie o es que nos hemos vuelto incapaces de mirar a nuestro alrededor, más allá de nosotros mismos y de nuestras individuales vidas?

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