Crítica: Los días que vendrán


Los días que vendrán dirigida por Carlos Marques-Marcet

Una pareja, un embarazo y nueve meses por delante. Esa es la premisa de ‘Los días que vendrán’, película que se hizo con la Biznaga de Oro en la última edición del Festival de Málaga, además de alzarse con los premios a mejor dirección y actriz. En palabras de su realizador, Carlos Marques-Marcet, la historia de Vir (María Rodríguez Soto) y Lluis (David Verdaguer) viene a cerrar una inusual trilogía que comenzó con ‘10.000 KM’ (2017) y continuó en ‘Tierra firme’ (2017), sus dos anteriores filmes. De este modo, completa un rico y variado tríptico acerca de las relaciones personales y los conflictos que ocasiona la vida en sociedad.

Marques-Marcet consigue su obra más redonda y emotiva gracias al amor que muestra hacia la cotidianidad que rodea a sus personajes. Se deshace de todo aquello que pueda elevar el relato a unos estratos que lo alejen de su naturalismo. Así pues, gran parte de las secuencias rebajan su carga dramática por medio de un acertado uso del humor y la ironía. El embarazo lo arrasa todo, y es incapaz de avanzar tomando un solo registro. En medio de ese huracán de emociones, Vir y Lluis deberán hacer frente a los cambios que implica una vida de tres, estén preparados o no para ello.

Los días que vendrán dirigida por Carlos Marques-Marcet
Escena de «Los días que vendrán» dirigida por Carlos Marques-Marcet. Fuente: Avalon

En ‘Los días que vendrán’, la cámara elimina cualquier espacio de intimidad. Todo es susceptible de aparecer en pantalla. La naturalidad se impone al decoro y al glamour que otras realizaciones muestran a la hora de poner en escena distintos aspectos de este periplo que es el dar a luz. Y al mismo tiempo, la ficción entra en contacto con la realidad. Marques-Marcet introduce en su metraje fragmentos de un VHS grabado por los padres de la actriz Maria Rodríguez Soto (Laura y Gigi) durante su gestación, dando lugar a un juego de espejos en el que ambas cintas dialogan a través del montaje. Todo ello no hace más que remarcar la repetición de unos gestos que se han heredado de generación en generación, pero también el deseo del ser humano por captar los primeros instantes de su existencia, acompañado de los dispositivos que hacen posible esta gesta.

No hay nada que desentone en esta pequeña pieza que se siente cómoda en lo artesanal, que brilla gracias al trabajo ya expuesto de su director y a la interpretación de la dupla protagonista. Ahora solo queda esperar el reconocimiento, que vendrá.

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