Crítica: El peral salvaje


El peral salvaje dirigida por Nuri Bilge Ceylan

Volver al hogar no es fácil. En él, uno puede reencontrarse con cosas de las que lleva un tiempo queriendo alejarse o con otras que han empeorado con el paso de los años. Esa es la situación en la que se encuentra Sinan (Dogu Demirkol) –el protagonista de ‘El peral salvaje’, la nueva película de Nuri Bilge Ceylan después de la galardonada ‘Sueño de invierno’ (2014)–, quien, al terminar su estancia en la universidad, vuelve a su casa para descubrir que su padre sufre de una ludopatía que está afectando no solo a la relación entre los miembros de la familia sino a la imagen que la gente de su alrededor tiene de ellos.

‘El peral salvaje’ vendría a representar, entre otras muchas cosas, esa sensación generacional de imposibilidad de proseguir nuestro propio camino, de que siempre hay algo que nos retiene: Sinan, pese a todos los escollos que se encuentra, intenta publicar uno de los trabajos que escribió en la universidad, no sin antes tener que afrontar muchos de los dolores de cabeza que le esperan en su hogar. Pero Ceylan no nos muestra a unas personalidades rotas, silentes y apesadumbradas como ya había hecho en ‘Tres monos’ (2008) o en la –para mí– extraordinaria ‘Los climas’ (2006), sino que su nuevo filme recoge el testigo de su trabajo más próximo, ‘Sueño de invierno’, donde nos invade con secuencias dilatadas en el tiempo tiranizadas por diálogos que ponen a la luz la cuasi totalidad de pensamientos de unos personajes que no paran de tropezar siempre con la misma piedra.

El peral salvaje dirigida por Nuri Bilge Ceylan
Escena de «El peral salvaje», dirigida por Nuri Bilge Ceylan. Fuente: Golem.

Y es precisamente el tiempo el elemento que se erige en vertebrador del discurso en una cinta de más de tres horas de duración donde el espectador se contagia de personajes que no cesan en su plática, donde todo respira un naturalismo que es difícil encontrar en otras cinematografías o cineastas. Es a causa de ello que elementos propios del cine digital, como aquellos planos que son filmados con drones o una cierta aceleración de los fotogramas, se sientan como algo difícil de encajar en el estilo del director turco.

Por otro lado, no es descabellado apuntar que si la película, a través de su estructura, juega con el tiempo profílmico, termine por convertirse en una reflexión sobre el devenir del mismo. ¿Recordaremos dentro de unos años los momentos que nos han proporcionado felicidad o estamos condenados a olvidarlo todo? ¿Podremos pensar en recuerdos autónomos o nuestras diferentes vivencias acabarán por fundirse las unas con las otras, evocando, incluso, momentos que, en realidad, nunca hemos vivido?

En la última parte de ‘El peral salvaje’ llega el invierno y, con él, la nieve. Podría sonar redundante incidir nuevamente en ello, pero el cineasta turco filma como pocos saben hacerlo esta estación inundada por el agua helada que devora los paisajes –y la pantalla– reduciéndolos a un magma blanquecino. Como ya había sucedido en ‘Los climas’, la nieve augura una soledad y un vacío que difícil o imposiblemente se podrán colmar. Es en esta época tan nostálgica en la que Ceylan decide poner punto final a su nueva obra, con una conversación entre padre e hijo que dará lugar a uno de los cierres más hermosos de los últimos años, donde quizá, y finalmente, aprendan a aceptarse el uno al otro, a amarse tal y como son (o no).

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