Crítica: Érase una vez en Hollywood


Érase una vez en Hollywood dirigida por Quentin Tarantino

A la salida de esta película, una amiga con la que fui a verla me comentó que el título de ‘Érase una vez en Hollywood’ le evocaba al inicio de un cuento fantástico. Y sinceramente, creí que era una observación bastante acertada, porque… ¿no es la filmografía tarantiniana un carrusel de fantasías, de ficciones engendradas de su particular visión de distintos géneros, tropos y estilos? ¿No es ésa la misión original del cine, la de trasladarnos a construcciones imaginadas y soñar despiertos, desde los tiempos de Chomón y Méliès?

El cuento que nos cuenta Tarantino es uno donde echan seriales de vaqueros en la televisión y Los Bravos cantan en la radio del coche. Terminan los años sesenta en Los Ángeles, y antes de que su retoño más oscuro ordenase asaltar cierta casa de Cielo Drive, el movimiento hippie seguía en el aire como una densa niebla. El Hollywood clásico daba paso a una incipiente renovación que ya se adivinaba en producciones como ‘El Planeta de los Simios‘ o ‘Easy Ryder‘, mientras que el spaghetti western y las artes marciales hongkonesas conquistaban a públicos muy amplios. Es la recreación que el director creó zambulléndose en sus recuerdos de su infancia del ambiente e influencias que le moldearían como futuro cineasta, como hizo Tim Burton con ‘Frankenweenie’ o Pedro Almodóvar en ‘Dolor y gloria‘.

La historia nos lleva junto a Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), un actor televisivo que ve cómo el éxito que había cosechado en los cincuenta no tuvo la continuidad que esperaba durante la década posterior. Acompañado de su inseparable compañero Cliff Booth, un doble de riesgo de oscuro pasado (Brad Pitt), pasearán por rodajes de pilotos y papeles de estrella invitada para espantar el fantasma de la decadencia, y volver a saborear las mieles del éxito. Mientras, a poca distancia, la actriz Sharon Tate vive una vida feliz y despreocupada a su regreso a la meca del cine, y un grupo aparentemente inofensivo de jóvenes, bajo el liderazgo de un tal Charlie Manson, se camufla entre el ambiente alternativo de la ciudad, ajena todavía al horror que éstos incuban.

Érase una vez en Hollywood dirigida por Quentin Tarantino
Tarantino dirigiendo a Brad Pitt y Margot Robbie en una escena de «Érase una vez en Hollywood». Fuente: Sony Pictures

La historia es una ouija donde se conjuran todos los elementos del espíritu «tarantiniano», sumándose a la antes citada recreación de su sustrato los diálogos chispeantes, la violencia explícita o su maestría como narrador. Pero al mismo tiempo, uno no puede evitar pensar que algo ha cambiado, sin que esto suponga algo necesariamente malo. Casi parece que, en su filme reciente más personal, Tarantino decidiese pulir sus características, darles otro enfoque, verse a sí mismo en el espejo y ofrecer una revisión a la alza de su estilo.

¿Lo consigue ‘Érase una vez en Hollywood’? Esas famosas conversaciones están ahí, pero ya no son las protagonistas absolutas, en boca de unos personajes que se acomodan a actores en estado de gracia (Brad Pitt es un titán, una bestia interpretativa). La violencia, marca de la casa, posee un tratamiento bastante particular si la comparamos con la de sus trabajos previos. El modo por el que Tarantino ha optado para contar su historia es la de captar una breve instantánea temporal de esa época, profundizando en las relaciones, sólidas o casuales, de unos entre tantos habitantes de la ciudad de oropel. Siendo completamente sincero, quizá esta sea la pieza que más me falle, tornándose en ocasiones confusa y algo lastre para el avance de la narración. Pero en ningún momento se vuelve algo catastrófico.

El gran ganador (o ganadores) de estos cambios fue el mensaje (o mensajes). ‘Érase una vez en Hollywood’ está plagada de comentarios y lecturas, desde el cariño nostálgico por ese Hollywood en transformación al homenaje a la profesión del actor en general, y a Sharon Tate, en particular; o la deliciosa contestación a la polémica eterna de si la violencia en la ficción se transmuta a la vida real (un buen rato me quedé con la boca abierta en la sala de cine). Si prestamos atención, el comentario más evidente se presenta en el mismo título: esta es una declaración de intenciones, ni más ni menos que reivindicar la naturaleza imaginaria de sus historias, de la libertad que impera en las mismas, su derecho como creador de reinterpretar una época de la misma manera que lo hizo con el wéstern, el cine bélico y de explotación, o la estructura de una narración cinematográfica. De la capacidad del cine para crear, transformar.

Pero no olvidemos de que todo esto es un cuento, a fin de cuentas. Se encienden las luces, y cada uno para su casa. El mundo que Tarantino nos ha traído se disipa como un espejismo al acercase, a nuestro alcance siempre que paguemos una entrada. En esa película, Sharon Tate seguirá bailando y el dúo Booth-Dalton recorrerán las calles de Los Ángeles eternamente, al igual que los personajes en las historias encapsuladas entre las páginas de un libro o la brillante superficie de un disco. A la espera de que alguien, con dulce voz de narrador, susurre: «Érase una vez…»

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