Crítica: La virgen de agosto


La virgen de agosto dirigida por Jonás Trueba

«Cada cual quiere ser cada una; no voy a ser menos«. Con esta referencia al poema de Agustín García Calvo que da letra al himno oficial de la Comunidad de Madrid empieza el último filme de Jonás Trueba, ‘La virgen de agosto‘, estrenado el pasado 15 de agosto (fecha de estreno evidentemente nada fortuita, coincidiendo con las fiestas de la Paloma) y que ahora ha vuelto a programarse en la sección «Made in Spain» en la 67 edición del Festival de San Sebastián.

Las citas y referencias implícitas y explícitas ya vienen siendo un leitmotiv en el cine de Jonás Trueba, algo que le ha costado críticas de todo tipo y por lo que, probablemente, muchos continúan acusándole de pedante.

Sin embargo, el realizador madrileño, lejos de amagar sus referencias, sigue reivindicándolas en sus películas como un acto de valentía. Y es que, como ya anunciaban Félix Blanco, Daniel Jiménez, Daniel Remón y Minke Wang en «El manifiesto plagiarista» en su extraordinario libro Los escritores plagiaristas, el plagiarismo es una tradición oculta y universal. En realidad, todos somos plagiaristas. No nos engañemos, lo «original» («que resulta de la inventiva de su autor», según el diccionario de la RAE), muy probablemente se nutrirá de lo heredado, del poso que han dejado en nosotros otros creadores. Es difícil partir de la nada.

Todos, y, por tanto, nuestras obras, nos debemos a lo que hemos leído, a lo que hemos escuchado o a lo que hemos visto. Como decía Borges, somos personajes habitados por ficciones, y eso siempre estará ahí, por más que queramos amagarlo. Lo original y probablemente, uno de los aspectos más admirables del arte, radica en saber dialogar con esas ficciones a las que nos debemos. Y en este sentido, entiende Trueba sus referencias en sus películas, como él mismo ha declarado en más de una ocasión, como un acto de amor a los libros, a la música y a las películas que le han inspirado.

En esta ocasión, la referencia que seguramente más sonará es clara: ‘El rayo verde’, de Éric Rohmer, la penúltima de la serie «Comedias y Proverbios» y una de sus películas más inolvidables. Lo compartido entre ambos filmes es evidente: desde las características del personaje protagonista, algunos de los temas que las recorren, el misticismo, el uso del espacio, del color y de la luz, la forma sosegada e íntima de filmar, la estructura a modo de diario, a la estación del año en la que ambas están rodadas. Sin embargo, ‘La virgen de agosto‘, más que sólo una variación de la de Rohmer, puede verse como un lúcido diálogo con ésta, como otro entrañable cuento filosófico de verano que bien podría ser una especie de contestación al verano de Delphine.

Un cuento sobre la búsqueda de uno mismo

Si bien puede parecer que ambos filmes parten de un planteamiento y un personaje similar, los espacios compartidos entre ambos son difusos. Eva – una magnífica Itsaso Arana– tiene 33 años, hasta ahora ha sido actriz, y ha decidido quedarse el agosto en Madrid como un «acto de fe», en la casa que le ha dejado un conocido. Las posibilidades que abre el período estival, con el tiempo de reposo y los descubrimientos que éste permite, le servirán para replantearse su vida y tratar de estar y mirar el mundo de una nueva forma. Delphine – el personaje protagonista del filme de Rohmer-, en cambio, es una mujer que quiere huir desesperadamente de su ciudad en verano. Eva como Delphine, son personajes atípicos, personas «raras» a ojos de muchos, introvertidas; probablemente, el punto de partida en ambos es el mismo: el cuestionamiento de uno mismo, la desesperación, la soledad, y ambos emprenderán un viaje hacia la luz. Sin embargo, la forma de afrontar la situación vital en la que se encuentran es distinta, lo que acabará conformando relatos singulares. Mientras que ‘El rayo verde‘ es la historia de una mujer que busca sin esperar nada, ‘La virgen de agosto’ es un cuento sobre la búsqueda de uno mismo, sobre la identidad. Este es el gran tema del filme de Trueba, y en realidad, el de toda su filmografía. En el modo de filmarlo radica su originalidad.

«Un momento en la vida. Amigos jugando, una conversación nocturna, un bar, una fiesta. Una chica. Una película sobre el cine debería tener todas esas cosas. Mucho de la vida, poco del cine. El cine es sobre todo esa vida»- decía el mismo Trueba en un revelador pasaje de su novela Las ilusiones, una especie de complemento literario a lo que sería su segundo largometraje, de título ‘Los ilusos’.

El cine de Jonás Trueba, como el de Rohmer o el de Jonas Mekas, capta la vida misma. La cámara retiene las imágenes de un tiempo, unos lugares, unos personajes y la forma en la que éstos interactúan, y a partir de ahí se construye la película. Una forma filosófica de entender y hacer cine que va camino de convertirse en un acto de resistencia, si es que no lo es ya. Un paseo por la ciudad, una noche de verbena, amigos conversando, un reencuentro entre aquellos que lo fueron, los bares a los que van, los libros que leen, el cine que ven y les gustaría hacer, la música que comparten, el amor, el desamor, la sexualidad, las cartas que hablan de un pasado que se desvanece en el presente, el replanteamiento de las decisiones que caben en una vida, todo eso que al fin y al cabo conforma quiénes somos, es lo que logra filmar de forma sutil y natural el cine de Trueba, regalándonos memorables escenas como aquella de la conversación entre amigos en la que aparece el relato de Natalia Ginzburg en ‘Los exiliados románticos’ o ahora la del río.

Desconozco si este último filme será el más maduro del realizador madrileño, en todos hay aspectos acertados y otros malogrados, imágenes perdurables y otras menos, sin embargo, puedo ver en éste una lúcida síntesis de sus anteriores. La forma en la que estamos y miramos el mundo, en la que nos relacionamos con el entorno y con los otros, las dudas, las reflexiones y las ficciones que nos habitan, es lo que, en definitiva, conforma nuestra identidad, y lo que filma con sensibilidad y belleza ‘La virgen de agosto’.

En este sentido, dos extraordinarias escenas – así como la cita del poema de García Calvo-, constituyen los núcleos implícitos sobre los que se construirá el resto de la película. En primer lugar, la arriesgada y brillante escena inicial. El amigo de Eva le presta su casa, le da trucos para hacer más llevadero el calor del agosto madrileño en la estancia, y le habla, a propósito de una reseña que está escribiendo, sobre La búsqueda de la felicidad, un libro del filósofo y estudioso del cine norteamericano Stanley Cavell. Tras su marcha, Eva abre las ventanas, inundando la estancia y la pantalla de luz. De esta forma, a través de la metáfora de la casa y las técnicas para soportar mejor el calor, las ventanas, del uso de la luz y del breve pero magnífico personaje interpretado por Sigfrid Monleón, Trueba nos desvela con sutileza los elementos clave del filme. En un breve diálogo, el personaje de Monleón le habla a Eva sobre lo compleja que puede llegar a ser la vida y le da las llaves de un nuevo lugar desde donde mirar.

La virgen de agosto dirigida por Jonás Trueba
Escena de «La virgen de agosto» dirigida por Jonás Trueba. Fuente: Bteam Pictures

Como dice este personaje, el libro de Cavell, habla sobre las comedias románticas de los años treinta en Hollywood, que en realidad eran comedias sobre la identidad femenina, en las que por primera vez la mujer llevaba pantalones en el cine, sobre el coraje de ser uno mismo; por lo que, a través de Cavell llegamos a Emerson, cuyo pensamiento filosófico también reflexiona sobre la identidad. Trueba entiende el cine a partir de la duda, a través de sus películas trata de plantear interrogantes sobre nosotros mismos, y aquí, las ideas que Emerson plantea en Confianza en uno mismo recorrerán todo el filme. La deliciosa escena del río, tratará de responder con amplitud a estos interrogantes, sin dejarlos cerrados. El grupo de amigos de Eva reflexionan entorno a las ideas emersonianas sobre quiénes somos y quiénes podríamos llegar a ser, hasta qué punto somos así porque lo hemos heredado, a causa del entorno en el que hemos crecido, en una escena en la que todo confluye a la perfección. «¿Cómo se llega a ser quién uno es realmente?», se preguntará Eva dejándose llevar en el río, en una hermosa imagen que consigue algo ya casi anacrónico o heroico en tiempos de inmediatez y conexión móvil permanente: detener el tiempo y hacernos reflexionar.

Captar la vida misma, lo extraordinario de lo ordinario

Como Rohmer, Trueba también se sirve del encuadre y de una estructura a modo de diario para lograr un diálogo entre el personaje protagonista y la cámara, lo que nos permitirá seguir y adentrarnos en el universo de Eva durante su agosto en Madrid. Los encuentros con distintos personajes, que entran y salen de la pantalla, algunos de los cuales no volvemos a saber nada, como si fuesen películas abortadas, servirán para plantear distintas cuestiones existenciales y generacionales que acompañarán a Eva en su viaje personal. Los tonos cálidos y el color rojo en su vestuario reforzarán con elegancia el carácter del personaje y las ideas entorno a la valentía, la fuerza de voluntad, la sexualidad o la feminidad que recorren el filme.

En conclusión, en ‘La virgen de agosto‘, Itsaso Arana y Trueba logran adentrarnos con sensibilidad y belleza en el viaje personal de Eva, conformando un relato honesto e íntimo sobre la identidad. Captar la vida misma, lo extraordinario de lo ordinario, la forma en la que estamos y miramos el mundo, que es al fin y al cabo lo que conforma quienes somos, nuestra identidad, lejos de cualquier maximalismo.

Después del agosto en Madrid, la vida de Eva no habrá cambiado, probablemente las cosas seguirán siendo igual. Sin embargo, aquel paréntesis virginal de búsqueda personal en una etapa de la vida en la que ya han quedado atrás casi todas las virginidades, tal vez le haya dejado un poso, una nueva mirada, que siga con ella.

En cualquier caso, a nosotros, ‘La virgen de agosto’, nos deja a Cavell y a Emerson, a la música de Soleá Morente, pensamientos, libros y canciones que tal vez nos acompañen mucho tiempo. El recuerdo de las películas de Rohmer, Mekas, Bresson o de Renoir. Tal vez, los relatos de Natalia Ginzburg, Patricia Highsmith, los poemas de Pizarnik, las canciones de Rafael Berrio, Nacho Vegas o Christina Rosenvinge, también sigan con nosotros. Como el mismo Trueba, decía «para mí una película es un acto de compartir cosas que amamos», algo que no conviene tener a menos.

Con pretensión o sin ella, de forma honesta, ‘La virgen de agosto’ consigue mantener vivos algunos de los cineastas y películas que a muchos nos han hecho amar el cine, dialogar con ellas, y eso ya es de agradecer.

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