Malinterpretando antihéroes: ¿culpa de los creadores?


Kingsman, antihéroes cinematográficos

La eterna polémica del medio audiovisual se llevaba a debate recientemente a la red en la que más amigablemente se puede conducir un debate lleno de matices y grises dentro un arte tan complejo como el cine: twitter. Existe la concepción de que los antihéroes cinematográficos no tienen porqué marcar la visión moral de la propia obra; que por mucho que el personaje que observamos realice de forma constante actos moralmente reprobables, y al mismo tiempo se nos presente como alguien interesante y deseable como personaje en sí, no equivale necesariamente a justificarlo de ninguna forma, o tampoco quiere decir que el punto de vista del creador coincida con el del personaje. Pero surgió una discrepancia: si tanta gente idolatra a ciertos personajes ¿hay algo que quizás no están haciendo bien los creadores para transmitir el mensaje que pretenden? ¿están demasiado enamorados de sus propias personitas ficcionales que lo que estamos viendo son modelos aspiracionales más que entes completamente tóxicos? ¿porqué Torrente es una sátira del españolazo rancio español que todos los españolazos rancios españoles citan constantemente?

Bojack Horseman, Tyler Durden, Patrick Bateman, Rick Sanchez, Walter White. El antihéroe audiovisual si es algo es interesante. Sabemos que es capaz de matar, extorsionar, mentir, robar o ser despiadado, pero siempre actos que dentro de lo razonable son justificables para el espectador en mayor o menor medida. Nuestro protagonista no puede violar a nadie porque eso sería injustificable desde cualquier óptica imaginable. Sería demasiado consciente. Pero Tony Soprano puede ahogar de forma vil y bestial con una cuerda a una antigua rata del FBI porque hemos aceptado que es un jefe de la mafia y entra dentro del rango de acciones plausibles el asesinato. O porque le estaba extorsionando. O amenazando a su familia. O simplemente estaba deshidratado y en su mareo apretó el gatillo sin querer. Es tan fugaz que lo perdonamos con tal de continuar desentramando las peripecias de la historia, que al incluir un asesinato es más intensa, más dramática, y por lo tanto más interesante.

Bill Hader en la serie «Barry» (HBO), por la que acaba de ganar su segundo Emmy como mejor actor.

Esta carta blanca de enaltecimiento a este tipo de personaje ha derivado en un sinfín de antihéroes cinematográficos y seriéfilos sin un ápice de propósito de entroncar en una narrativa con un sentido medianamente claro. De hecho, la genial ‘Barry‘, de Bill Hader, cuenta con otro personaje principal que es un antihéroe, un asesino a sueldo, y que parece burlarse de este tropo, y se encuentra en la necesidad de repetirse y repetir a los demás que “solo mato a los malos”, siempre con nuevas excusas ineludibles para proseguir con la barbarie.

Ya no solo a nivel estrictamente textual, sino a nivel visual. Un mismo guion puede mostrarnos a alguien como aterrador o como todo lo contrario. Mostrar algo horrible o algo estimulante. En ‘Kingsman‘, por ejemplo. La mejor escena de toda la película es la más problemática. La escena de la iglesia. Se nos presenta a un grupo de fanáticos religiosos que echa al agente del lugar dónde estaban congregados. De repente siente la necesidad de liarse a palos con todos los que allí se encuentran, matándolos de formas divertidas y creativas, dando lugar a una masacre en el que él es el único que queda vivo. El guion por supuesto lo justifica de forma que nos es imposible como espectadores retirarle la simpatía al personaje interpretado por Colin Firth. Y los que mueren son fanáticos religiosos, ósea que tampoco importa demasiado. He visto incontables veces esa escena en Youtube, porque es una escena apoteósica. La escenas de violencia que nunca quiero volver a ver son las de ‘Los Soprano’. Son secas, torpes, nunca acaban de matarse de forma especialmente grácil. Me desagradan. Y ambas me envían un mensaje muy claro de como conciben la violencia ambas obras.

Hablemos del rey de los antihéroes cinematográficos: Rorschach, o su versión cinematográfica. Éste si que no se entiende cómo puede idolatrarlo la gente ¿verdad? Un maníaco fascista enmascarado que se pasa la película haciendo lo que le da la gana sin que le importe nadie. Pues en este caso veo completamente justificado que gente (imbécil) le idolatre. Solo con esa entrada triunfal ya el director nos está diciendo que este es el personaje que de verdad mola. Y mola durante toda la peli. Por muy fascista y violento que sea, el lenguaje visual nos dice constantemente que este tipo es un karateca que tiene perfectamente calada a esta sociedad de putas y maleantes; que, si lo atrapa la policía, caerán veinte policías antes, y que si tiene (spoilers) que morir será de una forma dramática y emotiva, casi sacrificándose, suplicando porque le quiten la vida; una muerte propia de un héroe (fin de spoilers). Porque esto pasa cuando le das personajes o temas grises y complicados a alguien tan narrativamente incompetente como Zack Snyder, que no trata de darte un significado a la violencia que estás viendo porque está ocupado haciendo slow-motions de las tremendas patadas kung-fu que da su protagonista. Y soy perfectamente consciente de que el cómic es diametralmente opuesto, que sí que cuenta con una visión política, pero quería poner el ejemplo de como el tratamiento estrictamente visual puede cambiar la ideología de una obra conocida por ser abiertamente liberal.

O Torrente. Un personaje asqueroso, zafio, machista, racista. Solo había visto hasta hace poco la quinta entrega, y de nuevo, por mucho que se quiera afirmar que es una deconstrucción del españolazo clásico, el personaje se presenta como alguien simpático, cuyas burradas no son más que chascarrillos, o frasecillas para que el público rancio que ama estas películas pueda repetir con sus amigos. No hay nada, absolutamente nada, que nos indique que el personaje de Torrente es una influencia negativa. Hasta que vi recientemente la primera. Y ésta sí es una parodia. El personaje es constantemente castigado, y la posición moral es constantemente la opuesta a la del personaje principal. No sé si ya se empezaba a idolatrar con el lanzamiento de la primera, pero aquel que lo hiciese estaba malinterpretando lo que veía. Y no es precisamente sutil en cómo lo hace. ¿A lo mejor parte de la culpa es del público también?

Torrente, el brazo tonto de la ley
Santiago Segura en «Torrente, el brazo tonto de la ley», uno de los antihéroes cinematográficos españoles.

Volvamos al principal sospechoso: Walter White. La serie más popular y el personaje más popular. Su disfraz es uno de los más repetidos en cada Hallowen, carnaval o convención, sus frases forman parte del imaginario colectivo, y aquellos que no han visto la serie aún así seguro que reconocen el seudónimo de Heisenberg. Y lo cierto es que también mola. Es un capo de la mafia en esencia, con arco de evolución brutal, un actor alucinante, y con muchísimas escenas memorables que son memorables en parte gracias a este personaje. Es un psicópata. Eso es lo que no tienen claro muchos fans de la serie. Aquí entra en juego el factor incompetencia, y cómo Vince Gilligan está lejos de serlo. Se deja claro que esto va de ostentar el poder; de cómo la familia poco le importaba mientras el pudiese continuar siendo el temible Heisenberg. Y no solo desde un punto de vista de fondo, también de forma. La dirección hace esfuerzos ímprobos con tal de mostrar cómo afecta a Skyler y a su hijo el hecho de tener en casa a un megalomaníaco contra el que estás prácticamente indefensa, siendo el punto de vista de Skyler el que prevalece en muchos de los enfrentamientos del matrimonio. Walter es el peligro, como se encarga de dejar claro él mismo, y Skyler, Walt Jr., y un sinfín de personajes más son las víctimas de dicha transformación. Eso es lo que yo saco en claro de esta serie. Lo que sacan muchísimos otros es el tan repetido “Skyler puta”. La culpa de este malentendido es sin ningún atisbo de duda de estos últimos.

Repasemos el resto de antihéroes cinematográficos y de series mencionados al principio de este artículo. Bojack Horseman, divertido y siempre capaz de dar réplicas audaces, pero incapaz de responsabilizarse del daño que hace los demás. Resultado: es tremendamente infeliz, y la causa es precisamente que no se responsabiliza y solo siente pena por lo triste que está él. Tyler Durden es un ideal masculino imaginario que cree que la solución es un club secreto de reventarse a puñetazos. Es una reflexión sobre esta masculinidad, la conclusión no es lo mucho que mola darse guantazos. Patrick Bateman: el título de la película dice que es un psicópata. Rick Sánchez tiene un capítulo en la tercera temporada específicamente para los fans pesados que no ven el comportamiento de Rick como algo problemático, y en el que la psicóloga es la que le deja claro que su desprecio por las emociones es una forma de justificar el despotismo con el que lleva tratando a su familia toda la serie. Pero la cantidad de avatares que adornan las biografías tuiteras de los autodenominados “políticamente incorrectos” con los arriba mencionados me hace pensar que esta enorme cantidad de ignorantes que los han seleccionado cual verdaderos roles a los que profesar admiración entienden solo  la parte que quieren entender.

No se trata de que no puedas disfrutar de estos personajes; a mí me parecen todos excelentes. Con un innegable carisma que atrae a la gente hacia ellos. Un carisma peligroso al parecer. El problema es no saber interpretarlos. Hace ya algunos meses salió la secuela de ‘Watchmen’ en formato de serie. En ella vemos como se ha formado un grupo terrorista lleno de supremacistas blancos que rinden una especie de culto a Rorschach, llevando sus caretas para ocultar su identidad. Esto, entre otras muchas decisiones de la serie que se situarían en el espectro opuesto al conservador, fueron criticadas por una buena cantidad de fans por traicionar el espíritu del cómic original, siendo Watchmen una de las novelas gráficas más explícitamente políticas de la historia del cómic.

Rorschach en Watchmen
Supremacistas blancos rinden culto a «Rorschach» llevando sus caretas para ocultar su identidad.

Para juzgar una obra audiovisual hay que, y esto parecerá lo más básico del mundo, verla primero. No se puede defender ninguna tesis basada en la mera descripción del argumento, y si bien los autores tienen una responsabilidad a la hora de la creación, el escrutinio y el análisis binario, de correcto o incorrecto, según la descontextualización de elementos de la trama a conveniencia me parece que resta valor a la discusión cinéfila en general. Productos destinados a la reflexión que se llevarán el abucheo. Pero existen infinidad de productos hechos por gente como Snyder. Gente que lo único que busca es molar, y que sus personajes principales sean hombres enormes, cachas y fríos, capaces de pegarle un tiro a alguien y robarle el bolso a una viejecita sin siquiera pestañear. Abundarán los segundos más que los primeros, por eso el debate y la polémica están destinados a retornar. Y no sé, tampoco me parece mal (menudo tochazo para acabar con una reflexión tan peregrina). Quiero decir que el debate siempre está bien (no veas, aún peor).

Artículo anterior For Sama, el documental favorito para ganar el Oscar
Próximo artículo Dolor y gloria gana 6 premios Feroz

Sin comentarios

Déjanos tu opinión...

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *