Crítica: Sinónimos


Sinonimos, dirigida por Navad Lapid

En la pasada edición del Festival de Berlín se otorgaban nada más ni nada menos que el Oso de Oro y el Premio FIPRESCI a ‘Sinónimos’, filme dirigido por el israelí Navad Lapid y financiado tanto por productoras francesas como israelíes. El apunte no es casual ya que la película realiza –el resultado ya sería otra cosa– una crítica a ambos países a través de la figura, del cuerpo (tonificado), de su personaje protagonista, Yoav (Tom Mercier), quien llega al país galo renegando de sus orígenes, para, ulteriormente, darse cuenta de no hay tantas diferencias entre sendos territorios.

El principal problema que acarrea la propuesta de Navad Lapid es su intento por provocar, por ir contra la “norma” y regodearse insistentemente en ello, cayendo, ya que todas las secuencias parecen hablarnos de lo mismo –de esa crítica a los países mencionados durante el curso del relato–, en una tautología que solo parece salvarse en aquellos momentos en los que el filme –intencionadamente o no– transita también en otros lugares. Me estoy refiriendo a momentos como el del club, que, aun cargado de contenido político, se desliga un tanto del resto: la cámara, imbuida por el ritmo de la música, comienza a transitar entre los cuerpos de hombres y mujeres que bailan (ya sea pegándose exhaustivamente a ellos o filmando solo sus faldas y pantalones), observando sus faces en movimiento, culminando la secuencia en ese punto en que el tomavistas se mueve sin ambages intentando seguir el ritmo –sin éxito– de los gestos de Yoav, sometiendo su rostro, aunque sea por unos momentos, a la abstracción.

Sinónimos, dirigida por Navad Lapid.
Escena de «Sinónimos», dirigida por Navad Lapid. Fuente: La Aventura.

Los planos de dicha secuencia rebosan sensualidad, sensaciones, emociones, debido al movimiento de esas actrices y actores que se mueven y se pegan a la cámara sin reparo, como si lo más valioso de ‘Sinónimos’ para quien estas líneas escribe pareciera surgir de lo imprevisto del momento de filmación. Aun así, el filme vuelve, reiteradamente, a caer en un propósito aleccionador, en intentar imponer las ideas de su director, lo que, no tan a la larga, acaba por sentirse como impostado, reduciendo al filme de Navad Lapid a un intento por escandalizar por escandalizar.

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