Estados Unidos, ante su gran tabú: el aborto

Nunca, casi nunca, a veces, siempre, dirigida por Eliza Hittman

Nunca, casi nunca, a veces, siempre

Desde su primer largometraje, ‘It Felt Like Love’ (2013), al que siguió ‘Beach Rats‘ (2017), la guionista y directora Eliza Hittman está considerada como una nueva e importante voz en el cine independiente, con una perspectiva diferente y un estilo sumamente evocador. Ambas películas destacan por su enfoque lúcido y auténtico sobre los jóvenes y los momentos clave de la vida. Su tercera película, ‘Nunca, casi nunca, a veces, siempre‘ llega para contarnos una historia ambientada en un mundo real y con unos personajes muy cercanos interpretados por dos talentosas actrices, Sidney Flanigan y Talia Ryder, hasta ahora desconocidas en la gran pantalla.

La historia de la película nos lleva a conocer a Autumn (Sidney Flanigan), que a sus 17 años se mira al espejo y se da cuenta de que su cuerpo está cambiando. Preocupada, acude a un centro de ayuda para jóvenes donde le confirman su mayor temor: está embarazada. Ni los servicios locales ni los folletos que le entregan en el centro de salud -diseñados para animar a las jóvenes a dar en adopción al recién nacido-, responden a sus preguntas. Además, al ser menor de edad, el estado donde vive exige el permiso de los padres para practicar un aborto legal. Desesperada, solo le queda recurrir a métodos alternativos a los que las mujeres han recurrido siempre.

Con la dirección de una clínica de Brooklyn en el bolsillo, sube al amanecer con su prima en un autobús que las llevará a Nueva York. Pero todo se complica cuando descubren que no pueden resolver el problema en una sola visita. Las dos amigas deberán enfrentarse a dos difíciles días y noches en una ciudad tan inmensa como desconocida que se convertirán en un recorrido de solidaridad, compasión y amistad.

Talia Ryder y Sidney Flanigan en Nunca, casi nunca, a veces, siempre
Talia Ryder y Sidney Flanigan en una escena de «Nunca, casi nunca, a veces, siempre».

Inspirado en una historia real

Aunque ‘Nunca, casi nunca, a veces, siempre’ se hace eco del momento político actual y del tema de los derechos de las mujeres en cuanto a salud y reproducción, el origen de la película se remonta al final del otoño de 2012. Fue entonces cuando el mundo se enteró de la muerte de Savita Halappanavar, una mujer irlandesa de 28 años que en un momento dado de su embarazo empezó a tener un aborto natural e ingresó en un hospital de Galway donde su caso se complicó y se agravó. A pesar de pedir repetidamente que le realizaran un aborto con urgencia, el hospital se negó. Falleció de sepsis el 28 de octubre de 2012, una semana después de ingresar en el centro.

“Recuerdo leer sobre lo que le ocurrió a Savita Halappanavar y sentirme muy mal”, dice Eliza Hittman. “Me metí en Internet y empecé a leer acerca de Irlanda y de las leyes antiaborto; me enteré de que se consideraba un delito grave”.

Algunas mujeres conseguían abortar viajando a países en los que era legal. Uno de los libros que leyó la realizadora fue Ireland’s Hidden Diaspora: the ‘abortion trail’ and the making of an Irish-English underground, 1980-2000), escrito por Ann Rossiter, donde se documenta el sistema que se fue desarrollando de ayuda y apoyo a las irlandesas que debían desplazarse a Inglaterra para abortar. La “ruta secreta” se hizo menos necesaria a partir del año 2000 con Internet y con un cambio en las leyes inglesas que hizo posible volar en avión de forma barata en el mismo día de Irlanda a Inglaterra.

Sidney Flanigan
Sidney Flanigan en una escena de «Nunca, casi nunca, a veces, siempre», dirigida por Eliza Hittman.

Pero los testimonios correspondientes a esas dos décadas conmovieron profundamente a Eliza Hittman. “Pensé que sería una película que me gustaría ver, la historia de esos viajes jamás contados realizados por mujeres”, recuerda. “Escribí un tratamiento de una película que, en principio, tendría lugar en Irlanda, pero vi que era demasiado ambicioso por mi parte. Jamás encontraría un productor que quisiera rodar en Irlanda. Entonces se me ocurrió preguntarme cómo sería la versión estadounidense de la historia”.

En 1973, gracias al caso Roe contra Wade, se reconoció que una mujer tenía derecho a concluir un embarazo en el primer trimestre, pero los fallos posteriores del Tribunal Supremo abrieron la puerta para que los estados restringieran estos derechos a su antojo. Al imponerse más restricciones y cerrarse más clínicas de interrupción del embarazo, las mujeres debieron salir de sus estados para abortar. A medida que Eliza Hittman reunía información en Internet, descubrió anécdotas que acabarían siendo la historia que decidió contar. “Leí artículos sobre mujeres que viajaban a Nueva York para abortar y acababan pasando la noche en un banco”, explica. “La ciudad es tan cara que no pueden permitirse alquilar una habitación”.

Un tortuoso camino para abortar

La directora empezó a documentarse en Pensilvania, un estado donde las restricciones antiaborto obligan a las mujeres a cruzar las líneas estatales para buscar clínicas legales en Nueva York y Nueva Jersey. Visitó algunos pueblos para ver cómo funcionaban los centros de planificación familiar y qué ofrecían a las mujeres. Se encontró con centros afiliados al movimiento provida que solo ofrecen dos opciones, la maternidad o dar al bebé en adopción. En esos centros, la directora seguía los mismos pasos que cualquier paciente: se hacía una prueba de embarazo y hablaba con las mujeres que trabajaban allí. Volvió a escribir otro tratamiento basándose en lo que había descubierto, pero apartó el proyecto momentáneamente tras su maternidad.

Nunca, casi nunca, a veces, siempre‘, que viene avalada por los premios en Sundance y la Berlinale, se estrena en medio de una campaña presidencial en la que se habla mucho de los temas incluidos en la película. La directora y las dos protagonistas tienen la esperanza de que el retrato intimista del recorrido de las dos jóvenes propuesto en la película hará mella en los espectadores. Sara Murphy, productora de la película, acaba diciendo: “Nos haría muy felices que la película diera pie a un diálogo e incluso a una conversación abierta sobre el respeto hacia la complejidad de las experiencias individuales».

Fuente: Universal
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