Festival de Sevilla 2020: crónica 1


Festival de Sevilla 2020

En un año negro para la cultura, y para el cine como parte indispensable de ella, el Festival de Sevilla 2020 ha sido una de las pocas citas del calendario de festivales internacionales que ha resistido la tempestad, arriesgando decididamente por una celebración presencial y llevando el mejor cine del viejo continente a la capital de Andalucía por decimoséptima edición. Con un cartel aparentemente menos atractivo en grandes nombres que en años anteriores, no faltan sin embargo alicientes para dejarse embriagar por aquellas obras que han mantenido firme su voluntad de estrenar a lo largo del año, a pesar de todo lo sucedido. Esta semana, en Sevilla y también ocasionalmente en Filmin, se dan cita muchas de ellas.

Ondina. Un amor para siempre (Alemania). Dir. Christian Petzold

Sucesora de ‘Madre’ de Rodrigo Sorogoyen como cinta inaugural del Festival de Cine Europeo de Sevilla, la cinta alemana premiada con el Oso de Plata a la Mejor Actriz en la pasada Berlinale llegaba a la capital andaluza como una de las grandes gemas de su programación. Con el relato mitológico como base fundacional de su narrativa, la nueva obra de Christian Petzold saca jugo a una estructura de lo más sencilla y directa, sin excesivos rodeos en su uso de los recursos y con una convicción absoluta en su simpleza como arma esencial para atrapar al espectador en las redes de la propuesta, a medio camino entre el cine romántico más tradicional y la fantasía naturalista más contemporánea.

Y es que si el guion de ‘Ondina’ es quizás su baza más vulnerable, que no débil, es en su apartado visual donde Petzold saca toda la artillería pesada, con la elegancia y la sutileza con la que solo saben hacerlo los grandes maestros. En una de las escenas más bellas de la cinta, su protagonista pronuncia una frase que define por completo la obra: “form follows function” (la forma sigue a la función). Son esas formas con las que Petzold convierte una aparente tragedia en un drama dulce y apacible, construyendo con ligereza planos de un simbolismo catedralicio, demostrándose como el tremendo arquitecto de la imagen narrativa que es y dejando imágenes para el recuerdo, como esos brazos de Paula Beer escapando de las sábanas cual cuerpo hundiéndose en el mar, o como ese pelo mojado que le esconde por completo el rostro a la protagonista en plena reanimación.

Pero si alguien permite que todo este ejercicio no quede en mero desempeño visual, esa es Paula Beer, construyendo una Undine etérea, vaporosa y suave sobre la que se cimentan todos los pilares emocionales del filme, con una serie de detalles físicos que encandilan por su precisión y naturalidad. Esa forma de caminar, de corretear, su mirada seria y perdida, en constante diálogo interno para acabar en sonrisa tierna; la manera de vestirse, el pelo siempre alborotado, o esa respiración agitada que Petzold nos acompaña con planos de agua en calma para equilibrar la balanza. El nivel de dominio del cuerpo que demuestra Paula Beer es un absoluto deleite. A su lado, y como ya sucediera en ‘Transit‘, la anterior película del director alemán; un Franz Rogowski que aquí muestra sus mayores virtudes a través del trabajo vocal.

Candidata sin duda a rascar premio en el palmarés de esta sección oficial del Festival de Sevilla 2020, ‘Ondine’ es una delicia de obra, donde vemos a Petzold disfrutar sin reparos metaforizando con ese agua que no se puede contener, que hiere y a la vez cura. Un agua que fluye imparable pero pacífica, empezando y acabando en la figura de una Paula Beer colosal cuya presencia empapa cada plano de la película para acabar germinando en pequeños recuerdos que vuelven a la cabeza del espectador, como olas a la orilla, durante mucho tiempo después de abandonar la sala.

Honey Cigar (Francia). Dir. Kamir Aïnouz

Ambientada en la París de 1993, y con una joven de 17 años criada en una familia de marcada creencia religiosa, ‘Honey Cigar‘ (El Cigarrito Meloso, como me gustaría cariñosamente que se la conociera) capta ese momento del despertar sexual y la búsqueda de una identidad, de una voz y de un sentir propios. Asfixiada por esa influencia ideológica fomentada en su ámbito doméstico, la Selma interpretada por Zoé Adjani (sobrina de la mítica actriz francesa Isabelle Adjani) avanza por la obra como un espejo propio de la narrativa, iniciando con grandes golpes de rebeldía y ritmo, y madurando en sus formas conforme la cinta se asienta en el tono.

Dolorosamente irregular y acusando esa reincidencia constante en un conflicto familiar que apenas evoluciona, algo por otra parte natural vista la estricta postura religiosa de la figura paterna, es en el principal giro dramático cuando Kamir Aïnouz comienza a hacerse con las riendas del ritmo, pausando la película para otorgarle un tono mucho más maduro, reflexivo y delicado a la cinta, tocando de manera implícita pero firme temas políticos y sociales, y permitiendo al espectador presenciar ese cambio de actitud de la protagonista para con el entorno que le rodea.

Con la violencia sexual vinculada sin miedos desde el guion como algo equiparable al terrorismo en lo corporal, normalizado y ocultado de su presencia en el primer mundo, el relato alcanza su esplendor en una media hora final delicada y por momentos encantadora, trasladando el escenario a la Argelia natal de su familia, en pleno auge del fundamentalismo islámico, y con una Zoé Adjani que se desenvuelve como pez en el agua por esa belleza de lo cotidiano, de lo tradicional y rudimentario de un país mucho menos desarrollado, pero emocionalmente clave para su crecimiento personal.

Un vínculo con los orígenes que, en contraposición a todo lo sucedido durante la primer hora de la cinta, supone el bálsamo necesario para desnudarse, soltar todos los pesos acumulados por esa sociedad patriarcal y restrictiva que la rodea, y comenzar a caminar descalza sobre sus propias raíces. Una obra que, como la gran mayoría de óperas primas, tiene mucho de irregular pero también de frescura y sinceridad, y que aunque solo fuera por su tercio final y el desempeño actoral de Adjani, merece la pena visionar.

Walden (Francia). Dir. Bojena Horackova

Construida a dos tiempos, primero en el verano de 1989 con el telón de acero a punto de ser derribado, y luego en la actualidad, con la protagonista volviendo a su tierra tras años de exilio en Francia para buscar ese lago donde pasó aquel verano tan especial; ‘Walden‘ es, en su esencia, una obra sobre ese primer amor irracional, mágico y desgarrador que colorea todo lo que toca, a la vez que una obra sobre el pasado de Lituania cuyo peso histórico está recogido en la mirada profunda y sinceramente nostálgica de su protagonista, una Ina Marija Bartaite que deambula entre pasividad, ingenuidad, delicadeza y madurez anticipada.

Localizada en realidad sobre un espacio que, pese a estar definido en Lituania, aspira a representar de manera global a todo ese pasado del este europeo; ‘Walden’ está dirigida por Bojena Horackova, una cineasta nacida en Bulgaria, criada en Checoslovaquia y residente en Francia. La decisión de rodar en Lituania, como ella misma reconoce en una entrevista, viene dada en parte por el apoyo de Sharunas Bartas, cineasta lituano que aparece en la película a modo de cameo, y padre además en la vida real de la protagonista, Ina Marija Bartaite. Para redondear la mezcla de sensibilidades europeas, la cinta acaba con un poema de origen polaco.

Pese a sus debilidades e inseguridades narrativas, el filme hace un uso del tiempo sensorialmente mágico, sensible, inocente e incluso puro. El tiempo aquí es una semilla esperanzadora de futuro que acaba germinando en un futuro, ya presente, que mira y acude al pasado para rebuscar con nostalgia, intentando arañar esas sensaciones pasadas ya imposibles de recuperar. Es un tiempo que, por encima de todas las cosas, pesa y asfixia pacíficamente al espectador, acechando con la constante sensación de que algo grave va a pasar, para acabar sentenciando emocionalmente con la realización de que lo más grave no ha dejado de pasar en ningún momento: el tiempo, imparable.

‘Walden’ es, en su esqueleto, el retrato de esa patria silenciosa y personal que todos llevamos dentro, hecha de tanto de espacios físicos como de instantes, palabras y personas. Una patria que, con el tiempo, acaba por convertirse en un tesoro ubicado únicamente en la memoria. Para Jana, la protagonista, ese espacio irrecuperable es aquel lago que durante gran parte de la obra nos pasamos contemplando junto a ella. “Lo recordaba distinto”, comenta cuando vuelve a verlo por primera vez tras varias décadas viviendo fuera de su Lituania natal. “Aquí nada ha cambiado”, le recuerdan, en un golpe de realidad que ya anticipaba en realidad su mirada adulta, ahora cansada y agotada, carente de toda aquella profundidad, honestidad y anhelo propio de la adolescencia.

Es en sus silencios, en esos espacios vitales que imitan la naturaleza calmada y reflexiva de aquel lago de juventud, donde ‘Walden’ se hace más grande siquiera de lo que cabe esperar durante su visionado; para en un arrebato de juventud, romper la calma contemplativa que envuelve el relato con un silbido repentino, violento e incómodo que desintegra toda la paz presente. Porque el tiempo no para, y en la memoria se escurre fácil. Sin embargo, aquellos recuerdos frente al lago, en los pasillos de casa, o en esa habitación familiar que les negaba la intimidad; siempre formarán parte de la patria imborrable de su protagonista, brindada a los espectadores por la cámara de una Agnès Godard artesanalmente cautivadora desde la dirección de fotografía.

Una obra tan políticamente personal en su retrato del pasado que no necesita ni golpear con ello. Si se la deja respirar y no se le exige nada más allá que la intimidad propia de los recuerdos, ‘Walden’ acaba dejándote su ánimo grabado a fuego durante días.

Echo (Islandia). Dir. Rúnar Rúnarsson

Con esa estructura narrativa de presentar múltiples viñetas individuales que se van sucediendo a lo largo del metraje y sin una aparente conexión más allá de la temática de fondo que engloba toda la obra, algo a lo que quizás en las formas nos tiene acostumbrado otro cineasta nórdico como es Roy Andersson, la cinta islandesa de Rúnar Rúnarsson sin embargo no llega ni a rozar la capacidad artística del maestro sueco, demostrando que no tiene ni la mitad del talento, ingenio o agudeza para la teatralidad de su puesta en escena, y mucho menos para el fondo narrativo.

Planteada como 56 secuencias de corta duración y en plano fijo, Echo retrata a la sociedad contemporánea islandesa entorno a la época festiva navideña, dejándonos cuadros que tocan todas las ramas posibles de esta, tanto en edad y sexo como en clase social. Pese a tener varias escenas que si resultan certeras en su vertiente más crítica (ahí queda la nieta visitando a su abuelo en la residencia de ancianos o la escena de la bully pidiéndole perdón años más tarde a esa compañera de instituto a la que acosó), encantadoras en su contenido (ese “Noche de paz” cantando en mitad de una plaza decorada con luces navideñas, la secuencia de la madre con su hijo frente al árbol de navidad, y aquella de las dos hermanastras al piano) o simplemente bellas en su concepción visual (ahí queda el homenaje a Tarkovsky y su casa ardiendo o las varias secuencias de paisajes islandeses); la obra de Rúnarsson patina de manera estrepitosa en su concepción más política, intentando colar por ejemplo críticas al feminismo más radical o a las nuevas tecnologías de una manera tan basta que solo le sirve para terminar retratándose a sí mismo como un autor rancio incapaz de desechar la brocha gorda cuando la obra le pide pincel fino.

Por ello, pese a tener ciertos destellos rescatables, ‘Echo’ es una obra totalmente fallida, desprovista de interés en la mayoría de su duración y relegada a un puro desfile de planos olvidables nada mas saltar los créditos.

Siberia (Italia). Dir. Abel Ferrara

Visitando el Festival de Cine Europeo de Sevilla por segundo año consecutivo tras su ‘Tommaso’, la pareja formada por Abel Ferrara y Willem Dafoe vuelven a poner un pie en la sección oficial, esta vez con una obra mucho más indescifrable, compleja, densa y seca que la que nos trajeran hace tan solo doce meses.

Presentada en el pasado Festival de Berlín, ‘Siberia‘ es una obra que, en palabras de su director, está planteada como un ejercicio de experimentación con el objetivo primordial de comprobar si es posible o no para el séptimo arte rodar y capturar la esencia de los sueños. Mucho menos terrenal por tanto que su anterior obra, es quizás ese estado de continua sugestión y alerta lo que hace que la cinta se sostenga durante su hora y media de duración, algo que consigue principalmente gracias una vez más al talento interpretativo de Dafoe, capaz de rescatar al espectador del aburrimiento hasta en los momentos más somnolientos de la película, que los tiene.

Mucho más soportable y disfrutable en esos momentos inesperados y viscerales con respecto al tono general de la obra, ahí quedan la escena musical, la del oso o la que Dafoe comparte con Cristina Chiriac, pareja en la vida real de Abel Ferrara; ‘Siberia’ decepciona quizás por lo ambicioso de su propuesta frente a lo plano de su resultado final, siempre a medio camino entre lo provocador y tradicional, entre lo sorprendente y lo esperado.

Junto a la citada interpretación de Willem Dafoe, si algo rescata la obra de una debacle mayor es su acabado fotográfico, rudo en lo paisajístico, fantasioso en los momentos más oníricos y teatralmente minimalista en lo pasional. Una cinta que, vista tras la provocación terrenal, humana y casi de pura inmolación artístico/personal que supuso su ‘Tommaso’, sabe a algo menos de lo que prometía. Uno de los grandes nombres de esta edición del Festival de Sevilla 2020 que, salvo sorpresa mayúscula (algo nada extraño por otra parte en los palmarés de este festival), se irá de vacío.

Karen (España). Dir. María Pérez Sanz

Con Karen Blixen, o Isak Dinesen (pseudónimo literario con el que se la conocía) como protagonista, la cinta española dirigida por María Pérez Sanz recupera la figura de la autora de Memorias de África (libro de memorias libremente adaptado al cine en 1985 por Sydney Pollack, con Meryl Streep y Robert Redford como protagonistas) en una obra que se aleja por completo del biopic al uso para adentrarse en el terreno de lo onírico, con una narrativa sencilla y poco tradicional, capturando pequeños momentos de intimidad y soledad sobre la figura protagonista, regando la cinta de una cierta tristeza hundida en esa interpretación seca, desganada y emocionalmente consumida de Christina Rosenvigne.

Apoyada en la relación entre Karen y su criado, Farah, la obra dedica sus 65 minutos de duración a la exploración de una amistad tan previsiblemente imposible por las implícitas dinámicas de poder (ella es una mujer blanca europea y él un hombre africano) como aparentemente sencilla y sincera a lo largo de la cinta. El problema viene con un guion de diálogos reiterativos, sobre adornados, antinaturales y por momentos hasta paródicos en su ritmo, algo completamente intencional pero que rompe cualquier atisbo de seriedad otorgable al desgaste anímico se la cinta.

Pese a ello, es la fotografía en 16mm de Ion de Sosa la que hace lo imposible por rescatar la cinta de sus palabras e interpretaciones, algo que por momentos consigue entre paisajes africanos simulados en la dehesa extremeña, coloridos atardeceres rosados y cálidos interiores nocturnos que sacan todo el provecho posible de una ambientación tan sencilla como correcta.

Si algo invita a recuperar el segundo trabajo en la dirección de la cineasta española, es su labor en el apartado ambiental y visual, mucho más acertada globalmente en sus ideas que en el acabado.

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