Crítica: Lux Æterna


Escena de "Lux Æterna" dirigida por Gaspar Noé.

No se puede obviar la importancia que un cineasta como Gaspar Noé ha ido ganando con el paso de los años y de los proyectos. Junto con Claire Denis y Philippe Grandrieux, se ha convertido uno de los mejores retratistas del cuerpo en cuanto al cine francés contemporáneo se refiere. Este retrato, todo sea dicho, siempre suele pasar por la catábasis, por el descenso a los infiernos de sus personajes protagonistas, haciéndose patente en muchas ocasiones una degradación mental a la par que corporal. En ‘Lux Æterna’ no iba a ser diferente.

De hecho, aquí el infierno recorre cual fantasma el set de rodaje. Nadie parece estar a gusto. Los distintos eslabones de la cadena fílmica intentan imponer sus opiniones sea como sea, el entorno se infecta de viles oportunistas que cambian su parecer a golpe de negación, los miembros se gritan entre ellos… La filmación, unitaria, que en la realidad se traduce en seguir las instrucciones del o de la cineasta (aquí, en femenino, interpretada por Béatrice Dalle), se escinde para dar paso al maremágnum de tejemanejes que operan detrás de las cámaras.

 Lux Æterna dirigida por Gaspar Noé
Escena de «Lux Æterna» dirigida por Gaspar Noé. Fuente: Filmin

La disconformidad se hace evidente en lo temático y en lo formal. Ya no solo nos encontramos con una pantalla dividida, sino con una triple pantalla que opera cual tríptico. Lo interesante de la propuesta es que Noé no engaña a nadie y, así, si vemos doble, escuchamos por duplicado y a la misma intensidad de volumen. El averno generado en el rodaje se duplica al llegar a la retina y oído del espectador, dada la posición demiúrgica que el director argentino nos otorga.

No es descabellado pensar en el microcosmos escenificado en ‘Lux Æterna’ como una traslación de una suerte de medievo, con sus triquiñuelas políticas, y donde las brujas son quemadas en la hoguera. Pero Noé, quién venía de ofrecernos ‘Clímax’ (2018), sabe que la situación ha cambiado, y que la tortura –muerte– ya no tiene nada que ver con el fuego, sino con las luces estroboscópicas y de neón que permean el cine contemporáneo

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