Cuentos de Tokio, el retrato de una familia

Un clásico imprescindible de la historia del cine

Cuentos de Tokio (1953), dirigida por Yasujirō Ozu

En estos tiempos de desaceleración global donde el progreso, desbocado por el auge del individualismo extremo, se ha visto forzado a replantearse conceptos tan manidos como el de globalización o libertad de consumo, las sociedades han despertado y han echado la vista atrás preguntándose por todo aquello que había sido arrastrado en una vorágine de constante cambio. Y es entonces cuando nuestros ojos se han fijado en nuestra memoria viva, nuestros mayores, para interpelarnos con una irritante pregunta, desnudando nuestras mayores vergüenzas: “¿dónde están y qué hemos hecho con ellos?”. La misma pregunta que, a punto de cumplir setenta años, nos lanzó en su momento a modo de advertencia Yasujirō Ozu en una de sus inmortales estampas de la realidad común, ‘Cuentos de Tokio‘ (1953).

Si bien, Japón y occidente se encuentran separadas por una gran distancia y sus culturas parecen diferir la una de la otra, lo cierto es que en su momento compartieron el auge del desarrollismo industrial y en consecuencia, todos los aspectos positivos y negativos que éste trajo consigo sin preguntar. Un desarrollismo incipiente tras la Segunda Guerra Mundial que destacó por tres profundos cambios: el salto de la tradición a la modernidad, la emancipación de las mujeres y la transformación de los roles familiares en las relaciones intergeneracionales. Tres aspectos que el mismo Ozu nos plantea en ‘Cuentos de Tokio’ recurriendo para ello a un retrato familiar, en cuyo centro se encuentran la pareja de ancianos y alrededor de ellos su clan que, poco a poco, parecen ir difuminándose de su compañía para convertirse en fantasmas, quedando únicamente sus recuerdos infantiles.

Por este motivo, ‘Cuentos de Tokio’ es la medicina perfecta, ahora que nos preguntamos cómo hemos llegado a esta situación, para entender qué dejamos atrás, por qué llegamos a agravar las vulnerabilidades de nuestros mayores, una gran parte muriendo confinados en las habitaciones de sus residencias o en la soledad de sus domicilios porque en su momento decidimos aparcar el pasado para pensar sólo en nuestro propio futuro.

Cuentos de Tokio (1953), dirigida por Yasujirō Ozu
Escena de «Cuentos de Tokio» (1953), dirigida por Yasujirō Ozu.

‘Cuentos de Tokio’ nos narra la historia de una pareja de ancianos que deciden realizar un largo viaje a la capital para visitar a sus hijos y a su nuera. Sin embargo, los planes no salen como ellos querían y de pronto se convierten en viejas maletas que estorban en medio del pasillo y a las que hay que apartar, pasando de un hijo a otro, e incluso llegando a alojarse en un balneario atestado de jóvenes, hasta acabar en casa de su nuera antes de regresar a su hogar. Un viaje homérico de continuas desilusiones para el espectador que aprecia impotente la falta de solidaridad intergeneracional, la ruptura entre la tradición y la modernidad representada no tanto por la mejora en la calidad de vida y la riqueza sino por la utilización del tiempo. Una constaste en las películas de Ozu, situando la cámara a pie de tatami, con planos fijos y sin apenas cortes, para dejar que el tiempo que transcurre delante de la cámara sea el reflejo de estas diferencias generacionales. El tiempo medido y pausado de los ancianos contrasta con la acelerada vida de su prole que parece vivir adeudada por el futuro, frustrándose por no alcanzar ese obligado éxito social, y, a su vez, incapaz de pararse y dedicar la atención debida a sus padres.

Y es que cada uno de sus hijos son el reflejo de las distintas relaciones que uno puede mantener con sus padres: desde el primogénito que siente la obligación de superar las expectativas que tienen puestas en él como cabeza de familia, pasando por la hija dolida que huye del pasado de su padre temiendo que regrese de nuevo a su vida, o el hijo ausente que guarda semejanzas con su hermano fallecido durante la guerra, y por último, la más joven que se pregunta incrédula por qué su familia se comporta con tanto egoísmo. A lo que la nuera, la única capacitada para acerarse sin temor a la cruda realidad de los ancianos padres, parece encontrar una respuesta, “es algo natural”.

Y es precisamente esta última reflexión la que lanza Yasujirō Ozu como un dardo al espectador a través del personaje interpretado por Setsuko Hara, rompiendo con la cuarta pared, al augurarnos que sólo es cuestión de tiempo que ese lazo intergeneracional se rompa, a pesar de nuestros deseos. Porque la vida y las decisiones que tomamos en ella no resultan nada fáciles, llegando a ser a veces, como aseguran sus personajes, incluso decepcionantes.

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