Crítica: Lola


Lola, dirigida por Laurent Micheli

Resulta curioso ver cómo en ‘Lola‘ se funden las bases de tantos tipos de películas distintas. Por una parte, es una road movie familiar; por otra, un drama de identidad de género; por otra más, un drama sobre la ausencia de esa figura materna fallecida; y por una última, es hasta un paseo poético por la memoria de una infancia no tan fácil como se desearía. En todas ellas, sin embargo, la cinta dirigida por Laurent Micheli decide subvertir las posibles expectativas, aportándoles una pizca de crudeza en su sensibilidad, huyendo de la tragedia emocional para asentarse en una calma general bastante imperturbable.

Con su madre recientemente fallecida y un padre que no apoya ni su identidad transgénero ni su próxima operación para cambiar de sexo, Lola se embarca en un viaje en coche junto a su padre para cumplir los últimos deseos de su madre: esparcir sus cenizas en la costa de Bélgica. Con la tensión propia de una relación familiar donde un miembro no acepta y ni siquiera comprende las decisiones del otro, el viaje apunta maneras para acabar estallando en cualquier momento.

En cambio, y pese a que esos choques estén presentes en múltiples puntos de la cinta, la verdadera destreza de ‘Lola’ es la de reformular el tono del conjunto, posándose en unas formas repletas de pasividad para establecer el tablero de juego. Cuando Lola hace, sin que la dirección fuerce a ello, la reacción es siempre distanciada. Es en esa incomprensión y desconexión entre padre e hija donde Laurent Micheli nos sitúa como espectadores, ansiosos porque se rompa la barrera en algún momento, pero conocedores a cada minuto que pasa de que las cosas difícilmente van a cambiar.

Lola, dirigida por Laurent Micheli
Escena de «Lola», escrita y dirigida por Laurent Micheli. Fuente: Elamedia Estudios

Misteriosamente más certera en todos aquellos instantes donde se decide a narrar sin palabras a través del potencial máximo de las imágenes como lugar discursivo, frente a aquellas  otras oportunidades donde se formulan los diálogos claves entre padre e hija, ‘Lola’ flaquea con una dirección consciente de su bipolaridad pero repleta de destellos pasajeros tanto en sus montajes musicales como en las valientes decisiones para fundir el tiempo pasado y el presente en una misma imagen, paseando por los recuerdos de una niñez rescatada en el plano actual para su definitiva aceptación por parte de la protagonista.

Llegado el tramo final, y con los matices ya más que expuestos en la hora anterior de metraje, solo queda la ruptura absoluta del dramatismo, con un clímax donde la posibilidad de lo pasional y las redenciones están fuera de toda verosimilitud, siendo la resignación educada entre dos personajes vinculados por la sangre el único golpe restante. Un pulso que, precisamente, late más fuerte por el vacío que deja, que por lo duro de su descarga. Porque como ‘Lola’ parece querer evidenciar, hay actitudes y personas que, aunque duela, no se pueden cambiar. Y eso, también forma parte de la vida.

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